Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
En la historia de la tecnología abundan los grandes hitos diseñados en laboratorios corporativos o acelerados por rondas millonarias. Más raro es que el origen de un polo estratégico europeo de una gran tecnológica pueda rastrearse hasta un archivo de 2.610 bytes que circulaba por los ordenadores de una universidad pública a principios de los noventa. Y, sin embargo, ese es el punto de partida de la trayectoria de Bernardo Quintero, del nacimiento de VirusTotal y, con el tiempo, de la llegada de Google a Málaga como enclave clave de su estrategia de ciberseguridad en Europa.
La pregunta, planteada décadas después, es casi literaria: ¿cómo un virus creado por un estudiante anónimo terminó influyendo en el mapa tecnológico de una ciudad?
1992: cuando un virus no era una amenaza, sino un reto
El episodio arranca en 1992, en la Escuela Politécnica de Málaga. Un joven Quintero, entonces en su primer año de universidad, se encuentra con un problema práctico: un pequeño programa, conocido como Virus Málaga, se ha propagado por los equipos del centro. No era destructivo. No borraba discos ni robaba información. Pero estaba ahí, desafiando a quien supiera mirar su código.
Un profesor convierte la molestia en ejercicio académico y propone desarrollar un antivirus capaz de neutralizarlo. Ese encargo, aparentemente menor, actúa como catalizador. “Ese reto despertó un interés profundo por los virus informáticos y la seguridad”, recordaría años después el propio Quintero en declaraciones a TechCrunch, medio que ha reconstruido la historia con detalle. Sin ese primer contacto, su trayectoria profesional, admite, podría haber sido muy distinta.
En aquel momento, la ciberseguridad no era una industria ni un término omnipresente. Era, para muchos estudiantes, un territorio casi artesanal, más cercano a la curiosidad técnica que a la estrategia empresarial.
El autor invisible y una huella inesperada
Durante años, el creador del virus permaneció en el anonimato. Quintero siguió su camino, fundó VirusTotal como una plataforma colaborativa para analizar malware y, en 2012, la compañía fue adquirida por Google. Esa operación no solo consolidó a VirusTotal como una pieza relevante dentro del ecosistema de seguridad global, sino que ancló en Málaga una parte significativa de la actividad de ciberseguridad del gigante estadounidense.
La ciudad empezó a atraer talento, proyectos y colaboraciones académicas. Sin embargo, el origen remoto de todo aquello seguía ligado a un nombre desconocido.
Treinta y tres años después, movido más por la memoria que por la estrategia, Quintero decidió buscar a la persona que había escrito aquel código. No era una iniciativa corporativa ni una campaña pública. Era, en sus propias palabras, una forma de cerrar un círculo personal.
Volver al código para entender el pasado
La búsqueda tuvo algo de arqueología digital. Quintero revisó el código original del virus, analizando fragmentos que su yo adolescente quizá había pasado por alto. Encontró indicios de una firma, pero incompleta. La pista decisiva apareció al localizar una variante posterior del malware, donde emergía con claridad una cadena de texto: “KIKESOYYO”.
La frase, en español coloquial, apunta a un nombre propio. Kike, diminutivo habitual de Enrique. Casi al mismo tiempo, un mensaje directo añadió una capa humana a la investigación. Un responsable de transformación digital del Ayuntamiento de Córdoba contactó con Quintero y afirmó haber presenciado, en su etapa universitaria, la creación del virus por parte de un compañero de clase.
Había un detalle que confirmaba la veracidad del relato: el virus incluía un “payload”, un mensaje oculto que condenaba explícitamente la violencia de ETA. Ese elemento nunca había sido divulgado públicamente.
El nombre surgió entonces: Antonio Astorga. La información venía acompañada de una noticia incómoda. Astorga había fallecido.
Un giro familiar y un reconocimiento tardío
La investigación no terminó ahí. La hermana de Astorga aclaró el último enigma: su hermano se llamaba en realidad Antonio Enrique. Para su entorno cercano, era Kike. El autor del virus universitario tenía por fin identidad, aunque ya no pudiera escuchar el agradecimiento directo de quien, sin saberlo, había influido en su vocación.
El relato, compartido por Quintero en una publicación de LinkedIn que se viralizó, no se detiene en la anécdota sentimental. Introduce un matiz relevante: el virus no perseguía causar daño, sino difundir un mensaje político y demostrar habilidades técnicas. Una forma de expresión propia de una época en la que la frontera entre activismo, experimentación y travesura informática era difusa.
Astorga siguió vinculado a la informática. Se convirtió en profesor de secundaria y dejó una huella tangible en su entorno educativo. El aula de informática de su centro lleva hoy su nombre, un reconocimiento local que contrasta con el impacto indirecto, y mucho mayor, de aquel primer programa.
De una vocación individual a un ecosistema
El paralelismo entre ambos recorridos no pasa desapercibido. Mientras Astorga transmitía conocimientos en el aula, Quintero escalaba un proyecto que acabaría integrándose en Google. Tras la adquisición de VirusTotal, Málaga se convirtió en sede del Google Safety Engineering Center, un centro desde el que se coordinan iniciativas de seguridad a escala global.
Ese movimiento reforzó la relación con la Universidad de Málaga, alimentando un flujo constante de talento especializado. La ciudad, tradicionalmente asociada al turismo, empezó a figurar en el mapa europeo de la ciberseguridad.
No fue un proceso inmediato ni lineal. La consolidación de un hub tecnológico responde a múltiples factores: inversión sostenida, colaboración público-privada, masa crítica de profesionales. Sin embargo, la historia del Virus Málaga introduce un elemento menos tangible pero igual de decisivo: la influencia de referentes y relatos fundacionales que inspiran trayectorias profesionales.
Volver “a la cueva” en una gran tecnológica
El tono personal reaparece en otra decisión reciente de Quintero. Tras años en puestos de gestión, anunció internamente que dejaba su rol como manager de equipos en Google para volver a una posición más técnica. No abandona la compañía ni el proyecto de Málaga, pero sí la carrera ejecutiva que, en otras circunstancias, podría haberle llevado a escalar en la jerarquía corporativa.
“Volver a la cueva, al sótano de Google”, escribió, recuperando la imagen del programador que experimenta, se equivoca y aprende. El gesto refuerza la coherencia del relato: una carrera marcada por la curiosidad técnica más que por la ambición jerárquica.
Una herencia que no se cierra
La historia añade un último hilo generacional. Uno de los hijos de Astorga, Sergio, se ha graduado recientemente en ingeniería de software y muestra interés por la ciberseguridad y la computación cuántica. Para Quintero, ese dato tiene un valor simbólico. No como promesa de continuidad directa, sino como reflejo del talento que se está formando en Málaga.
La ciudad es hoy distinta a la de 1992. El contexto tecnológico, también. Pero persiste una pregunta abierta: hasta qué punto los ecosistemas se construyen solo con infraestructuras y políticas, y cuánto dependen de relatos, encuentros fortuitos y decisiones individuales que, en su momento, parecían menores.
El Virus Málaga ya no existe como amenaza, pero su rastro sigue activo en una cadena de causas y consecuencias que conecta un aula universitaria con un centro estratégico de Google. Lo demás, como suele ocurrir en tecnología, queda abierto a la próxima generación.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
