Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
La soberanía tecnológica europea volvió a colarse en el centro del Mobile World Congress, aunque esta vez con un mensaje más áspero y bastante más concreto. Marc Murtra, presidente ejecutivo de Telefónica, aprovechó una mesa sobre autonomía estratégica para pedir tres cosas a Bruselas: más escala empresarial, una regulación «favorable a la tecnología» y mayor velocidad política y administrativa.
El planteamiento no fue abstracto. Se apoyó en una idea de fondo, que Europa no podrá competir en redes, software, ciberseguridad o inteligencia artificial si sigue fragmentando su mercado de telecomunicaciones y manteniendo un marco regulatorio que, a juicio de las grandes operadoras, penaliza la inversión.
La intervención de Murtra se produjo en la sesión What Does Strategic Tech Sovereignty Mean for Europe? , moderada por el director general de la GSMA, Vivek Badrinath, y compartida con Tim Höttges, consejero delegado de Deutsche Telekom, y Jean-François Fallacher, consejero delegado de Eutelsat.
El MWC 2026 ha convertido la IA, las infraestructuras críticas y la dependencia europea de proveedores externos en uno de sus hilos conductores, en un momento en que el continente intenta redefinir su posición industrial frente a Estados Unidos y China.
La soberanía tecnológica europea vuelve a pasar por las telecos
Murtra ordenó su mensaje en tres planos. El primero fue el tamaño. «Necesitamos empresas más grandes», defendió, con capacidad financiera suficiente para asumir más riesgo, desplegar mejores coberturas y acometer inversiones tecnológicas más profundas. No es una demanda nueva en el discurso de las telecos europeas, pero sí aparece ahora reforzada por el argumento de la soberanía. La tesis consiste en que un mercado excesivamente troceado reduce márgenes, dificulta consolidaciones nacionales o transfronterizas y deja a los operadores europeos con menos músculo que los gigantes tecnológicos y de infraestructuras de otras regiones.
Ese razonamiento conecta con una discusión que lleva años abierta en Bruselas y en los principales mercados nacionales. Las grandes operadoras sostienen que Europa exige cobertura, resiliencia, despliegue de 5G, digitalización industrial y ahora también capacidad computacional para IA, pero mantiene un marco de competencia muy restrictivo cuando se plantean fusiones o adquisiciones. Murtra formuló esa tensión en términos casi contractuales: permitir ganar escala, dijo, debería traducirse en más inversión y en mejores servicios para ciudadanos y empresas. La consolidación, según ese enfoque, no sería solo una operación corporativa, sino una herramienta industrial.
No obstante, ahí aparece la primera fricción de fondo. La Comisión Europea ha intentado equilibrar durante años dos objetivos difíciles de casar, competencia y capacidad inversora. Un mercado con menos actores puede facilitar grandes desembolsos en infraestructuras, aunque también abre el debate sobre precios, poder de mercado y menor presión competitiva. Murtra se sitúa claramente en uno de los lados de esa discusión, el de quienes creen que la fragmentación europea ya se ha convertido en una desventaja estratégica. No es una posición aislada. También Deutsche Telekom y otros grupos llevan tiempo empujando en la misma dirección.
Regulación tecnológica y velocidad, las dos exigencias a Bruselas
El segundo eje fue la regulación. Murtra defendió que la UE debe priorizar la creación de tecnología y diseñar normas que favorezcan la inversión y la innovación. La formulación tiene peso porque llega cuando Europa endurece o despliega varias piezas regulatorias sobre plataformas, datos, competencia digital, IA y ciberseguridad. Para las operadoras, ese impulso normativo convive con una sensación creciente de lentitud institucional frente a ciclos tecnológicos mucho más cortos.
Ahí apareció el tercer elemento, la velocidad. Murtra sostuvo que la IA ha comprimido los tiempos de desarrollo de producto de una manera inédita, hasta el punto de alterar en pocos meses la forma de programar, probar software y lanzar nuevas herramientas. El mensaje es relevante porque desplaza el debate desde la inversión pura hacia la capacidad de reacción. Europa, en esa lectura, no solo corre el riesgo de quedarse atrás por falta de capital o exceso de regulación, sino por una gobernanza demasiado lenta para un entorno en el que los modelos cambian casi mensualmente.
La crítica no se limita a la burocracia. También apunta a una diferencia estructural entre el ritmo de la política comunitaria y el de los mercados digitales. Mientras los grandes desarrolladores de IA y los hiperescaladores avanzan con iteraciones cortas, la UE tiende a producir respuestas más garantistas y más lentas. Ese desajuste explica buena parte del tono del debate de Barcelona. La cuestión ya no es solo si Europa regula mucho, sino si regula a una velocidad incompatible con la creación de capacidades propias.
Ciberseguridad, hiperescaladores e IA propia
Murtra fue más allá del perímetro clásico de las telecos. Defendió que Europa necesita productos propios de ciberseguridad, capacidades de software hiperescalable y desarrollos propios en inteligencia artificial. La advertencia sobre los hiperescaladores fue especialmente significativa: a su juicio, depender de software y tecnología de terceros implica asumir que esa tecnología puede utilizarse con fines ajenos a los intereses europeos. El argumento encaja con una preocupación que ha ganado espacio en los últimos años, la de quién controla no solo la infraestructura, sino las capas de software, los datos y los algoritmos que condicionan servicios esenciales y la circulación de información.
Esa idea amplía el concepto de soberanía más allá de las redes. Ya no se trata únicamente de tener cobertura, espectro o centros de datos en territorio europeo. Se trata de disponer de herramientas críticas propias, desde ciberseguridad hasta IA, en un mercado dominado por compañías estadounidenses y, en determinados segmentos, por actores asiáticos. Pese a ello, el diagnóstico europeo sigue mostrando una paradoja. Mientras en Barcelona se reclama autonomía estratégica, la economía digital del continente continúa dependiendo de inversión externa masiva y de proveedores no europeos para buena parte de su infraestructura avanzada.
Para Telefónica, el discurso también tiene una lectura corporativa. Murtra está vinculando la agenda de consolidación del sector con un marco político más amplio, el de la competitividad industrial europea. Eso eleva el debate, aunque también desplaza la conversación desde el interés empresarial concreto hacia un terreno más sensible, el de la seguridad económica y tecnológica. La maniobra es comprensible. En un contexto de rivalidad geopolítica, la apelación a la soberanía tiene más tracción política que una defensa convencional de las fusiones.
El problema es que convertir ese argumento en política efectiva exigirá algo más que diagnósticos compartidos en el MWC. Hará falta ver hasta dónde está dispuesta a llegar Bruselas en competencia, ayudas, compras públicas tecnológicas y política industrial. También si Europa quiere levantar campeones propios en IA, cloud y ciberseguridad sin depender de capital, software y capacidad de ejecución ajenos. El debate ya está encima de la mesa. La respuesta, todavía no.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
