Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
La edición 56 del Foro Económico Mundial se ha cerrado en Davos-Klosters bajo un barniz de optimismo que apenas logra ocultar las grietas de un sistema de gobernanza en retirada. Bajo el lema Un espíritu de diálogo, la cumbre de este año ha intentado proyectar una imagen de unidad en el momento de mayor fragmentación geoeconómica desde la posguerra.
Sin embargo, el análisis de los pasillos y las mesas redondas revela una realidad distinta: la tecnología, lejos de ser el gran ecualizador prometido, se está consolidando como el nuevo terreno donde se libra la batalla por la hegemonía global.
El debate en los Alpes suizos ha desplazado el foco desde las capacidades teóricas de la tecnología hacia una cuestión de tiempos y ejecución: la duda reside en si las instituciones y el tejido empresarial poseen la musculatura operativa necesaria para desplegar estas herramientas antes de que la inestabilidad geopolítica clausure las actuales ventanas de oportunidad. Esta urgencia operativa se ha manifestado en una agenda donde la Inteligencia Artificial (IA) ha dejado de ser una promesa de futuro para convertirse en un imperativo de supervivencia inmediata para el directivo europeo y el empresario global.

La paradoja de la cooperación en un mundo fragmentado
Cerca de 3.000 líderes, incluyendo 400 representantes políticos de alto nivel y 830 CEOs, han participado en lo que muchos críticos ya califican como el último refugio del multilateralismo tradicional. Mientras los comunicados oficiales del Foro destacan el éxito de haber reunido a la mayoría de los líderes del G7, las ausencias estratégicas y la retórica proteccionista de algunas delegaciones sugieren que el diálogo es más un ejercicio de contención que de construcción.
El Global Cooperation Barometer 2026, presentado durante la semana, confirma que la confianza en las instituciones globales sigue en niveles mínimos históricos. Esta erosión de la confianza no es un fenómeno abstracto; tiene consecuencias directas en la inversión tecnológica. En un entorno donde el riesgo geopolítico es la principal preocupación de los inversores, el capital tiende a refugiarse en mercados con marcos regulatorios cerrados, lo que contradice la naturaleza abierta y global de la innovación digital.
La IA como cortafuegos y el dilema de la ejecución
La implementación de la IA y el despliegue de infraestructuras críticas han sido los ejes centrales de la participación empresarial. El informe Proof Over Promise ha puesto de relieve una brecha inquietante: solo un pequeño grupo de organizaciones está logrando convertir la ambición en resultados tangibles. La mayoría de las empresas españolas y europeas se enfrentan a un cuello de botella que no es técnico, sino organizacional. La falta de capacidad para rediseñar procesos operativos al mismo ritmo que evoluciona el software está dejando a gran parte del tejido productivo en una situación de vulnerabilidad competitiva.
«El desarrollo de la IA es difícil de reconciliar con la fragmentación de estándares y acceso», advertía Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo. Esta observación toca el núcleo del problema europeo: mientras Estados Unidos y China consolidan sus propios ecosistemas, Europa corre el riesgo de convertirse en un mero consumidor de tecnologías sobre las que no ejerce soberanía. La creación de nuevos centros de la Cuarta Revolución Industrial en el Reino Unido, Francia y los Emiratos Árabes Unidos busca descentralizar la innovación, pero queda por ver si estos nodos podrán interoperar en un mundo que tiende a la compartimentación.
La crítica estructural: ¿Legitimidad o captura corporativa?
Más allá de los avances técnicos, Davos 2026 ha sido el escenario de una crítica feroz hacia la propia esencia del Foro. Organizaciones civiles y un sector disidente de millonarios han denunciado que el encuentro se ha transformado en un mecanismo de captura corporativa. La premisa es clara: un grupo que no ha sido elegido democráticamente está marcando la hoja de ruta de problemas globales como el cambio climático o la regulación de la IA, a menudo priorizando los intereses de los accionistas sobre el bienestar social.
La hipocresía institucional ha sido otro de los blancos de las críticas. Se ha señalado la contradicción de discutir la crisis climática en una cumbre que genera una huella de carbono masiva debido al uso intensivo de vuelos privados por parte de sus asistentes. En este sentido, la firma de una carta abierta por parte de cientos de millonarios exigiendo impuestos más altos para los súper ricos ha sido el gesto más disruptivo de la semana, evidenciando que incluso dentro de las élites financieras existe la percepción de que el modelo actual es insostenible.
El mercado laboral y el «tsunami» silencioso
Kristalina Georgieva, directora del FMI, no ha suavizado su mensaje al calificar el impacto de la IA en el mercado laboral como un «tsunami». Las sesiones sobre la Reskilling Revolution aseguran haber alcanzado a 850 millones de personas, pero las críticas externas subrayan que estos programas a menudo son insuficientes frente a la velocidad de la obsolescencia de las habilidades actuales.
El enfoque del Foro en el reaprendizaje es visto por algunos analistas laborales como una forma de trasladar la responsabilidad del empleo de las empresas al individuo. Mientras líderes tecnológicos como Jensen Huang (Nvidia) abogan por una IA que cierre la brecha tecnológica, otros como Dario Amodei (Anthropic) advierten sobre la dificultad de mantener bajo control sistemas que pronto serán «más inteligentes que cualquier humano». Esta tensión entre la utopía de la productividad y la distopía del desplazamiento laboral ha quedado sin resolver, cerrando las sesiones con más preguntas que certezas para los profesionales del sector.
Ciberseguridad y soberanía energética
El Global Cybersecurity Outlook 2026 ha introducido una nueva variable de preocupación: el fraude sistémico habilitado por IA. En un mundo donde la desinformación puede desestabilizar mercados en cuestión de minutos, la ciberseguridad ha dejado de ser una cuestión del departamento de IT para ser un tema de seguridad nacional. La propuesta de crear «Embajadas Digitales» para proteger los datos de países con menor capacidad de defensa es un intento de mitigar esta vulnerabilidad, aunque sus detractores lo ven como una nueva forma de dependencia tecnológica respecto a las grandes potencias.
Por otro lado, la transición energética se enfrenta a su propia realidad logística. La inversión necesaria para alimentar los centros de datos que requiere la IA es masiva. Davos ha proyectado que el capital destinado a combustibles limpios deberá multiplicarse por cuatro en los próximos cuatro años para no colapsar las redes actuales. Sin esta base física, la transformación digital de la que tanto se habla en las ponencias carece de cimiento real.
Un futuro de incertidumbres deliberadas
El cierre de esta 56ª reunión anual no ha sido una conclusión, sino una apertura hacia una etapa de experimentación forzosa. Davos 2026 ha demostrado que el consenso global ya no es el motor del progreso; ahora lo es la velocidad de adaptación individual de cada Estado y empresa. El espíritu de diálogo ha servido para identificar los riesgos, pero no ha logrado articular una respuesta coordinada para frenar la fragmentación geoeconómica.
La verdadera prueba para los empresarios y directivos españoles no vendrá de los manifiestos firmados en Suiza, sino de su capacidad para operar en un entorno donde las reglas del juego cambian semanalmente. La tecnología seguirá avanzando, la IA seguirá penetrando en cada capa de la sociedad y los desafíos climáticos seguirán escalando. Lo que queda en el aire es si el marco de Davos, nacido en un mundo que buscaba la integración total, es capaz de sobrevivir y ser útil en un siglo que parece decidido a reconstruir sus fronteras.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
