En enero de 2026, Reliance Jio superó los 253 millones de usuarios de 5G, situándose por delante de China Unicom y convirtiéndose en el tercer mayor operador mundial por volumen de clientes en esta tecnología. El dato, aunque llamativo, no es aislado. India ha logrado en apenas tres años una cobertura 5G que alcanza al 99% de sus distritos y más de medio millón de estaciones base activas. Solo en diciembre de 2025 se añadieron más de 4.000 nuevos emplazamientos, consolidando una expansión que no solo es masiva, sino estructuralmente profunda.
El análisis publicado por Sebastian Barros en su newsletter del 20 de enero de 2026 subraya que este despliegue no responde a un modelo occidental ni replica el enfoque centralizado de China. En lugar de eso, India ha convertido el 5G en una infraestructura nacional, no en una simple mejora de red. La diferencia no es solo semántica. Mientras en Europa y Estados Unidos el debate gira en torno a la monetización, el retorno de inversión o la utilidad marginal frente al 4G, en India el 5G se ha integrado como base para servicios digitales, conectividad rural, automatización industrial y plataformas públicas.
El resultado es un ecosistema que ha crecido en paralelo a la red. Startups locales han aprovechado la capilaridad del 5G para desarrollar soluciones en sanidad, educación o logística, muchas de ellas orientadas a zonas con escasa infraestructura previa. El efecto red ha sido doble: por un lado, los operadores como Jio y Airtel han podido escalar sin depender de modelos premium; por otro, los usuarios han adoptado servicios digitales intensivos en datos sin que el coste represente una barrera significativa.
La escala, sin embargo, no explica por sí sola la velocidad. India llegó tarde al 5G, con un lanzamiento comercial en octubre de 2022, años después de Corea del Sur, China o Estados Unidos. Pero esa tardanza permitió evitar errores de primera generación, como despliegues fragmentados o modelos de negocio poco sostenibles. Además, la densidad poblacional y la experiencia previa en redes 4G de bajo coste facilitaron una transición rápida y masiva.
El enfoque regulatorio también ha jugado un papel. Aunque menos centralizado que el modelo chino, el gobierno indio ha tratado el 5G como un bien público, con subastas de espectro menos agresivas y una visión estratégica orientada a la autosuficiencia tecnológica. Esto ha permitido a los operadores invertir en infraestructura sin cargas financieras excesivas, al tiempo que se fomentaba la fabricación local de equipos y componentes.
En contraste con Europa, donde el despliegue 5G ha sido desigual y a menudo limitado a zonas urbanas, India ha priorizado la cobertura nacional. No se trata solo de llegar a más usuarios, sino de construir una red que sirva como base para políticas públicas y servicios esenciales. La lógica es más cercana a la de una red eléctrica que a la de una red móvil tradicional.
El caso indio también plantea preguntas sobre la sostenibilidad del modelo. Aunque el crecimiento ha sido explosivo, los márgenes operativos siguen siendo ajustados y la presión sobre la infraestructura es constante. Además, la interoperabilidad con redes heredadas y la gestión de la calidad de servicio en entornos de alta densidad suponen desafíos técnicos no menores.
Aun así, el despliegue indio está empezando a influir en otros mercados emergentes. Países del sudeste asiático, África y América Latina observan con atención un modelo que combina escala, bajo coste y enfoque infraestructural. No es una receta replicable sin ajustes, pero sí una alternativa frente a los modelos de alto CAPEX y retorno incierto que predominan en Occidente.
La incógnita, ahora, es si India podrá mantener el ritmo sin comprometer la calidad ni la sostenibilidad financiera. La expansión ha sido rápida, pero la consolidación requerirá inversiones continuas, regulación adaptativa y una coordinación efectiva entre operadores, startups y administración pública. La velocidad ha sido el primer acto. El equilibrio, probablemente, será el segundo.
