El gigante de los semiconductores Intel ha presentado un balance de 2025 que refleja la complejidad de su actual proceso de transformación estructural. Con unos ingresos anuales de 52.900 millones de dólares, la compañía ha logrado mantenerse en niveles similares al ejercicio anterior, a pesar de enfrentarse a una reconfiguración interna profunda que incluye la salida parcial de unidades de negocio y una apuesta agresiva por recuperar el liderazgo en la fabricación de chips.
El cuarto trimestre cerró con una facturación de 13.700 millones de dólares, lo que supone un retroceso del 4% respecto al mismo periodo del año pasado, evidenciando que la estabilización del mercado de PC y servidores aún convive con las tensiones de su cadena de suministro.
La gestión de Lip-Bu Tan, CEO de la firma, se encuentra en un punto crítico donde la ejecución técnica debe validar las promesas estratégicas. La compañía ha alcanzado un hito relevante con la introducción de sus primeros productos basados en el proceso Intel 18A, una tecnología de fabricación avanzada desarrollada íntegramente en Estados Unidos.
Este avance no es solo una cuestión de orgullo corporativo, sino una necesidad operativa para competir en eficiencia energética y densidad de transistores en la era de la inteligencia artificial. Sin embargo, este progreso convive con una realidad financiera inmediata más árida: las pérdidas por acción según los estándares contables generales fueron de 0,12 dólares en el último trimestre, frente a los 0,15 dólares de beneficio si se excluyen factores extraordinarios y costes de reestructuración.
La dualidad entre el silicio para consumo y la infraestructura de datos
El desglose por unidades de negocio revela dónde reside la resiliencia de la compañía y dónde se localizan los focos de erosión. El Client Computing Group (CCG), tradicional motor de Intel centrado en el mercado de ordenadores personales, registró ingresos de 32.200 millones de dólares en el conjunto del año, lo que representa una caída del 3%. En el último trimestre, el descenso fue más pronunciado, un 7%, lo que sugiere que la renovación del parque de equipos hacia los denominados AI PC todavía no ha alcanzado el volumen necesario para compensar la madurez del sector. Intel confía en que la familia Core Ultra Serie 3, fabricada bajo el nodo 18A, sirva de catalizador para revertir esta tendencia, proyectando su presencia en más de 200 diseños de fabricantes de hardware a nivel global.
En el espectro opuesto se sitúa la división de Data Center y AI (DCAI), que ha mostrado signos de vigor. Con unos ingresos anuales de 16.900 millones de dólares, esta unidad creció un 5% en 2025, acelerándose hasta un 9% en el último trimestre. Este repunte se apoya en la demanda de infraestructura para cargas de trabajo de IA, donde los procesadores Xeon 6 están intentando recuperar terreno frente a arquitecturas alternativas. La centralización de estos negocios bajo una mando único busca precisamente una coordinación más estrecha entre las estrategias de CPU y GPU, una integración que el mercado demanda para simplificar el despliegue de modelos de computación distribuida.
El reto de la fundición y la autonomía operativa
Uno de los pilares de la nueva Intel es su capacidad para actuar como una fundición (Foundry) para terceros, compitiendo directamente con los gigantes asiáticos del sector. Los ingresos de Intel Foundry ascendieron a 17.800 millones de dólares en 2025, un incremento del 3% anual. No obstante, la rentabilidad de esta división sigue siendo el principal lastre operativo, con pérdidas significativas derivadas de las enormes inversiones en bienes de equipo y el despliegue de nuevas plantas en Arizona y Oregón.
La viabilidad técnica de los escáneres de litografía High NA EUV, demostrada junto a ASML, es un paso necesario para asegurar la precisión en la fabricación de futuras generaciones de chips, pero la traducción de esa excelencia técnica en márgenes de beneficio positivos es un proceso que Intel todavía tiene pendiente.
La estructura corporativa también ha experimentado cambios drásticos para sanear el balance. Un movimiento determinante fue la desconsolidación de Altera tras la venta del 51% de sus acciones en septiembre de 2025. Esta operación, junto con la venta de acciones comunes a NVIDIA por valor de 5.000 millones de dólares, ha inyectado una flexibilidad estratégica vital en un momento de alto consumo de capital. A pesar de estas maniobras, la compañía operó con un margen bruto GAAP del 34,8% durante el año, una cifra que, aunque mejora los registros previos, sigue reflejando los altos costes de fabricación y la infrautilización de algunas líneas de producción.
Un arranque de 2026 condicionado por el suministro
Las perspectivas para el inicio de 2026 introducen una nota de cautela para los profesionales del sector. Intel prevé que su suministro disponible alcance su punto más bajo durante el primer trimestre debido a la escasez de componentes que afecta a toda la industria. Esto se traduce en una previsión de ingresos de entre 11.700 y 12.700 millones de dólares para los primeros tres meses del nuevo año. El director financiero, David Zinsner, ha señalado que esperan una mejoría a partir del segundo trimestre, pero la dependencia de factores externos añade un elemento de incertidumbre a la ejecución del plan de negocio.
La ambición de Intel por liderar el ecosistema x86 en la era de la IA se enfrenta ahora al examen de la escala. Aunque la compañía generó 9.700 millones de dólares en efectivo por sus operaciones durante 2025, sus compromisos de inversión son masivos. El mercado vigila de cerca si la arquitectura 18A será capaz de atraer a clientes externos de volumen suficiente como para justificar la expansión de su capacidad de fabricación. Sin esa tracción externa, el modelo de fundición integrada podría enfrentar dificultades para alcanzar el punto de equilibrio financiero.
El cierre de este ejercicio deja a Intel en una posición de vuelo nivelado pero con motores en plena reparación. La apuesta por la fabricación en suelo estadounidense y el desarrollo de nodos avanzados son piezas de un rompecabezas geopolítico y técnico que busca reducir la dependencia de las cadenas de suministro globales. La pregunta que queda en el aire para 2026 no es si Intel puede diseñar chips competitivos, sino si puede fabricarlos a un coste y en una cantidad que satisfagan la voracidad de un mercado de inteligencia artificial que no permite pausas.
