Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
La inteligencia artificial ha dejado de ocupar un espacio experimental dentro de las empresas para situarse en el centro de las decisiones estratégicas. La cuestión ya no es si invertir, sino quién dirige esa inversión, con qué ambición y bajo qué criterios de gobernanza. Esa es la lectura que se desprende de la tercera edición de BCG AI Radar, el informe elaborado por Boston Consulting Group que analiza cómo las organizaciones están incorporando la IA como prioridad estructural de largo plazo.
Los datos apuntan a una aceleración clara. Las compañías prevén duplicar su gasto en inteligencia artificial en 2026 hasta situarlo, de media, en torno al 1,7% de sus ingresos. El salto es relevante no solo por el volumen, sino por su significado: la IA pasa a tratarse como una inversión transversal, comparable a otras palancas históricas de competitividad, y no como una iniciativa confinada a IT o innovación. En paralelo, el crecimiento esperado para 2026 más que duplica el previsto para 2025, lo que refuerza la idea de que el ciclo no se está moderando pese al contexto económico incierto.
“A pesar de la incertidumbre económica, este aumento previsto del gasto refleja la prioridad que ha adquirido la IA en el mundo empresarial”, señala Christoph Schweizer, CEO global de BCG y coautor del estudio. En su lectura, la tecnología está reconfigurando la estrategia y las operaciones de forma transversal, con un cambio especialmente visible en la cúpula directiva. Casi tres cuartas partes de los primeros ejecutivos afirman ser ya los principales responsables de las decisiones en materia de IA, y la mitad reconoce que su propio desempeño profesional está ligado al éxito de estas iniciativas.
El estudio se apoya en una encuesta a 2.360 ejecutivos de 16 países y 10 sectores, incluidos 640 CEOs. A partir de sus respuestas, BCG identifica tres grandes arquetipos en la alta dirección. Los denominados “followers”, un 15% del total, asumen el valor potencial de la IA, pero avanzan con inversiones tempranas y prudentes. Los “pragmatists”, que concentran el 70%, priorizan casos de uso con retorno demostrado y riesgos controlados. Frente a ellos, los “trailblazers”, otro 15%, impulsan transformaciones más profundas mediante inversiones más agresivas, una rápida mejora de capacidades internas y una elevada confianza en el retorno de la IA.
Las diferencias no son solo declarativas. Se reflejan en la asignación de capital y en la forma de ejecutar. Los CEOs considerados pioneros destinan alrededor del 60% de sus presupuestos de IA a la mejora de competencias y al reskilling de la plantilla. En los perfiles pragmáticos, esa proporción cae al 27%, y entre los seguidores al 24%. También lideran la adopción de agentes de IA, concentrando más de la mitad de su inversión prevista para 2026 en este ámbito y siendo más del doble de propensos que los seguidores a desplegar agentes de extremo a extremo en procesos críticos del negocio.
España se inserta en este mapa con un perfil marcadamente pragmático. El 81% de las organizaciones españolas encaja en este arquetipo, frente a un 3% de pioneros y un 16% de seguidores. La fotografía describe una aproximación cauta, pero progresivamente más estructurada, apoyada en una mayor implicación de los equipos directivos y en un ecosistema digital que ha ganado madurez en los últimos años. No obstante, la escasez relativa de perfiles pioneros plantea interrogantes sobre la velocidad a la que las empresas españolas podrán capturar ventajas diferenciales frente a competidores más agresivos.
“España cuenta con los activos necesarios para avanzar en inteligencia artificial, desde talento cualificado hasta una base empresarial cada vez más consciente de su potencial”, apunta Alfonso Abella, Managing Director & Senior Partner de BCG y responsable de Deep Customer Engagement AI. En su análisis, el reto no reside tanto en decidir si invertir, sino en hacerlo con ambición, foco y disciplina suficientes para escalar el impacto. La creación de capacidades sostenibles, más allá de la mera experimentación tecnológica, aparece como la condición necesaria para transformar funciones críticas del negocio y generar una ventaja competitiva real.
El compromiso a largo plazo se refleja también en la tolerancia al corto plazo. El 94% de las organizaciones encuestadas planea mantener o aumentar sus inversiones en IA incluso si estas no generan el impacto financiero esperado en los próximos doce meses. Dentro de este grupo, el 70% optaría por ajustar el rumbo mediante cambios estratégicos, y un 24% contempla reforzar recursos internos o recurrir a equipos externos especializados. Solo un 6% se plantea reducir o retirar la inversión si los resultados iniciales no cumplen las expectativas, un dato que subraya la percepción de la IA como apuesta estructural más que coyuntural.
Las diferencias regionales añaden matices relevantes. La confianza en el retorno de la IA es sensiblemente mayor en Asia que en Occidente. Aproximadamente el 75% de los CEOs en India y China confía en que la IA generará retornos claros, frente al 44% en Reino Unido, el 52% en Estados Unidos y el 61% en Europa. En este último bloque, la inversión responde con mayor frecuencia a la presión competitiva o al temor a quedarse atrás, más que a una convicción plena sobre el retorno inmediato.
Por sectores, la tendencia es común, aunque con intensidades distintas. Servicios financieros y tecnología lideran la inversión, con niveles equivalentes al 2% y 2,1% de sus ingresos, respectivamente. En contraste, industrias como la manufactura o el inmobiliario avanzan de forma más gradual, con ratios en torno al 0,8%. Estas diferencias reflejan tanto la naturaleza de los procesos como la facilidad para capturar valor a corto plazo mediante automatización, análisis avanzado o nuevos modelos de servicio.
El auge de la implicación directa del CEO es otro de los ejes del informe. El 72% de los primeros ejecutivos se identifica ahora como principal responsable de las decisiones sobre IA, el doble que hace un año. Aunque la mitad admite que su posición podría verse comprometida si la IA no genera resultados visibles, el nivel de confianza ha aumentado. Cuatro de cada cinco CEOs se declaran más optimistas respecto al retorno que hace doce meses, una evolución vinculada en gran medida a la rápida madurez de la IA agéntica.
Esa confianza se traduce en cifras. Cerca del 90% de los CEOs cree que los agentes de IA permitirán obtener retornos cuantificables ya en 2026, lo que explica que más del 30% de la inversión en IA prevista para este año se esté destinando a este ámbito. La expectativa es que estos sistemas, capaces de operar de extremo a extremo en procesos complejos, actúen como catalizador de productividad y como prueba tangible del valor económico de la IA.
Queda, sin embargo, una cuestión abierta. A medida que la inteligencia artificial se consolida como prioridad estratégica de largo plazo y el CEO asume un papel central en su impulso y gobernanza, la diferencia entre experimentar y transformar se vuelve más evidente. La capacidad de traducir inversión, talento y tecnología en cambios operativos sostenidos será, previsiblemente, el factor que determine quién lidera y quién sigue en la próxima fase de adopción empresarial de la IA.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
