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El ‘internet de los cuerpos’ redefine la salud digital

El ‘internet de los cuerpos’ redefine la salud digital

  • El 'Internet de los Cuerpos' plantea una nueva etapa en la evolución digital, conectando el cuerpo humano a la red mediante sensores biomédicos implantables.
Internet de los Cuerpos

En 1966, la película Viaje Alucinante imaginaba una nave microscópica navegando por el cuerpo humano. Más de medio siglo después, esa fantasía cinematográfica empieza a parecer menos remota. La idea de sensores diminutos que se introducen en el cuerpo humano para conectarlo directamente a internet está dejando de ser ciencia ficción. Algunos investigadores ya lo llaman el Internet de los Cuerpos.

Este concepto, aún incipiente, se perfila como la tercera gran etapa en la evolución de la red: tras conectar ordenadores primero y objetos cotidianos después, el siguiente paso sería integrar directamente al ser humano. Según los expertos reunidos en la conferencia Prototypes for Humanity, celebrada recientemente en Dubái, la tecnología necesaria para ello está alcanzando un punto de madurez técnica. Las implicaciones, tanto para la medicina como para la industria y la sociedad, son difíciles de exagerar.

Más allá de las ponencias y los debates teóricos, encuentros como Prototypes for Humanity están funcionando como un observatorio adelantado de hacia dónde se desplaza la investigación aplicada. El programa, impulsado por la Dubai Future Foundation junto a universidades y actores industriales, reúne proyectos que todavía no han llegado al mercado, pero que ya han superado la fase experimental más básica. No se trata tanto de anunciar productos como de comprobar qué líneas de investigación empiezan a atraer capital, alianzas regulatorias y validación en entornos reales.

A diferencia del internet de las cosas, que recopila datos desde el entorno, el Internet de los Cuerposse centra en el cuerpo humano. Sensores implantables o ingeribles podrían monitorizar constantes vitales, detectar enfermedades en fases tempranas o incluso anticipar crisis médicas antes de que se manifiesten. El potencial para la prevención es enorme. En lugar de tratar enfermedades una vez desarrolladas, se podrían evitar con ajustes personalizados en la dieta, el ejercicio o el estilo de vida.

Sin embargo, esta visión también despierta inquietudes. La posibilidad de que los cuerpos humanos se conviertan en nodos conectados plantea desafíos éticos, regulatorios y de seguridad. Como señala el autor del artículo publicado en Fast Company, algunos magnates tecnológicos sueñan con la inmortalidad digital, mientras que los expertos en ciberseguridad advierten de un nuevo tipo de amenaza: el hackeo del cuerpo humano.

La medicina personalizada, impulsada por inteligencia artificial y datos biométricos en tiempo real, podría reducir costes sanitarios y aumentar la eficacia de los tratamientos. Pero también podría abrir la puerta a nuevas formas de vigilancia o discriminación, especialmente si los datos de salud caen en manos de aseguradoras, empleadores o gobiernos sin garantías suficientes.

En paralelo, surgen tensiones sobre la propiedad de los datos corporales. ¿A quién pertenecen los datos generados por un sensor implantado en el corazón? ¿Al paciente, al fabricante del dispositivo o al proveedor de servicios digitales? La legislación actual, centrada en la protección de datos personales, aún no ofrece respuestas claras para este nuevo escenario.

La Comisión Europea ha comenzado a abordar estas cuestiones en el marco de su Estrategia Europea de Datos y la propuesta de Reglamento de Espacios Europeos de Datos Sanitarios. No obstante, el ritmo de avance tecnológico supera con frecuencia la capacidad normativa. En España, el Ministerio de Sanidad ha iniciado consultas sobre el uso de tecnologías emergentes en salud, pero el debate sobre el Internet de los Cuerpos aún no ha llegado al centro de la agenda pública.

Desde un punto de vista empresarial, el mercado de dispositivos biomédicos conectados se encuentra en plena expansión. Empresas como Abbott, Medtronic o Dexcom ya comercializan sensores subcutáneos para monitorizar glucosa o actividad cardíaca. La diferencia es que ahora se plantea una integración más profunda, continua y automatizada con plataformas digitales.

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En contraste con los wearables tradicionales, que el usuario puede quitarse, los dispositivos del Internet de los Cuerpos estarían diseñados para permanecer en el cuerpo durante largos periodos. Esto plantea retos técnicos —como la biocompatibilidad o la duración de las baterías— pero también psicológicos: aceptar que parte del cuerpo esté permanentemente conectada a la red no es trivial.

El debate sobre esta tecnología no se limita a la medicina. También afecta a la identidad humana, la privacidad y el control sobre el propio cuerpo. En última instancia, lo que está en juego es la frontera entre lo biológico y lo digital. Y esa frontera, como ocurre con frecuencia en la historia de la tecnología, no es fija ni neutral.

A corto plazo, los avances más tangibles se verán en la gestión de enfermedades crónicas, la rehabilitación y la mejora de la calidad de vida de pacientes con patologías complejas. A medio plazo, podrían aparecer aplicaciones en salud mental, neurociencia o incluso en la interacción hombre-máquina. A largo plazo, el escenario es más incierto. Lo que hoy parece una promesa médica podría convertirse en una infraestructura invisible que reconfigure la relación entre el ser humano y la tecnología.

La cuestión no es solo si es posible, sino cómo, para qué y bajo qué condiciones. Y en ese debate, la voz de los profesionales sanitarios, los reguladores y la ciudadanía será tan relevante como la de los ingenieros.

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