Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
Meta ha decidido incorporar a Dina Powell McCormick como presidenta y vice presidenta del consejo, un movimiento que introduce nuevas capas de lectura sobre el momento que atraviesa el grupo de Mark Zuckerberg. No se trata solo de un refuerzo directivo, sino de una señal sobre el tipo de empresa que Meta está construyendo a medio plazo y sobre las prioridades que empiezan a imponerse frente al relato puramente tecnológico.
Powell McCormick no llega como una figura externa sin contexto previo. Formaba parte del consejo de administración y había participado de forma activa en las discusiones estratégicas vinculadas al desarrollo de inteligencia artificial avanzada. Su salto al equipo ejecutivo coincide con una etapa en la que Meta ya no se define únicamente por plataformas sociales o productos de consumo digital, sino por la ambición de levantar una infraestructura física, energética y financiera de escala global, comparable a la de los grandes operadores industriales.
El propio Mark Zuckerberg ha subrayado que la complejidad de esta nueva fase exige perfiles capaces de operar en varios planos a la vez. No solo tecnología, también capital, relaciones institucionales y ejecución a largo plazo. En ese cruce de caminos se sitúa el nuevo rol de Powell McCormick, con responsabilidad directa sobre la estrategia general y la materialización de inversiones multimillonarias.
Del producto digital a la infraestructura estratégica
Durante años, Meta ha sido analizada principalmente desde la óptica del software, la publicidad digital y la economía de la atención. Ese marco empieza a quedarse corto. El desarrollo de modelos avanzados de IA y lo que la compañía denomina «personal superintelligence» exige centros de datos masivos, acceso estable a energía, acuerdos de conectividad y una planificación financiera que se extiende durante décadas.
La empresa ha comenzado a describirse internamente como un constructor de «modelos físicos y financieros» para la próxima generación de computación. En ese discurso aparece con más fuerza la necesidad de articular alianzas de capital, optimizar grandes despliegues de infraestructura y gestionar impactos económicos en los territorios donde opera. La figura de un presidente con experiencia fuera del ámbito tecnológico clásico encaja en ese giro.
Powell McCormick trabajará de forma directa con los equipos de computación e infraestructura para asegurar que las inversiones, que se cuentan en decenas de miles de millones de dólares, se ejecuten conforme a los objetivos estratégicos. No es un matiz menor. En un contexto de presión regulatoria y escrutinio público sobre el consumo energético de la IA, la ejecución se convierte en un factor tan crítico como la innovación técnica.
Un perfil moldeado en finanzas y poder institucional
La trayectoria de Dina Powell McCormick aporta claves sobre el tipo de liderazgo que Meta busca reforzar. Durante 16 años desarrolló su carrera en Goldman Sachs, donde llegó a ser socia y miembro del comité de dirección. Allí lideró el negocio global de banca de inversión soberana, una posición que implica negociar directamente con gobiernos, fondos soberanos y grandes instituciones financieras.
Ese recorrido incluye iniciativas de desarrollo económico a gran escala como 10,000 Women o 10,000 Small Businesses, programas diseñados para generar crecimiento estructural más allá del corto plazo. Aunque surgieron en el entorno de una gran entidad financiera, estos proyectos introducen una lógica de impacto económico que hoy resulta especialmente relevante para empresas tecnológicas que despliegan infraestructuras físicas en múltiples países.
Su paso por la administración pública añade otra capa. Powell McCormick ha trabajado para dos presidentes de Estados Unidos, primero como asesora senior y subsecretaria de Estado durante el mandato de George W. Bush, y más tarde como asesora adjunta de seguridad nacional bajo Donald J. Trump. En ambos casos, su rol estuvo vinculado a política exterior, seguridad y relaciones estratégicas, un terreno donde las grandes tecnológicas se mueven cada vez con menos distancia.
Más recientemente, ocupó cargos ejecutivos en BDT & MSD Partners, una firma especializada en inversiones de largo plazo y en acompañar a fundadores y familias empresarias. Ese enfoque, menos expuesto al ciclo trimestral, conecta con la necesidad de Meta de sostener proyectos intensivos en capital durante años sin resultados inmediatos.
Capital paciente para una IA intensiva en recursos
Uno de los encargos explícitos de Powell McCormick será explorar nuevas alianzas de capital y fórmulas innovadoras para ampliar la capacidad inversora de Meta. La mención no es retórica. La carrera por la IA avanzada ha disparado los costes de infraestructura hasta niveles que obligan a replantear modelos financieros tradicionales.
Mientras otras tecnológicas han optado por externalizar parte de esa carga o por acuerdos con proveedores de nube, Meta ha mostrado una mayor inclinación por controlar directamente activos críticos. Esa decisión aumenta la autonomía, pero también concentra riesgos financieros y operativos. Contar con una ejecutiva acostumbrada a estructurar inversiones soberanas y acuerdos complejos sugiere que la compañía anticipa escenarios de financiación más sofisticados que el simple uso de caja propia.
También aparece la cuestión del impacto local. Meta afirma querer generar beneficios económicos en las comunidades donde instala centros de datos y sistemas energéticos. Sin embargo, ese objetivo convive con debates abiertos sobre consumo de recursos, fiscalidad y gobernanza tecnológica. La capacidad de Powell McCormick para navegar entre intereses empresariales, institucionales y sociales será puesta a prueba en mercados con regulaciones y sensibilidades muy distintas.
Gobernanza y concentración de poder
El nombramiento introduce igualmente preguntas sobre la estructura de poder interna. Meta sigue siendo una empresa fuertemente controlada por su fundador, gracias a su estructura de acciones con derechos de voto diferenciados. La figura de un presidente no diluye ese control, pero sí puede alterar dinámicas de decisión y ejecución.
A diferencia de otros presidentes corporativos con perfil operativo, el rol asignado a Powell McCormick combina estrategia, capital e interlocución externa. No es una función diseñada para gestionar producto, sino para sostener la arquitectura que permite que esos productos existan. En ese sentido, su peso podría crecer conforme la empresa se parezca menos a una startup de software y más a un operador global de infraestructura digital.
Al mismo tiempo, su pasado político podría atraer atención adicional de reguladores y observadores críticos, especialmente en Europa, donde la relación entre grandes tecnológicas estadounidenses y el poder público se examina con lupa. Meta tendrá que equilibrar la ventaja de contar con ese capital relacional con la necesidad de evitar percepciones de captura o influencia indebida.
Un movimiento que abre más preguntas de las que cierra
La llegada de Dina Powell McCormick al frente de la dirección de Meta no resuelve las incógnitas sobre el futuro de la inteligencia artificial ni sobre la sostenibilidad de su despliegue a gran escala. Más bien las ordena de otro modo. La compañía parece asumir que el próximo campo de batalla no será solo algorítmico, sino financiero, energético y geopolítico.
En ese escenario, el perfil elegido apunta a una Meta que se prepara para negociar de igual a igual con gobiernos, fondos soberanos y grandes actores industriales. Queda por ver cómo encajará ese enfoque con la presión por innovar rápido y con un entorno regulatorio cada vez más fragmentado. La respuesta no llegará de inmediato, pero el nombramiento deja claro que la empresa ya se está posicionando para esa conversación.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
