SpaceX ha solicitado a la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos (FCC) autorización para desplegar una constelación de hasta un millón de centros de datos alimentados por energía solar en órbita terrestre baja. La petición, presentada el pasado viernes, describe una red de satélites interconectados mediante enlaces láser, concebida como una infraestructura alternativa a los centros de datos terrestres, cuyo impacto ambiental y consumo energético han generado creciente oposición en diversas comunidades.
La propuesta, recogida por The Verge, se presenta en términos ambiciosos, incluso especulativos, al describir el proyecto como un paso hacia una civilización de tipo II en la escala de Kardashev, una clasificación teórica que mide el grado de aprovechamiento energético de una civilización. Más allá del lenguaje visionario, el documento se enmarca en una estrategia habitual de SpaceX: solicitar permisos para volúmenes muy superiores a los que finalmente se despliegan, como punto de partida para la negociación regulatoria.
En la práctica, incluso una fracción mínima de ese millón de satélites supondría una alteración significativa del entorno orbital. Actualmente, según estimaciones de la Agencia Espacial Europea, hay unos 15.000 satélites activos alrededor de la Tierra, de los cuales más de 9.600 pertenecen a la red Starlink, también operada por SpaceX. La escala del nuevo proyecto duplicaría con creces esa cifra, intensificando los temores sobre la congestión orbital y el aumento del riesgo de colisiones.
La compañía, sin embargo, plantea que los centros de datos orbitales podrían ofrecer ventajas estructurales frente a los terrestres. Entre ellas, la posibilidad de disipar el calor directamente en el vacío espacial, evitando el uso intensivo de agua para refrigeración, y el aprovechamiento casi exclusivo de energía solar en tiempo real, con apoyo de baterías de respaldo. Esta arquitectura energética, según SpaceX, reduciría la presión sobre las redes eléctricas locales y mitigaría el impacto ambiental asociado al crecimiento exponencial de la demanda de cómputo, especialmente por parte de los modelos de inteligencia artificial generativa.
En paralelo, la resistencia social a los centros de datos físicos ha ido en aumento. En Estados Unidos y Europa, comunidades locales han logrado frenar o condicionar la construcción de nuevas instalaciones, citando preocupaciones sobre el consumo de recursos, la contaminación acústica y el uso del suelo. Este contexto ha empujado a grandes actores tecnológicos a explorar ubicaciones remotas o soluciones no convencionales. El espacio, en ese sentido, representa un territorio sin oposición vecinal, aunque no exento de desafíos técnicos y regulatorios.
La propuesta también plantea interrogantes sobre la gobernanza del espacio y la sostenibilidad a largo plazo de una infraestructura orbital masiva. La gestión del tráfico satelital, la prevención de residuos espaciales y la coordinación internacional son aspectos aún poco resueltos, especialmente cuando se trata de iniciativas privadas a gran escala. La FCC, por su parte, ha mostrado en ocasiones anteriores reticencias a aprobar despliegues de magnitud desproporcionada, aunque ha autorizado progresivamente los planes de Starlink, que ya opera miles de satélites en banda ancha.
No está claro cuántos de los satélites propuestos llegarían realmente a lanzarse. La cifra de un millón parece más una declaración de intenciones que un objetivo inmediato. Pero incluso una red de decenas de miles de nodos orbitales supondría un cambio de paradigma en la arquitectura de los centros de datos. La latencia, la resiliencia frente a catástrofes terrestres y la independencia energética son factores que podrían hacer atractiva esta opción para ciertos usos críticos o distribuidos.
El proyecto también se inscribe en una tendencia más amplia: la convergencia entre infraestructura espacial y servicios digitales. Empresas como Amazon, Microsoft y Google han intensificado sus inversiones en conectividad satelital, edge computing y soluciones híbridas que combinan nube y órbita. En este contexto, la propuesta de SpaceX no solo amplía su control sobre el entorno orbital, sino que refuerza su papel como proveedor de infraestructura digital global, más allá del acceso a internet.
El documento presentado a la FCC no detalla plazos, costes ni socios tecnológicos, aunque el uso de enlaces láser sugiere una continuidad con la arquitectura de Starlink V2. Tampoco aborda explícitamente cómo se gestionaría el mantenimiento, la actualización o la retirada de estos centros de datos orbitales, aspectos clave en un entorno donde la obsolescencia y la acumulación de residuos pueden generar efectos acumulativos difíciles de revertir.
En cualquier caso, la propuesta anticipa un escenario en el que la computación se desliga físicamente del territorio, desplazándose a una órbita donde las restricciones energéticas, normativas y sociales son distintas. No necesariamente menores, pero sí diferentes. La respuesta de la FCC, y la reacción de otros reguladores internacionales, marcarán los límites de lo que hoy sigue siendo, en parte, una hipótesis de ingeniería.
