La adopción de la inteligencia artificial en el tejido empresarial español ha transitado, en apenas un par de ejercicios, desde la fascinación por el potencial generativo hacia una preocupación estructural por la seguridad y la legalidad. En este escenario de maduración forzosa, la capacidad de una organización para demostrar que sus algoritmos no son cajas negras, sino procesos auditables, se ha convertido en un activo diferenciador. La consultora tecnológica SEIDOR se ha situado recientemente entre las primeras compañías del sector TI en España en certificar su gobernanza de la inteligencia artificial bajo el estándar internacional ISO/IEC 42001, un movimiento que trasciende lo reputacional para entrar de lleno en lo operativo.
Esta norma, la primera de carácter específico para sistemas de gestión de inteligencia artificial, llega en un momento de fricción regulatoria. Mientras las empresas aceleran la implementación de modelos de aprendizaje automático, el marco legal europeo, definido por el AI Act, empieza a proyectar sombras de incertidumbre sobre quienes operan sin protocolos de supervisión claros. Al certificar estos procesos, la consultora no solo valida sus protocolos internos, sino que establece un precedente sobre cómo las empresas de servicios tecnológicos deben custodiar los datos sensibles y la lógica algorítmica de sus clientes en mercados cada vez más fiscalizados.
La relevancia de este hito no reside únicamente en la obtención del sello, sino en la arquitectura de control que exige la norma. A diferencia de las declaraciones de intenciones sobre ética tecnológica, la ISO/IEC 42001 obliga a implantar un sistema de gestión que abarca el ciclo de vida completo de la IA. Esto incluye desde la trazabilidad de los datos utilizados en el entrenamiento hasta la transparencia de los modelos y, fundamentalmente, la garantía de una supervisión humana efectiva. En sectores como el financiero, el sanitario o el industrial, donde una decisión errónea de un sistema automatizado puede derivar en crisis de continuidad o sanciones millonarias, la gobernanza de la inteligencia artificial deja de ser un concepto abstracto para convertirse en infraestructura crítica.
El despliegue de este sistema certificado ya es una realidad operativa en España, Reino Unido, Irlanda y Perú. Esta capilaridad geográfica sugiere una estrategia de unificación de criterios en un mercado global fragmentado por normativas locales. Sin embargo, la implementación técnica de estos controles no es trivial. Requiere integrar la gestión de la IA con los sistemas preexistentes de seguridad de la información y protección de datos. En el caso de la consultora barcelonesa, este nuevo marco se acopla a una batería de certificaciones previas, como la ISO 27001 o el Esquema Nacional de Seguridad (ENS) en su nivel alto, creando un ecosistema de «seguridad por diseño» donde la inteligencia artificial no es un añadido, sino una pieza integrada en el engranaje de riesgos corporativos.
David Pereira, Global Head of Data & AI de la firma, apunta a una realidad que a menudo se ignora en los comités de dirección: el riesgo real no emana de la tecnología en sí, sino de su despliegue sin un marco de trazabilidad. Según el directivo, esta certificación permite transitar desde la fase de experimentación o «pilotos» hacia una adopción industrial de la IA. Es, en esencia, una herramienta para que las empresas puedan justificar y defender el uso de sus modelos ante reguladores o auditorías externas, dotando a la tecnología de una «licencia para operar» en entornos de alta exigencia.
La presión del AI Act europeo actúa aquí como un catalizador silencioso. La normativa de la Unión Europea clasificará los sistemas de IA según su nivel de riesgo, imponiendo obligaciones estrictas a aquellos considerados de «alto riesgo». Contar con un sistema de gestión certificado bajo estándares internacionales facilita enormemente el cumplimiento de estas futuras obligaciones, reduciendo la fricción burocrática y técnica. Pese a ello, el reto para las consultoras no termina en la certificación propia, sino en la capacidad de trasladar esa cultura de control a proyectos de terceros donde los datos suelen ser heterogéneos y los procesos de negocio, menos maduros.
La integración de la IA en la gestión corporativa también altera las dinámicas internas de poder y responsabilidad. La ISO/IEC 42001 exige roles definidos, métricas de desempeño y revisiones periódicas por parte de la alta dirección. Ya no se trata de un proyecto del departamento de innovación, sino de una política transversal que afecta a la calidad, al riesgo legal y a la ética operativa. Esta formalización de la gobernanza de la inteligencia artificial responde a una demanda creciente de los clientes que, operando en entornos regulados, no pueden permitirse el lujo de delegar su toma de decisiones en sistemas opacos.
El mercado español, tradicionalmente reactivo a las certificaciones hasta que estas se vuelven mandatorias, parece estar cambiando de tendencia en el ámbito de la IA. La velocidad de adopción de la tecnología ha superado la capacidad de muchas organizaciones para autogestionarse, lo que abre un espacio de oportunidad para las figuras que actúan como «garantes» técnicos. El enfoque de SEIDOR, al combinar Privacy by Design y AI Safety by Design, busca mitigar los sesgos algorítmicos y las vulnerabilidades de seguridad que suelen aparecer cuando la IA se escala de forma desordenada.
Queda, no obstante, una incógnita en el horizonte: cómo evolucionarán estos estándares a medida que la inteligencia artificial generativa y los modelos fundacionales se vuelvan más complejos y autónomos. Si bien la ISO/IEC 42001 proporciona una base sólida, la naturaleza cambiante del software basado en redes neuronales obligará a una actualización constante de los procesos de auditoría. La certificación actual es un punto de partida que sitúa a la consultora en una posición de ventaja competitiva, pero la verdadera prueba de fuego será la resiliencia de estos modelos de gobernanza ante la próxima ola de disrupción tecnológica que, previsiblemente, volverá a poner a prueba los límites de la supervisión humana.
