Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
Elon Musk parece estar rediseñando los cimientos de su estructura corporativa en un momento en que SpaceX, la compañía aeroespacial más valiosa del mundo, se aproxima a un debut bursátil que podría romper todos los récords históricos. La dirección de la firma de Hawthorne está evaluando internamente la viabilidad de una fusión con Tesla Inc. o, alternativamente, una integración con su startup de inteligencia artificial, xAI.
Esta maniobra, revelada por fuentes cercanas a las conversaciones y reflejada en recientes registros mercantiles, sugiere una voluntad de consolidar un ecosistema tecnológico que hasta ahora operaba de forma interconectada pero legalmente independiente. La decisión no es meramente administrativa; responde a la necesidad de financiar una infraestructura que Musk considera el siguiente gran cuello de botella del sector: el despliegue de centros de datos de inteligencia artificial en el espacio.
Bajo la superficie de estos movimientos financieros subyace una arquitectura técnica compartida. Según informa Bloomberg, la viabilidad de una unión entre SpaceX y Tesla es una idea que algunos inversores ya están impulsando para mitigar el riesgo de dispersión de Musk, quien actualmente lidera cinco compañías de gran escala. No obstante, la alternativa de xAI cobra fuerza por su lógica operativa. La startup de IA podría beneficiarse directamente de la capacidad de computación y conectividad global que proporciona la red Starlink, mientras que Tesla aportaría su experiencia en sistemas de almacenamiento energético, fundamentales para alimentar racks de servidores en órbita mediante energía solar.
El rastro de esta posible operación ya es visible en el plano legal. El pasado 21 de enero se registraron en Nevada dos entidades bajo la denominación merger sub, en las que figura Bret Johnsen, director financiero de SpaceX, como responsable. Aunque este tipo de estructuras suelen preceder a adquisiciones o fusiones, los detalles sobre los términos o la cronología exacta permanecen fluidos. No sería la primera vez que el magnate integra sus intereses; en 2016, Tesla adquirió SolarCity en una operación que generó controversia entre los accionistas, y más recientemente, la plataforma X fue absorbida por xAI en un canje de acciones que buscaba unificar el flujo de datos para el entrenamiento de su modelo Grok.
La salud financiera de SpaceX sostiene estas ambiciones. La compañía generó un beneficio bruto (Ebitda) de aproximadamente 8.000 millones de dólares el año pasado, sobre una facturación que osciló entre los 15.000 y 16.000 millones. Starlink se ha consolidado como el motor principal de esta rentabilidad, aportando entre el 50% y el 80% de los ingresos totales. Con una base de más de 9 millones de usuarios y una constelación que ya supera los 9.500 satélites activos, la división de internet satelital ha pasado de ser un proyecto experimental a una infraestructura crítica con capacidad para autofinanciar el desarrollo de Starship, el lanzador pesado con el que Musk pretende reducir los costes de acceso al espacio en un factor de cien.
Sin embargo, el camino hacia la integración total presenta aristas complejas. Una fusión con Tesla, que ya cotiza en el Nasdaq con una valoración superior a los 1,6 billones de dólares, obligaría a SpaceX a someterse a un escrutinio regulatorio y público del que Musk siempre ha intentado huir. Por otro lado, la absorción de xAI podría enturbiar la valoración de SpaceX de cara a su Oferta Pública Inicial (OPI). La firma aeroespacial aspira a una valoración cercana a los 1,5 billones de dólares en su salida a bolsa, una cifra que superaría la histórica recaudación de Saudi Aramco. El calendario que barajan los bancos de inversión apunta a mediados de junio de 2026, una fecha que Musk ha vinculado personalmente a una alineación planetaria de Júpiter y Venus y a su propio 55 cumpleaños.
El interés de Musk por la inteligencia artificial no es solo comercial, sino estructural. En el Foro Económico Mundial de Davos, el empresario afirmó que «el lugar de menor coste para ubicar la IA será el espacio» en un plazo de dos a tres años. La tesis es técnica: en órbita, los centros de datos disponen de energía solar ininterrumpida y un enfriamiento radiativo natural, eliminando las limitaciones térmicas y de red eléctrica que asfixian a los clusters terrestres. xAI ya está integrando sus modelos en los contratos de defensa estadounidenses. El Pentágono, que recientemente otorgó a xAI un contrato de hasta 200 millones de dólares para el uso de Grok en sus redes, ve en esta verticalidad una ventaja estratégica para la toma de decisiones en tiempo real en entornos de combate.
La interconexión de capital entre las firmas ya es una realidad. Tesla anunció recientemente una inversión de 2.000 millones de dólares en xAI, la misma cantidad que SpaceX comprometió meses atrás. Estas transacciones circulares subrayan una dependencia mutua: Tesla necesita la IA de xAI para su visión de conducción autónoma y robótica Optimus, mientras que xAI requiere el músculo logístico de SpaceX para lanzar su «nube orbital». Pese a la lógica de ingeniería, los inversores institucionales observan con cautela estas maniobras. La posibilidad de que la salida a bolsa de SpaceX se retrase para dar cabida a una reestructuración corporativa previa es una de las principales incógnitas en los parqués de Nueva York.
La estructura narrativa de esta potencial megafusión no se cierra con una firma. Las entidades financieras que liderarán la operación, incluyendo a Goldman Sachs, JPMorgan y Morgan Stanley, deben ahora cuadrar una ecuación donde la valoración de una empresa de cohetes debe convivir con el crecimiento exponencial, pero aún incierto, de una startup de IA y la volatilidad propia del sector automotriz eléctrico.
La duda persiste sobre si el mercado está preparado para valorar un conglomerado tan heterogéneo bajo una sola marca o si, por el contrario, la presión por mantener la independencia de SpaceX prevalecerá para no comprometer su hegemonía en el sector aeroespacial global.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
