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El debate en Davos cuestiona una soberanía digital europea basada en exclusiones

El debate en Davos cuestiona una soberanía digital europea basada en exclusiones

  • Capgemini, Ericsson y SAP alertan en Davos del riesgo de que la soberanía tecnológica europea limite su competitividad industrial y digital.
Europa Tecnología

La estrategia europea para reforzar su soberanía tecnológica ha vuelto al centro del debate en Davos. Durante el Foro Económico Mundial, directivos de empresas como Capgemini, Ericsson y SAP advirtieron que una aproximación excesivamente proteccionista podría tener efectos contraproducentes sobre la competitividad de la industria europea.

Aiman Ezzat, consejero delegado de Capgemini, fue directo: «Tenemos que tener cuidado con el discurso sobre la soberanía». En su intervención, citó el informe de Mario Draghi sobre la competitividad de la Unión Europea, publicado en 2024, que vincula el estancamiento de la productividad con una adopción tecnológica más lenta en comparación con otras regiones. Para Ezzat, imponer barreras regulatorias en nombre de la soberanía digital puede ralentizar aún más esa adopción y agravar la pérdida de competitividad industrial.

El argumento no es nuevo, pero sí adquiere un matiz distinto en un momento en que Bruselas impulsa iniciativas como la Ley de Datos o el Reglamento de Ciberresiliencia, que buscan reforzar el control europeo sobre infraestructuras críticas y flujos de información. La tensión aparece cuando ese control implica excluir proveedores estadounidenses, especialmente en sectores como la nube, la inteligencia artificial o las telecomunicaciones.

Börje Ekholm, CEO de Ericsson, calificó como «peligrosas» las discusiones actuales sobre soberanía tecnológica. En una entrevista con Bloomberg durante el mismo foro, advirtió que los intentos de construir alternativas europeas a las tecnologías estadounidenses podrían traducirse en precios más altos y menor velocidad de adopción. La cuestión no es solo económica: también afecta a la capacidad de las empresas europeas para competir globalmente.

Pese a las advertencias, nadie niega que existe una dependencia estructural. Ezzat reconoció que Europa arrastra una «enorme dependencia» de proveedores estadounidenses, especialmente en servicios en la nube. Según datos de Synergy Research, los operadores europeos apenas representan el 15% del mercado cloud en Europa. Un déficit que, según el directivo, se explica por la falta de inversión en la década de 2010. «No invertimos lo suficientemente pronto como para crear un proveedor europeo de nube», lamentó.

La solución, para Ezzat, no pasa por una ruptura total, sino por una estrategia más matizada. «La soberanía no es un concepto monolítico. No es que la tengamos o no la tengamos», dijo. En su opinión, Europa ya tiene capacidad para garantizar soberanía en capas como los datos, la operación o el cumplimiento normativo. La capa tecnológica, sin embargo, exige compromisos. «Vamos a tener que aceptar ciertas dependencias mientras intentamos construir nuestra propia pila tecnológica en algunas áreas», afirmó.

Esa visión por capas fue compartida por otros participantes en el panel. Mati Staniszewski, CEO de la startup polaca ElevenLabs, desglosó la soberanía tecnológica en componentes como la energía, la capacidad de cómputo, los modelos fundacionales de IA y las aplicaciones que se construyen sobre ellos. A su juicio, tiene sentido que Europa colabore con proveedores globales en los modelos base, mientras se concentra en desarrollar aplicaciones y soluciones propias en niveles superiores de la pila.

Christian Klein, CEO de SAP, introdujo un matiz adicional: el componente emocional del debate. «En Europa, la soberanía puede ser un tema muy emocional —quizá demasiado», apuntó. Para Klein, cierta dependencia de hardware estadounidense es inevitable, pero no necesariamente problemática si existe capacidad de sustitución. En cambio, considera más crítico el control sobre los datos. «Puedo migrar cualquier ERP de una infraestructura a otra en cuatro semanas. No puedo hacer lo mismo con un cliente que utiliza software de cadena de suministro para fabricación crítica», explicó.

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Las declaraciones de Davos reflejan una preocupación compartida: el riesgo de que el impulso por la autonomía tecnológica derive en una fragmentación que, lejos de fortalecer a Europa, la aísle tecnológicamente. El dilema no es nuevo, pero sí más urgente. La Comisión Europea ha intensificado en los últimos años su agenda digital con iniciativas como Gaia-X, el European Chips Act o el Espacio Europeo de Datos de Salud. Sin embargo, muchas de estas propuestas avanzan con lentitud o enfrentan dificultades de coordinación entre Estados miembros.

El debate sobre la soberanía digital europea no se limita a una cuestión de proveedores o infraestructuras. También plantea interrogantes sobre el modelo de innovación que Europa quiere —y puede— construir. La presión por reducir dependencias convive con la necesidad de mantener el acceso a tecnologías punteras, muchas de ellas desarrolladas fuera del continente. En ese equilibrio, los márgenes de maniobra son estrechos.

La incógnita, por ahora, no es si Europa debe aspirar a una mayor soberanía tecnológica, sino cómo hacerlo sin comprometer su capacidad de competir en un entorno global cada vez más interdependiente.

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