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Sam Altman ha vuelto a sacudir los cimientos de Silicon Valley, pero esta vez no lo ha hecho solo con código, sino con una reingeniería financiera que redefine la escala de lo posible. OpenAI ha cerrado una ronda de financiación que pulveriza cualquier registro previo en el sector privado, captando hasta 110.000 millones de dólares.
Con una valoración previa a la inversión de 730.000 millones, la compañía se sitúa en una órbita antes reservada exclusivamente a los gigantes consolidados del índice S&P 500. Este movimiento plantea una incógnita que el sector intentará despejar en el próximo lustro: ¿es este capital el combustible definitivo para alcanzar la inteligencia artificial general (AGI) o el síntoma de una hipertrofia de gasto en infraestructura cuya rentabilidad sigue siendo una promesa a largo plazo?
La operación revela un cambio de paradigma en el control de la inteligencia artificial. Según recogen informaciones publicadas por el Financial Times, la inyección masiva de capital no proviene de las firmas tradicionales de capital riesgo, sino de los propios proveedores de la arquitectura necesaria para que la IA sea funcional. Amazon lidera la apuesta con un compromiso de 50.000 millones de dólares, mientras que Nvidia y SoftBank aportan 30.000 millones cada una. El desembarco de Amazon resulta especialmente significativo si se tiene en cuenta que la firma de Andy Jassy ha sido, históricamente, el principal respaldo de Anthropic, el competidor más directo de OpenAI en el ámbito de la seguridad y el despliegue corporativo.
El giro estratégico hacia el silicio de Amazon y la soberanía del hardware
La entrada de Amazon en el accionariado no debe leerse como una simple transacción financiera, sino como un pacto de soberanía tecnológica. Aunque Microsoft ha operado como socio exclusivo y soporte principal de OpenAI desde 2019, el nuevo acuerdo introduce a Amazon Web Services (AWS) como un actor fundamental. Como parte del pacto, OpenAI comenzará a utilizar la línea de chips de IA propios de Amazon, denominados Trainium. Esta decisión sugiere que la dependencia absoluta de las unidades de procesamiento gráfico (GPU) de Nvidia podría estar llegando a un punto de saturación o, al menos, que OpenAI busca diversificar sus riesgos operativos en un mercado donde la disponibilidad de silicio es el cuello de botella más crítico para la escalabilidad.
El compromiso incluye un gasto proyectado de 100.000 millones de dólares en servicios de AWS durante los próximos ocho años. Es una suma que se añade a un contrato preexistente de 38.000 millones, elevando la apuesta de Altman por la capacidad de cómputo a niveles que superan el presupuesto de defensa de muchas naciones europeas. La colaboración técnica entre ambas entidades se centrará en el desarrollo de entornos de ejecución con estado («Stateful Runtime Environments»), una tecnología diseñada para que los modelos de OpenAI dejen de ser herramientas de consulta puntual y se conviertan en sistemas operativos capaces de recordar trabajos anteriores, gestionar identidades y operar de forma fluida a través de diversas herramientas de software. Para los directivos en España que evalúan el despliegue de agentes autónomos, esta capacidad de «contexto persistente» representa el salto necesario de la IA generativa hacia la IA operativa.
Bajo esta nueva estructura, OpenAI asegura una capacidad de 2 gigavatios mediante la infraestructura de AWS, utilizando tanto los chips Trainium 3 como los futuros Trainium 4, cuya entrega está prevista para 2027. Esta infraestructura no solo servirá para el entrenamiento de nuevos modelos de frontera, sino para sostener la plataforma OpenAI Frontier, presentada recientemente para que las corporaciones gestionen equipos de agentes de IA con gobernanza de grado empresarial. El interés por este segmento es pragmático: OpenAI proyecta que, para finales de este año, el 50 por ciento de sus ingresos provengan del sector corporativo, frente al 40 por ciento que representa hoy.
La compleja arquitectura de alianzas con Microsoft y Nvidia
A pesar de la magnitud de la entrada de Amazon, Microsoft ha intentado proyectar una imagen de normalidad. En un comunicado conjunto, ambas empresas han subrayado que los términos de su relación permanecen intactos. Microsoft mantiene su licencia exclusiva sobre la propiedad intelectual de los modelos de OpenAI y sigue siendo el proveedor único para las API de tipo «stateless». Sin embargo, el hecho de que el gigante de Redmond no haya participado directamente en esta ronda, aunque conserva la opción de hacerlo, introduce un matiz de distanciamiento táctico. OpenAI está ganando autonomía política y económica, y Microsoft, aunque sigue siendo su mayor accionista, debe aceptar ahora la convivencia con sus competidores más feroces en el consejo de administración y en la estructura de costes de su socio predilecto.
Nvidia, por su parte, consolida su papel como el gran beneficiario de esta carrera armamentística. Su inversión de 30.000 millones de dólares se traduce de inmediato en un despliegue masivo de hardware: OpenAI utilizará 5 gigavatios de capacidad en los sistemas Vera Rubin de Nvidia para el entrenamiento e inferencia de sus modelos. Este círculo de financiación es lo que algunos analistas denominan la «economía circular de la IA»: los fabricantes de chips y proveedores de nube invierten miles de millones en las startups de IA, que a su vez devuelven ese capital comprando sus procesadores y alquilando sus servidores. Sam Altman, en declaraciones recientes a Bloomberg, ha restado importancia a los riesgos de este esquema, argumentando que la estructura solo es sostenible si el ecosistema genera nuevos flujos de ingresos reales en el mercado de aplicaciones final.
Proyecciones financieras y el horizonte de rentabilidad de 2030
Los datos financieros internos de OpenAI, compartidos con los inversores en el marco de esta ronda, revelan una hoja de ruta tan ambiciosa como vulnerable. La compañía estima que sus ingresos pasarán de los 13.000 millones de dólares registrados el año pasado a unos 30.000 millones al cierre de 2026, con el objetivo de superar los 60.000 millones en 2027. No obstante, el flujo de caja positivo es un espejismo que no se espera alcanzar hasta 2030. Hasta entonces, OpenAI seguirá operando en un escenario de pérdidas controladas, consumiendo el capital captado para financiar una factura de computación que se ha ajustado ligeramente de los 1,4 billones de dólares mencionados inicialmente por Altman a unos 600.000 millones de gasto total en cómputo para el final de la década.
Este ajuste a la baja en las previsiones de gasto responde a la creciente inquietud entre los inversores sobre si el retorno de la inversión justificará las valoraciones actuales. Con 900 millones de usuarios activos semanales en ChatGPT y más de 50 millones de suscriptores de pago, OpenAI tiene una base de consumo masiva, pero el verdadero campo de batalla está en la empresa. La competencia con Anthropic, que recientemente captó 30.000 millones de dólares, se ha recrudecido en el segmento de herramientas de ingeniería y automatización de procesos complejos, donde la fiabilidad del modelo suele pesar más que la notoriedad de la marca.
El papel de la Fundación OpenAI también adquiere una dimensión estratégica en esta nueva etapa. La entidad sin ánimo de lucro posee una participación valorada en más de 180.000 millones de dólares tras esta ronda. Según fuentes próximas a la operación, la fundación planea liquidar hasta 10.000 millones de dólares de su participación en el mercado secundario. Estos fondos se destinarán a actividades de investigación en seguridad, contratación de talento de alto nivel y filantropía, permitiendo a la organización mantener un brazo de influencia ética mientras el brazo comercial acelera hacia una posible salida a bolsa (IPO) que los analistas sitúan ya en el horizonte de finales de este año.
La escala de esta capitalización deja poco margen para la experimentación sin resultados. Al integrar a Nvidia y Amazon como socios estructurales, OpenAI ha blindado su acceso a los dos recursos más críticos del siglo XXI: el silicio y el dato procesado. Sin embargo, al hacerlo, también ha multiplicado la complejidad de sus compromisos corporativos. La empresa debe ahora servir a los intereses de Microsoft, navegar la rivalidad con Amazon y gestionar la dependencia técnica de Nvidia, todo ello mientras intenta mantener el ritmo de innovación necesario para que la promesa de la AGI no se pierda entre las dudas sobre la sostenibilidad del modelo de negocio.
¿Será capaz OpenAI de transformar esta montaña de capital en una ventaja competitiva insalvable, o ha abierto la puerta a una fragmentación de su propia tecnología bajo la presión de sus nuevos socios? Las respuestas empezarán a materializarse a medida que los primeros entornos de ejecución personalizados de Amazon lleguen a manos de los desarrolladores en los próximos meses, marcando el inicio de una era donde el éxito no se medirá por la inteligencia del modelo, sino por la eficiencia de la infraestructura que lo sustenta.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
