Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
SoftBank Group ha cerrado definitivamente una de las mayores operaciones privadas de financiación tecnológica jamás registradas. El conglomerado japonés ha completado el desembolso de su compromiso de inversión de aproximadamente 40.000 millones de dólares en OpenAI, según confirmaron fuentes a CNBC y posteriormente corroboraron Reuters y otros medios especializados. La última transferencia, situada entre 22.000 y 22.500 millones de dólares, se ejecutó la semana pasada y pone fin a meses de preparativos financieros y ajustes estratégicos.
El acuerdo, que eleva la participación de SoftBank hasta alrededor del 11% del capital de OpenAI, se estructuró en varias fases. Incluye una inversión directa inicial de 7.500 millones de dólares y un tramo adicional de 11.000 millones canalizado a través de coinversores sindicados. En conjunto, la operación valora a OpenAI en torno a los 300.000 millones de dólares post-money, aunque una posterior transacción secundaria, cerrada en octubre, situó la referencia más cerca de los 500.000 millones, según datos de PitchBook citados por Reuters.
La magnitud de la cifra plantea una pregunta inevitable en los mercados: ¿qué explica que SoftBank haya concentrado tal volumen de recursos en un único activo, en un contexto de tipos elevados y creciente escrutinio sobre las valoraciones privadas? Parte de la respuesta está en la figura de Masayoshi Son y en su convicción de que la inteligencia artificial se ha convertido en el eje estructural de la próxima fase tecnológica.
Durante los últimos meses, el grupo ha ejecutado una serie de movimientos defensivos y, a la vez, drásticos para asegurar la liquidez necesaria. Entre ellos, la venta completa de su participación valorada en 5.800 millones de dólares en Nvidia, una compañía de la que fue inversor temprano y que se ha convertido en uno de los principales beneficiarios del auge de la computación para IA. A esta desinversión se sumó la reducción de su exposición en otros activos cotizados, incluida una parte significativa de sus acciones en T-Mobile US, además de recortes internos y una ralentización casi total de nuevas operaciones del Vision Fund.
El esfuerzo no se limita a una apuesta financiera puntual. SoftBank ha dejado claro que su objetivo no es solo participar en el desarrollo de modelos de inteligencia artificial, sino también en la construcción de la infraestructura que los hace posibles. En ese marco se inscribe el proyecto Stargate, una iniciativa conjunta de OpenAI con Oracle y otros socios, diseñada para desplegar centros de datos de gran escala en Estados Unidos y, previsiblemente, en otros mercados. El capital recién inyectado servirá, en buena medida, para sostener este tipo de desarrollos, intensivos en energía, hardware especializado y conectividad avanzada.
La propia OpenAI ha asumido compromisos de inversión en infraestructuras que superan los 1,4 billones de dólares a varios años vista, incluyendo acuerdos con fabricantes de chips como Nvidia, AMD y Broadcom. Estas cifras ilustran hasta qué punto la carrera por la IA se ha desplazado del plano puramente algorítmico a una competencia por recursos físicos escasos: capacidad de cómputo, suministro eléctrico estable y ubicaciones estratégicas para centros de datos.
En paralelo al cierre de la operación con OpenAI, SoftBank anunció un acuerdo para adquirir la firma estadounidense de inversión en infraestructuras digitales DigitalBridge por unos 4.000 millones de dólares. Aunque la transacción no se espera que se complete hasta 2026, refuerza la lectura de que el grupo japonés busca controlar capas clave de la cadena de valor, desde el capital hasta los activos físicos que sostienen el crecimiento de la IA.
Para OpenAI, la entrada definitiva de los fondos aporta algo más que músculo financiero. Consolida su posición como uno de los actores centrales del ecosistema global de inteligencia artificial, en un momento en el que competidores y socios industriales están intensificando sus propias inversiones. Microsoft, uno de sus principales respaldos históricos, sigue siendo un pilar estratégico, mientras que en las últimas semanas han surgido informaciones sobre conversaciones para una posible inversión superior a 10.000 millones de dólares por parte de Amazon.
El respaldo no se limita al sector tecnológico tradicional. Disney se incorporó recientemente como accionista mediante una inversión de 1.000 millones de dólares, acompañada de un acuerdo que permite a los usuarios del generador de vídeo Sora crear contenidos con personajes licenciados como Mickey Mouse. El movimiento introduce una dimensión adicional, la de los derechos de propiedad intelectual y el contenido creativo, en el debate sobre la monetización de la IA generativa.
Sin embargo, el contexto no está exento de tensiones. Las valoraciones alcanzadas por OpenAI y otras compañías del sector contrastan con un entorno macroeconómico menos complaciente que en ciclos anteriores. Además, la concentración de poder computacional y de capital en un número reducido de actores plantea interrogantes regulatorios, especialmente en Estados Unidos y la Unión Europea, donde los marcos normativos sobre competencia y uso de datos están en plena revisión.
A corto plazo, el foco estará en cómo OpenAI gestiona una estructura de financiación tan ambiciosa y en qué medida logra traducirla en productos y servicios sostenibles. La compañía, que según diversas informaciones estaría preparando una eventual salida a bolsa, deberá equilibrar la presión por crecer con la necesidad de controlar costes en un negocio donde cada salto de escala implica inversiones multimillonarias.
Para SoftBank, el cierre de esta operación marca un punto de no retorno en su estrategia. Tras años de resultados dispares en su cartera tecnológica, el grupo ha apostado de forma explícita por la inteligencia artificial como vector principal de creación de valor. El tiempo dirá si esta concentración de recursos se convierte en el catalizador de una nueva etapa de crecimiento o en una exposición excesiva a un sector todavía en plena definición.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
