Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
La autorización formal de Estados Unidos para que el chip H200 de Nvidia vuelva a exportarse a China ha durado poco como hecho político incontestado. Apenas días después de que Washington publicara las condiciones que desbloqueaban las ventas, las autoridades aduaneras chinas comunicaron a intermediarios y empresas tecnológicas que el procesador no puede entrar en el país, al menos por ahora. La medida no ha sido anunciada oficialmente como una prohibición, pero su redacción y su aplicación práctica han sido interpretadas por el sector como un bloqueo efectivo.
La información, adelantada por Reuters, añade una capa más de ambigüedad a un pulso tecnológico que lleva años escalando y que sitúa al chip como algo más que un componente industrial. El H200 se ha convertido en una moneda de cambio en una negociación más amplia, donde se cruzan intereses comerciales, seguridad nacional, autonomía tecnológica y cálculo geopolítico.
Un permiso condicionado que no garantiza ventas
Desde la perspectiva estadounidense, el giro regulatorio parecía claro. El Departamento de Comercio decidió esta semana que las solicitudes de exportación del H200 se evaluarían caso por caso, abandonando el criterio de rechazo automático. La decisión, recogida tanto por Reuters como por Euronews, introduce un sistema complejo de salvaguardas: verificación por laboratorios externos, límites de volumen, controles de cliente final y una tasa del 25% que ingresa directamente en el Tesoro estadounidense.
La Casa Blanca ha defendido el esquema como un equilibrio entre competitividad industrial y control estratégico. La tesis, reiterada por el entorno de Donald Trump, sostiene que permitir la venta de chips avanzados, aunque no de los más punteros, reduce el incentivo de China para acelerar alternativas propias y, al mismo tiempo, preserva empleo y capacidad industrial en Estados Unidos.
Sin embargo, esa lógica choca ahora con la respuesta de Pekín. Según fuentes citadas por Reuters, las autoridades no han explicado si se trata de una prohibición formal o de una medida temporal. Tampoco han aclarado si afecta a pedidos ya realizados o solo a nuevos contratos. Esa indefinición no parece casual.
Pekín y el uso estratégico de la ambigüedad
El silencio oficial chino contrasta con la dureza del mensaje transmitido a empresas locales. Varias tecnológicas han sido convocadas a reuniones donde se les indicó que no compren el H200 salvo en circunstancias excepcionales, como proyectos de investigación con universidades. La severidad del lenguaje ha llevado a algunos actores a hablar abiertamente de un veto de facto.
El bloqueo plantea una tensión difícil de resolver. Impedir la entrada de un chip que las empresas locales demandan y que Estados Unidos acaba de autorizar no responde a una lógica única. Por un lado, el H200 es significativamente más potente que el H20, el modelo anterior diseñado para cumplir con las restricciones estadounidenses.. Su entrada masiva reforzaría la capacidad de entrenamiento de modelos avanzados en China, algo que preocupa a sectores del propio Partido Comunista.
Por otro, impedir su acceso también tiene costes. Las alternativas nacionales, como el Ascend 910C de Huawei, han mejorado, pero siguen siendo menos eficientes en grandes cargas de trabajo. Forzar un desacople acelerado puede ralentizar proyectos clave en inteligencia artificial aplicada, desde servicios en la nube hasta investigación científica.
Esa tensión interna explica en parte la ambigüedad. Mantener el bloqueo sin formalizarlo permite a Pekín ganar tiempo, observar la reacción de Washington y, sobre todo, utilizar el chip como ficha de negociación en un contexto diplomático sensible, marcado por la próxima visita de Trump a China.
Estados Unidos: ingresos, industria y fisuras políticas
Desde el lado estadounidense, el movimiento tampoco está exento de contradicciones. Permitir la exportación del H200 genera ingresos significativos para Nvidia y para el propio Gobierno, que se queda con una cuarta parte del valor de cada venta. Con pedidos potenciales superiores a los dos millones de unidades, según Reuters, el incentivo económico es evidente.
Además, la Administración argumenta que el H200 no altera el equilibrio estratégico en inteligencia artificial. No es el Blackwell ni el futuro Rubin, ambos excluidos del acuerdo. Bajo esta óptica, vender chips “suficientemente buenos” pero no líderes serviría para mantener a Nvidia por delante y evitar que competidores chinos cierren la brecha.
Sin embargo, este enfoque divide a Washington. Legisladores de ambos partidos han advertido de los riesgos de filtraciones, usos militares indirectos y dificultades de control, una preocupación detallada por The Wall Street Journal al analizar las nuevas reglas de seguridad y verificación. El temor no es solo tecnológico, sino político: que el sistema de licencias acabe siendo tan laxo que, en la práctica, no limite nada.
Nvidia entre dos fuegos
Para Nvidia, el escenario es paradójico. La empresa ha presionado durante meses para reabrir el mercado chino, que llegó a representar una parte sustancial de su negocio en centros de datos. Jensen Huang ha defendido públicamente que cerrar ese mercado no frena a China, sino que acelera su innovación doméstica.
El problema es que, incluso con el visto bueno de Washington, Nvidia no controla el último eslabón de la cadena. Si China mantiene el bloqueo, la compañía se queda con una autorización teórica sin traducción comercial. La situación recuerda a lo ocurrido con el H20, cuya exportación fue permitida para después quedar neutralizada por decisiones administrativas chinas que redujeron la cuota de mercado de Nvidia a cero.
A corto plazo, la empresa puede redirigir producción a otros mercados, donde la demanda de capacidad de cómputo sigue creciendo. A medio plazo, el riesgo es mayor: quedar atrapada en una lógica de concesiones políticas que no garantizan estabilidad ni previsibilidad.
¿Quién gana realmente?
El tira y afloja deja un balance provisional complejo. China gana margen de maniobra. Sin comprometerse públicamente, demuestra que puede neutralizar decisiones estadounidenses y utilizar el acceso a su mercado como palanca negociadora. Al mismo tiempo, refuerza el mensaje interno de autosuficiencia tecnológica, aunque eso implique costes operativos a corto plazo.
Estados Unidos obtiene ingresos y protege parcialmente a su industria, pero expone fisuras internas y asume riesgos de ejecución. La idea de que vender chips frena a China no es compartida por todo el aparato político ni por parte de la comunidad de seguridad nacional.
Nvidia gana en el plano político doméstico, al lograr el respaldo de la Administración, pero sigue perdiendo visibilidad y control en China. Y las empresas tecnológicas chinas, grandes compradoras potenciales, son quizá las que menos margen tienen: dependen de decisiones cruzadas que no controlan y de un suministro que puede desaparecer sin aviso.
Un pulso sin cierre claro
El H200 se ha convertido en algo más que un chip. Es un test de poder, de credibilidad regulatoria y de capacidad de presión mutua. Que China levante el bloqueo, lo endurezca o lo utilice selectivamente dirá mucho sobre el estado real de las relaciones tecnológicas entre ambas potencias.
Por ahora, la pregunta sigue abierta. No tanto si el chip cruzará la aduana, sino quién está dispuesto a asumir el coste de mantenerlo al otro lado.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
