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La reestructuración del acuerdo entre Nvidia y OpenAI, que ha pasado de una ambiciosa alianza de infraestructuras valorada en 100.000 millones de dólares a una inversión directa de 30.000 millones, plantea una interrogante sobre la estabilidad de los compromisos a largo plazo en el ecosistema de la inteligencia artificial.
Esta transición desde una carta de intenciones centrada en el despliegue físico de centros de datos hacia una participación accionarial pura, que según fuentes cercanas a la negociación podría cerrarse este mismo fin de semana, según informó Financial Times, sugiere un cambio de sorpresivo en la relación entre el mayor fabricante de chips del mundo y su cliente más emblemático.
Lo que en septiembre de 2025 se presentó como un despliegue de 10 gigavatios de capacidad de cómputo se ha transformado en una operación de capital riesgo de una escala sin precedentes, enmarcada en una ronda de financiación que sitúa la valoración de OpenAI por encima de los 830.000 millones de dólares.
El movimiento responde a una lógica de reducción de riesgos en un momento donde la previsibilidad del mercado de semiconductores empieza a mostrar fisuras. Aquel plan original, basado en diez tramos de inversión de 10.000 millones vinculados a la compra obligatoria de hardware, nunca llegó a cristalizar en un contrato vinculante. En contraste con la rigidez de ese esquema, la nueva estructura de 30.000 millones ofrece a Nvidia una exposición directa al capital de la compañía liderada por Sam Altman sin las ataduras operativas de los hitos de despliegue. Esta flexibilidad resulta estratégica para Jensen Huang, quien ha expresado de forma interna ciertas cautelas ante el giro hacia modelos de negocio más diversificados de OpenAI y la competencia creciente de actores como Google y Anthropic, que también han intensificado su capacidad de diseño de chips propios.
La dilución de las garantías de infraestructura
A pesar de que OpenAI tiene previsto reinvertir gran parte del nuevo capital en sistemas de Nvidia, el fin del acuerdo de infraestructura de 100.000 millones elimina las garantías de adquisición de hardware a gran escala que el mercado ya había descontado. Esta decisión no ha pasado inadvertida para los analistas de Wall Street, quienes vigilan de cerca la evolución del valor en bolsa de la compañía de Santa Clara.
Aunque el consenso mantiene objetivos de precio alcistas para 2026, la desaparición del compromiso de compra forzosa de chips introduce una variable de volatilidad. La relación circular, donde Nvidia financia a su cliente para que este le compre productos, ha sido objeto de escrutinio regulatorio, y la simplificación hacia una inversión de capital tradicional parece ser también una maniobra para sortear posibles investigaciones de competencia.
Mientras Nvidia reconvierte su compromiso de infraestructura en una participación directa en el capital, Oracle queda situada en la primera línea de exposición física. La compañía de Larry Ellison, que en septiembre de 2025 selló un contrato de 300.000 millones de dólares para alojar la potencia de cálculo de OpenAI, afronta ahora el reto de sostener una expansión de centros de datos sin el respaldo financiero directo del fabricante de chips. Con una deuda total que ya supera los 100.000 millones de dólares y el coste de sus seguros contra impago (CDS) repuntando hasta el 0,14%, la firma de Austin debe demostrar que su apuesta por el despliegue de alta capacidad es sostenible de forma autónoma.
El mercado observa con cautela: si el despliegue de las arquitecturas Blackwell y Vera Rubin sufre retrasos operativos en 2026, Oracle podría quedar atrapada entre infraestructuras hiperespecializadas y una carga financiera que ya ha puesto en alerta a agencias de calificación como S&P Global. La desaparición del «colchón» de 100.000 millones de Nvidia deja a Oracle como el actor que asume el mayor riesgo de ejecución en el ecosistema de la inteligencia artificial.
Tensiones en la cadena de valor
La decisión de pivotar hacia el capital tiene también un componente técnico. Informaciones previas sugerían que OpenAI había explorado alternativas ante ciertas limitaciones en el rendimiento de las últimas arquitecturas de Nvidia, un extremo que ambos directivos se han apresurado a desmentir públicamente. Pese a las declaraciones de unidad, la realidad es que el sector se encuentra en una fase de diversificación. Mientras OpenAI busca reducir su dependencia mediante asociaciones con Broadcom para el desarrollo de chips personalizados, Nvidia utiliza sus 30.000 millones para asegurar una silla en la mesa donde se deciden los estándares de la próxima década.
Este ajuste de cifras supone que Nvidia renuncia a la seguridad de un contrato de suministro masivo a cambio de una rentabilidad potencial por valoración. La inversión sigue siendo la mayor en la historia de la compañía, superando con creces los 20.000 millones destinados a licencias tecnológicas con Grok el año pasado o los 10.000 millones inyectados en Anthropic. La diferencia radica en la naturaleza de la apuesta. Ya no se trata de construir fábricas de inteligencia artificial de la mano de un socio, sino de poseer una parte significativa del principal motor de software que impulsa la demanda de sus propios chips.
La complejidad de la operación se agrava con la participación de otros actores. Amazon, con una posible inversión de hasta 50.000 millones, y SoftBank, con otros 30.000, compiten por influir en la hoja de ruta de una empresa que planea gastar 600.000 millones de dólares en recursos de computación de aquí a 2030. En este escenario, Nvidia actúa como inversor y proveedor simultáneamente, una dualidad que genera una microtensión constante entre sus intereses como accionista, que desea eficiencia y menores costes para OpenAI, y sus intereses como fabricante, que busca maximizar el margen de beneficio de cada GPU vendida.
Escenarios ante una posible salida a bolsa
La mirada de los directivos tecnológicos está puesta ahora en el horizonte de finales de 2026, fecha en la que se especula con una posible salida a bolsa de OpenAI. La reestructuración del acuerdo con Nvidia despeja el camino para un proceso de IPO menos gravado por compromisos de gasto de capital asfixiantes. Al transformar deuda o compromisos de compra en acciones, el balance de OpenAI gana en limpieza, aunque pierda la exclusividad de un soporte de infraestructura garantizado por el líder del mercado.
La incógnita que queda en el aire es si este repliegue financiero de Nvidia es el preludio de una mayor fragmentación en el mercado de chips de alta gama. Si OpenAI logra estabilizar su infraestructura con una mezcla de hardware propio y de terceros, el papel de Nvidia podría pasar de ser el cimiento indispensable a ser un socio preferente pero sustituible.
Por ahora, el mercado parece dar el visto bueno a la prudencia de Huang, prefiriendo la solidez de una participación accionarial de 30.000 millones frente a la incertidumbre de un macroproyecto de 100.000 millones que dependía de un ritmo de despliegue físico cuya ejecución real estaba por demostrar.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
