En Aragón, una de las regiones agrícolas más extensas de España, la gestión del agua ha dejado de ser una cuestión de intuición para convertirse en un ejercicio de precisión tecnológica. La combinación de sensores, imágenes satelitales y algoritmos de inteligencia artificial está permitiendo a agricultores como Miguel Ángel Ferrer reducir hasta un 50% el consumo anual de agua en sus cultivos, sin comprometer la producción.
La tecnología, desarrollada por la consultora AGROW ANALYTICS y desplegada sobre la infraestructura en la nube de Amazon Web Services (AWS), está empezando a transformar la lógica del riego en un sector históricamente dependiente de métodos tradicionales.
Según datos de la UNESCO, más del 70% del agua dulce disponible a nivel mundial se destina a la agricultura. En países como España, donde las sequías son cada vez más frecuentes y prolongadas, la presión sobre los acuíferos y embalses ha intensificado la necesidad de soluciones más eficientes. La colaboración entre AGROW y AWS se inserta en este contexto, con un enfoque que combina datos meteorológicos, análisis del suelo y aprendizaje automático para determinar con exactitud cuándo, dónde y cuánto regar.
En explotaciones como la Finca El Forado, en Zaragoza, el sistema recopila entre 50 y 100 variables por parcela. Estas incluyen humedad del suelo, velocidad del viento, temperatura, evapotranspiración y previsiones meteorológicas. A partir de estos datos, se generan recomendaciones dinámicas que sustituyen los calendarios de riego fijos por decisiones basadas en condiciones reales. «Antes regábamos en exceso por precaución», explica Ferrer. «Ahora entendemos las necesidades reales del cultivo. Desperdiciamos menos agua, respetamos el medio ambiente y mejoramos nuestra cosecha».
Aunque la tecnología no es nueva en sí misma, su aplicación a escala agrícola sigue siendo limitada. El reto no reside tanto en el desarrollo técnico como en la adopción masiva. La infraestructura de AWS permite escalar este modelo a otras regiones, como ya ocurre en Brasil con Kilimo, en Estados Unidos con Arable o en Chile con proyectos similares. Sin embargo, la velocidad de implementación varía en función de factores como el acceso a conectividad, la formación técnica de los agricultores y la disponibilidad de financiación.
El modelo de AGROW no se limita a ofrecer datos. Lo que distingue esta propuesta es la capacidad de integrar múltiples fuentes de información en tiempo real y traducirlas en acciones concretas. La nube de AWS proporciona la capacidad de procesamiento necesaria para analizar grandes volúmenes de datos agrícolas, mientras que los algoritmos de IA permiten ajustar las recomendaciones a cada parcela, cultivo y estación. Esta granularidad, que antes era inviable por coste o complejidad, ahora se vuelve accesible incluso para explotaciones medianas.
El impacto no es solo técnico. En términos económicos, los agricultores reducen costes operativos asociados al agua, la energía y el mantenimiento de sistemas de riego. Desde una perspectiva medioambiental, el ahorro de agua contribuye a aliviar la presión sobre acuíferos sobreexplotados y a preservar caudales ecológicos. Y en términos sociales, la eficiencia hídrica se convierte en un factor de resiliencia para comunidades rurales que dependen del campo para subsistir.
Aun así, persisten tensiones. La digitalización del campo plantea preguntas sobre la propiedad de los datos, la dependencia tecnológica y la capacidad de los pequeños agricultores para competir en un entorno cada vez más tecnificado. Aunque AWS y AGROW insisten en que la tecnología está diseñada para ser accesible, la brecha digital en zonas rurales sigue siendo un obstáculo. También lo es la falta de incentivos institucionales que aceleren la adopción de estas soluciones a gran escala.
La cuestión de fondo no es solo técnica, sino estructural. Durante siglos, el riego ha seguido patrones fijos, heredados de una lógica climática más predecible. Hoy, con un clima cada vez más errático, esa lógica se vuelve disfuncional. La tecnología ofrece una alternativa, pero su despliegue requiere algo más que innovación: necesita voluntad política, inversión pública y una estrategia coordinada que conecte a proveedores tecnológicos, agricultores y administraciones.
El caso de la almendra ilustra bien el problema. Para producir una sola almendra se necesitan entre 4 y 11 litros de agua, dependiendo de la región y el método de cultivo. En un país donde el regadío representa más del 80% del consumo agrícola, la eficiencia hídrica no es una opción, sino una condición de viabilidad. Iniciativas como la de AWS y AGROW no resuelven por sí solas el problema, pero introducen una variable crítica: la capacidad de medir y actuar con precisión.
La pregunta, como plantea el propio Ferrer, no es si la tecnología funciona, sino a qué velocidad puede adoptarse. La respuesta dependerá en parte de la capacidad del sector para absorber innovación, pero también de cómo se articule el ecosistema que la sostiene. Por ahora, la experiencia en Aragón sugiere que el potencial existe. Lo que falta es convertirlo en norma.
