Hace apenas cinco años, OpenAI era una entidad conocida sobre todo en entornos académicos y círculos técnicos de Silicon Valley. Hoy, su nombre se ha convertido en sinónimo de inteligencia artificial generativa. La compañía, fundada en 2015 como una organización sin ánimo de lucro, ha evolucionado hasta convertirse en una de las firmas tecnológicas más influyentes del mundo, con una velocidad y escala poco habituales incluso en un sector acostumbrado a los cambios rápidos.
La expansión de OpenAI ha sido especialmente visible en los últimos meses. Según un análisis publicado por eWEEK, sus lanzamientos recientes, hitos públicos y controversias legales reflejan un momento de crecimiento sostenido y ambicioso. ChatGPT, su producto más conocido, ha alcanzado una notoriedad cultural pocas veces vista en herramientas tecnológicas: su nombre ya no solo se menciona en contextos técnicos, sino en programas de entretenimiento como The Tonight Show Starring Jimmy Fallon, donde su CEO, Sam Altman, fue invitado en 2025.
La magnitud del fenómeno se refleja también en los hábitos cotidianos. Frases como “vamos a preguntarle a ChatGPT” empiezan a sustituir al clásico “vamos a buscarlo en Google”. Esta penetración en el lenguaje común no es solo anecdótica: marca un punto de inflexión para una tecnología que ha pasado de ser una curiosidad académica a una herramienta de uso masivo, con cientos de millones de usuarios activos mensuales.
El crecimiento de OpenAI no se limita al terreno del consumo. La empresa ha intensificado su apuesta por el mercado empresarial con el lanzamiento de GPT-5.2, nombre en clave “garlic”. Este modelo incorpora una ventana de contexto de 400.000 tokens, lo que permite a los equipos de desarrollo introducir bases de código completas o documentos técnicos extensos en una sola petición. La capacidad de procesar grandes volúmenes de información sin fragmentación elimina barreras técnicas que hasta ahora dificultaban la adopción de estos modelos en entornos corporativos.
GPT-5.2 está diseñado para flujos de trabajo autónomos y asistentes de codificación avanzados, lo que posiciona a OpenAI como una capa fundacional para el desarrollo de software empresarial. Aunque su precio es más elevado que el de versiones anteriores, la empresa confía en que la eficiencia ganada compense ese coste adicional. En un mercado donde la integración real con sistemas existentes es clave, esta propuesta técnica refuerza su ventaja competitiva.
En paralelo, OpenAI ha ampliado las capacidades de ChatGPT con una nueva experiencia de generación de imágenes. Desde diciembre, los usuarios pueden crear, editar y refinar imágenes mediante instrucciones en lenguaje natural, sin perder el contexto de la conversación. Fidji Simo, CEO de Aplicaciones de OpenAI, describió esta evolución como un paso hacia un “estudio creativo” más que un simple generador de imágenes. Esta funcionalidad sitúa a la compañía en competencia directa con herramientas como Nano Banana de Google y plataformas creativas como Adobe.
La estrategia es clara: mantener al usuario dentro del ecosistema de ChatGPT el mayor tiempo posible, facilitando un flujo creativo continuo. En este sentido, la batalla por la atención del usuario se traslada del terreno técnico al experiencial, donde la capacidad de iterar sin fricciones puede marcar la diferencia.
Más allá del ámbito empresarial y creativo, OpenAI también ha iniciado incursiones en la investigación científica avanzada. Con el proyecto FrontierScience, la compañía busca demostrar que sus modelos pueden razonar sobre problemas científicos complejos, similares a los que ocupan a investigadores de doctorado durante semanas. En pruebas recientes, GPT-5.2 logró una tasa de éxito del 77 % en preguntas estructuradas, una mejora significativa respecto a generaciones anteriores. Aunque aún muestra limitaciones en problemas abiertos y menos definidos, el ritmo de mejora sugiere que esas barreras podrían ser temporales.
La posibilidad de que modelos de IA actúen como colaboradores reales en física, química o biología ya no parece lejana. Si la tendencia continúa, el papel de la IA en el descubrimiento científico podría pasar de ser asistencial a coprotagonista.
Sin embargo, este crecimiento acelerado también ha traído consigo tensiones. En diciembre, un juez federal ordenó a OpenAI entregar 20 millones de registros anonimizados de ChatGPT como parte de una demanda por derechos de autor presentada por The New York Times y otros medios. El caso podría sentar precedentes sobre cómo las empresas de IA gestionan la transparencia, la privacidad y los datos de entrenamiento.
Internamente, la compañía también ha enfrentado críticas. La salida del investigador Tom Cunningham, quien denunció restricciones a la publicación de estudios sobre los impactos económicos negativos de la IA, reabrió el debate sobre la independencia científica dentro de empresas con intereses comerciales. Aunque OpenAI niega haber censurado investigaciones, el episodio refleja una tensión habitual en empresas tecnológicas que crecen rápidamente: equilibrar la investigación abierta con los objetivos de negocio.
En conjunto, OpenAI está desplegando una estrategia de expansión simultánea en múltiples frentes: productos de consumo, herramientas empresariales, plataformas creativas y ciencia básica. Esta diversificación, aunque ambiciosa, también la expone a un escrutinio creciente, tanto regulatorio como social.
El ascenso de OpenAI no ha sido casual. Su capacidad para iterar con rapidez, asumir riesgos y mantenerse en el centro del debate público la ha convertido en una de las instituciones definitorias de la era de la inteligencia artificial. A medida que gobiernos y organismos públicos recurren cada vez más a estas tecnologías para anticipar reacciones sociales o diseñar políticas, el papel de actores como OpenAI se vuelve aún más estructural.
