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El dique que no puede fallar: cómo Países Bajos gobierna con IA la infraestructura crítica más exigente de Europa

El dique que no puede fallar: cómo Países Bajos gobierna con IA la infraestructura crítica más exigente de Europa

  • El Maeslantkering combina IA y tecnología de Cisco para reforzar la gobernanza y seguridad de una infraestructura crítica clave en Países Bajos.
Barrera de Maeslant (Maeslantkering) - Róterdam

La Barrera de Maeslant (Maeslantkering), la barrera móvil que protege Rotterdam y buena parte del sur de Países Bajos de una tormenta extrema, pertenece a la segunda categoría. Dos brazos metálicos del tamaño aproximado de la Torre Eiffel, capaces de cerrar 360 metros del Nieuwe Waterweg cuando el mar del Norte empuja con violencia. Durante casi tres décadas en servicio, solo se ha activado bajo condiciones reales de tormenta en una ocasión, el 21 de diciembre de 2023.

Pero la paradoja es evidente: aunque la barrera pueda permanecer abierta durante años, el sistema que la gobierna no descansa nunca. Y ahí está la clave.

Porque el Maeslantkering es, sobre todo, una infraestructura que no puede fallar, bajo ninguna circunstancia. No durante una tormenta. No durante una actualización de red. No ante un ciberataque. No ante un error de cálculo en un modelo hidrodinámico. No ante un fallo humano.

La compuerta puede cerrarse una vez cada treinta años. El sistema que decide cerrarla debe ser infalible todos los días.

La Barrera de Maeslant (Maeslantkering)
La Barrera de Maeslant (Maeslantkering)

De la tragedia de 1953 a la ingeniería como identidad nacional

La obsesión neerlandesa por el agua no es retórica. En la noche del 31 de enero al 1 de febrero de 1953, una combinación letal de marea viva y tormenta del noroeste inundó amplias zonas de Zelanda, Holanda Meridional y Brabante Septentrional. Murieron más de 1.800 personas. Decenas de miles perdieron sus hogares.

De esa catástrofe nació el Plan Delta, uno de los programas de ingeniería hidráulica más ambiciosos del siglo XX. Diques reforzados, presas, compuertas, sistemas de contención que acortaron y consolidaron la línea costera. La seguridad dejó de ser una cuestión local para convertirse en una estrategia nacional.

El Maeslantkering fue la pieza final de ese sistema, concebido para proteger la zona más sensible: el acceso al puerto de Rotterdam, el mayor de Europa. No podía levantarse un muro fijo. El tráfico marítimo debía continuar sin restricciones. La solución fue radical: una barrera móvil que solo se cerraría cuando el nivel del mar superara determinados umbrales.

Junto a la infraestructura se levantó el Keringhuis, el centro de información pública sobre gestión del riesgo hídrico en la provincia de Zuid-Holland, que explica el funcionamiento del sistema y su contexto histórico . La pedagogía forma parte de la política del agua. El riesgo se asume, pero se gestiona.

Durante décadas, la ecuación fue física: acero, hormigón, cálculo estructural. Hoy la ecuación es distinta.

La cuarta red

Rijkswaterstaat, la agencia estatal responsable de las infraestructuras hídricas y de transporte, ya no se define solo como constructora o gestora de obras públicas. Opera lo que denomina tres grandes redes: carreteras, vías navegables y sistemas de agua. Pero existe una cuarta red, menos visible y cada vez más decisiva: la red digital que conecta más de 1.000 emplazamientos distribuidos por todo el país.

Más de 5.000 kilómetros de fibra óptica enlazan esclusas, túneles, puentes, estaciones de bombeo y barreras contra tormentas. Miles de routers y switches articulan el intercambio de datos en tiempo real entre sensores, centros de control y equipos operativos.

El Maeslantkering es uno de esos nodos. A menudo se describe como uno de los mayores sistemas robóticos del mundo. Sin embargo, su potencia real no está solo en el tamaño de sus brazos metálicos, sino en la arquitectura digital que decide cuándo deben moverse.

Durante la temporada de tormentas, el sistema recalcula cada diez minutos las predicciones del nivel del agua. Cuando se alcanzan determinados umbrales, el cierre es automático. No hay operador pulsando un botón en el último segundo.

La ingeniería hidráulica se ha convertido en ingeniería de sistemas.

Gobernar lo que dura 100 años en una era de innovación permanente

El Maeslantkering fue diseñado para una vida útil aproximada de un siglo. El hormigón y el acero responden a esa lógica temporal. Pero el ecosistema tecnológico que lo rodea funciona con ciclos completamente distintos.

Los sistemas de tecnología operacional, los que interactúan directamente con la infraestructura física, suelen tener ciclos de renovación de 15 a 20 años. La infraestructura IT que los conecta y supervisa se renueva cada cinco o siete años. A veces antes.

Esa asimetría es más que una cuestión técnica. Es un problema de gobernanza.

¿Cómo se coordina la renovación de un backbone digital con la planificación de una obra hidráulica que se programa en ventanas operativas muy limitadas? ¿Cómo se actualiza una red cuando un microcorte de tres segundos obliga a detener operaciones remotas en túneles y exige presencia física como respaldo?

Durante años, la cultura de infraestructuras públicas asumía que las ventanas de mantenimiento eran inevitables. La lógica digital ha tensionado esa idea hasta el límite. En entornos safety-critical, el tiempo de inactividad deja de ser una molestia y se convierte en un riesgo estructural.

Rijkswaterstaat ha ido migrando su arquitectura de red hacia modelos always-on, capaces de soportar actualizaciones sin interrupciones perceptibles. La transición de protocolos tradicionales hacia segment routing, con tiempos de conmutación inferiores a 50 milisegundos, responde a esa exigencia: que la red nunca parezca caer, ni siquiera durante mantenimiento.

Pero la cuestión no es solo tecnológica. Es cultural. La confianza en la red se convierte en un activo estratégico. Los operadores deben creer que el sistema resistirá incluso cuando se está transformando.

Ciberseguridad: la amenaza silenciosa

Durante la visita técnica al Maeslantkering, un comentario rompió el tono aséptico de las explicaciones técnicas. Países Bajos es uno de los pocos países capaces de diseñar y operar infraestructuras de este tipo. Eso convierte sus sistemas, planos y modelos en objetivos de interés.

La amenaza no se reduce al sabotaje físico. El espionaje tecnológico es una preocupación explícita. Infraestructuras críticas como esta son activos estratégicos en un contexto geopolítico cada vez más volátil.

La respuesta no es un único producto o una solución cerrada. Es una estrategia en capas: segmentación de redes, monitorización continua, control estricto de accesos, separación clara entre dominios OT e IT, redundancia de proveedores y centros de datos.

«Failure is not an option» es una frase recurrente en entornos críticos. Sin embargo, la realidad es más matizada. Los ingenieros hablan de permitir el fallo, pero evitar que sea catastrófico. Diseñar sistemas que degraden de forma controlada en lugar de colapsar.

Esa distinción es clave. La infalibilidad absoluta es una aspiración. La resiliencia es una disciplina.

IA en el corazón del sistema

El cambio climático introduce una variable adicional. El comportamiento del mar y de los grandes ríos europeos es cada vez menos predecible. Los modelos hidrodinámicos clásicos, potentes pero lentos, no siempre ofrecen la velocidad de cálculo que exige un entorno más extremo.

Con técnicas de machine learning, una simulación completa del mar del Norte puede ejecutarse en menos de un minuto. Lo que antes requería semanas de cálculo y grandes volúmenes de datos históricos ahora se aproxima a tiempo real.

La IA no sustituye la ingeniería tradicional. La complementa. Permite explorar escenarios múltiples, ajustar parámetros y anticipar dinámicas complejas con mayor rapidez.

Pero introduce otra tensión.

En un entorno safety-critical, la autonomía debe ser limitada, auditable y reversible. La posibilidad de que sistemas conversen en lenguaje natural, de que agentes automatizados conecten plataformas declarando intenciones en lugar de describiendo procedimientos, acelera la integración. También amplía la complejidad.

La cuestión ya no es solo técnica. Es política.

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¿Quién define los límites de la automatización en una infraestructura que protege a 1,5 millones de personas y miles de millones en activos económicos? ¿Cómo se audita un modelo que aprende? ¿Cómo se gobierna una arquitectura donde la defensa también se apoya en IA para detectar anomalías o intrusiones?

La escasez de talento especializado y las restricciones presupuestarias del sector público añaden presión. Automatizar no es únicamente una estrategia de eficiencia; es una respuesta a la dificultad creciente de mantener equipos humanos suficientes para operar sistemas cada vez más sofisticados.

La red como columna vertebral invisible

En el corazón de esa cuarta red que conecta más de 1.000 emplazamientos distribuidos por todo el país, Cisco desempeña un papel estructural. No como una capa añadida, sino como parte del diseño de la infraestructura digital que sostiene la operación de Rijkswaterstaat.

Más de 5.000 kilómetros de fibra enlazan esclusas, túneles, estaciones de bombeo y barreras móviles como el Maeslantkering. Sobre esa red se apoyan miles de routers y switches Cisco que forman el backbone nacional. Durante años, la arquitectura operó bajo esquemas tradicionales basados en MPLS. Sin embargo, la exigencia de disponibilidad absoluta ha impulsado una migración progresiva hacia segment routing, una tecnología que permite tiempos de conmutación inferiores a 50 milisegundos.

En la práctica, eso significa que incluso durante tareas de mantenimiento o cambios en el núcleo de la red, los sistemas operativos que gobiernan túneles o compuertas no deberían percibir interrupciones. El objetivo declarado por los responsables técnicos es una infraestructura «always-on»: una red que no puede permitirse caer, ni siquiera mientras se actualiza.

La resiliencia no se limita a la conectividad. Cisco participa también en la evolución hacia data centers preparados para IA, diseñados para soportar mayores demandas de procesamiento, almacenamiento y tráfico asociadas al uso intensivo de modelos avanzados. En ese entorno, la capacidad de transportar grandes volúmenes de datos con baja latencia deja de ser una mejora incremental y se convierte en requisito operativo.

La visibilidad sobre este ecosistema se apoya en herramientas de observabilidad, entre ellas Splunk, integrada en la estrategia de supervisión de Rijkswaterstaat. La plataforma permite correlacionar eventos de red, incidencias de seguridad y datos operativos en tiempo real, aportando una capa de inteligencia que trasciende la monitorización tradicional. La seguridad deja de ser un perímetro estático para convertirse en un sistema dinámico de detección y respuesta.

En paralelo, la agencia está incorporando enfoques de AIOps para automatizar procesos de red, acelerar despliegues y reducir la dependencia de intervenciones manuales en un contexto marcado por la escasez de talento especializado. La automatización no se presenta como un ahorro inmediato, sino como una condición para sostener la escala y complejidad de una infraestructura nacional interconectada.

Incluso en el ámbito del puesto de trabajo, Cisco aparece en la evolución hacia entornos colaborativos modernos mediante soluciones como Cisco Spaces, mencionadas en el contexto de modernización de entornos operativos. Aunque la atención se centra en la infraestructura crítica, la lógica es la misma: conectar personas, sistemas y datos sin fricción.

Nada de esto se articula en un único punto de fallo. La estrategia combina redundancia de centros de datos, proveedores alternativos y escenarios de operación local en caso de pérdida de conectividad remota. La arquitectura está pensada para que el fallo sea gestionable, nunca catastrófico.

En un entorno donde la infraestructura física puede permanecer inactiva durante años, la infraestructura digital no tiene esa opción. Cada paquete de datos, cada actualización, cada modelo ejecutado en los centros de control depende de una red que debe comportarse como si el momento de verdad fuera inminente.

El momento de verdad

Durante la mayor parte del año, los brazos metálicos del Maeslantkering descansan en diques secos, protegidos del agua y del desgaste, como si aguardaran una llamada que puede tardar años en llegar. Solo cuando el mar supera el umbral previsto flotan, giran y se hunden sobre el lecho de hormigón para cerrar el canal con la precisión de un mecanismo ensayado durante décadas.

La estructura física está diseñada para ese instante crítico. La infraestructura digital que la sostiene, en cambio, vive en preparación permanente. Cada actualización de red, cada ajuste en los modelos, cada nueva capa de automatización se ejecuta bajo la misma premisa: nada puede interrumpirse.

Países Bajos construyó su seguridad moderna dominando el agua. Hoy ese dominio también depende de redes, datos y algoritmos que deben funcionar incluso mientras evolucionan. El acero puede esperar la tormenta; el sistema digital no tiene ese privilegio.

Cuando llegue el próximo embate del mar, el movimiento de las compuertas será visible. Lo que no se verá será todo lo demás: miles de decisiones calculadas en segundos, una red que no se detiene y una arquitectura diseñada para que el fallo nunca sea el titular.

En un país que vive bajo el nivel del mar, la confianza ya no descansa solo en el hormigón. Descansa, también, en la capacidad de sostener en silencio lo que no puede fallar.

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