Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
La escala de la inteligencia artificial generativa ha dejado de medirse en parámetros puramente algorítmicos para entrar en una fase de contabilidad industrial sin precedentes. OpenAI, el laboratorio de IA que lideró el despliegue comercial de los modelos grandes de lenguaje, se encuentra actualmente en conversaciones para levantar una ronda de financiación de hasta 100.000 millones de dólares. La operación, que podría situar la valoración de la compañía en el entorno de los 750.000 millones según ha adelantado The New York Times, plantea una pregunta que trasciende lo financiero: ¿es el modelo de negocio de la IA una estructura capaz de sostenerse por sí misma o estamos ante un pozo de capital que requiere alimentación constante para no colapsar?
La cifra que se baraja no responde a una simple ambición de mercado. Detrás de los 100.000 millones subyace una realidad operativa descrita por analistas y fuentes cercanas al proceso: OpenAI es, a día de hoy, una empresa no rentable. Pese a haber alcanzado unos ingresos de 13.000 millones de dólares en 2025, sus costes operativos son masivos. Solo entre 2025 y 2029, la firma prevé un gasto de 115.000 millones de dólares, destinados principalmente a la potencia computacional necesaria para entrenar y, sobre todo, ejecutar sus modelos. En este escenario, el flujo de caja positivo parece una meta lejana frente a la urgencia de asegurar el suministro de chips de alto rendimiento.
El tablero de las lealtades cruzadas
La entrada de Amazon en la negociación introduce una variable que altera el equilibrio de poder en Silicon Valley. La compañía dirigida por Andy Jassy estudia una inversión de hasta 50.000 millones de dólares, una cifra que elevaría la valoración total de OpenAI hasta los 830.000 millones. Sin embargo, este movimiento no ocurre en el vacío. Amazon es el principal socio y soporte de Anthropic, el competidor más directo de OpenAI, a través de su división de servicios en la nube AWS.
Esta dualidad estratégica refleja una tendencia creciente en el sector tecnológico: la inversión como método de contención de riesgos. Amazon, que ha comprometido más de 8.000 millones en Anthropic y ha construido infraestructuras específicas para sus modelos Claude, busca ahora una posición de control en la arquitectura de Sam Altman. La coexistencia de ambas apuestas sugiere que los gigantes de la nube no están dispuestos a quedar vinculados a un único proveedor de modelos fundacionales, aunque ello implique financiar a dos rivales que compiten por el mismo segmento de clientes corporativos.
Microsoft, que hasta ahora ha sido el aliado preferente de OpenAI con una inversión superior a los 13.000 millones, observa este ensanchamiento del accionariado con una mezcla de necesidad y cautela. Su integración de los modelos GPT en Azure y Office le ha otorgado una ventaja competitiva temprana, pero también ha colocado a la empresa bajo el radar de los reguladores antimonopolio en Europa y Estados Unidos. La llegada de nuevos inversores como Amazon, Nvidia, SoftBank y fondos soberanos de Oriente Medio podría diluir la influencia de Microsoft, ofreciendo a OpenAI una autonomía financiera que hasta ahora no poseía.
La brecha entre ingresos y gastos operativos
La viabilidad de esta estructura financiera ha sido puesta en duda por informes recientes. Un análisis del think tank Epoch AI sobre el ciclo de vida del «paquete GPT-5», que incluye todos los productos de OpenAI disponibles durante el periodo de vida de GPT-5 como modelo insignia: GPT-5, GPT-5.1, GPT-4o, ChatGPT y su API, subraya una tensión estructural preocupante: la velocidad a la que los modelos quedan obsoletos impide, en muchos casos, recuperar los costes de desarrollo antes de que sea necesario invertir en la siguiente generación. Según el estudio aunque los márgenes brutos sobre el coste de inferencia pueden situarse en el 48 %, el gasto en personal, marketing y administración neutraliza cualquier beneficio neto.
El mayor gasto identificado es el cómputo de inferencia, que se estima en 3.200 millones de dólares para el ciclo actual, seguido de una masa salarial de 1.200 millones para atraer y retener talento especializado. Estos datos refuerzan la tesis de analistas como Scott Bickley, de Info-Tech Research Group, quien sostiene que OpenAI está intentando hacerse demasiado grande para caer. La estrategia consiste en expandir la infraestructura hasta un punto en el que su desaparición sea sistémicamente inasumible para sus socios tecnológicos y los mercados globales.
Geopolítica y soberanía tecnológica
El interés de los fondos soberanos del Golfo, particularmente de Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, añade una dimensión geopolítica a la ronda de financiación. Para estos actores, la inversión en OpenAI no es solo una búsqueda de retorno financiero, sino una pieza clave en su transición económica post-petróleo. Emiratos ya ha demostrado su capacidad de desarrollo propio con el modelo Falcon, pero el acceso al núcleo de OpenAI les garantiza una posición en la vanguardia de la IA que difícilmente podrían replicar de forma aislada.
Esta apertura a capital estatal no occidental introduce, sin embargo, nuevas capas de fricción regulatoria. La transferencia de capacidades estratégicas en inteligencia artificial es un asunto de seguridad nacional en Washington, lo que podría condicionar la estructura final de la ronda o imponer limitaciones a la gobernanza de la compañía. La arquitectura híbrida de OpenAI —una fundación sin ánimo de lucro que controla una entidad limitada con fines lucrativos— ya es objeto de críticas por su opacidad, y una mayor fragmentación del capital podría complicar aún más la toma de decisiones estratégicas.
La incógnita de la rentabilidad a escala
A diferencia de los ciclos de software anteriores, donde los costes marginales tendían a cero una vez desarrollado el producto, la IA generativa mantiene costes operativos elevados y persistentes. Cada consulta en ChatGPT o cada integración vía API consume recursos eléctricos y computacionales tangibles. Si el ritmo de monetización a través de suscripciones y licencias no acelera drásticamente, la dependencia del capital externo será permanente.
OpenAI ha proyectado compromisos de inversión en infraestructura que ascienden a 1,4 billones de dólares a largo plazo. Esta cifra, que parece extraída de una planificación estatal más que corporativa, ilustra el cambio de paradigma. La ventaja competitiva ya no reside solo en el código, sino en la capacidad de asegurar gigavatios de energía y millones de unidades de procesamiento gráfico. Quien controle la infraestructura controlará el desarrollo de la inteligencia artificial.
El proceso de negociación para esta nueva ronda de financiación sigue abierto y podría culminar en estructuras mixtas de capital y crédito, o incluso en acuerdos de acceso preferente a futuros modelos. Lo que es innegable es que la industria ha entrado en una fase de consolidación financiera donde solo los actores con balances masivos o acceso a fondos soberanos pueden participar. La duda que persiste es si el mercado podrá absorber la producción de estos modelos a un precio que justifique tales inversiones o si, por el contrario, nos encontramos ante una burbuja de infraestructuras cuyo retorno tardará décadas en materializarse.
El horizonte de una salida a bolsa, que OpenAI estudia para finales de 2026, podría ser la válvula de escape necesaria para ofrecer liquidez a los inversores iniciales y democratizar el riesgo. Pero también sometería a la empresa a un escrutinio público de sus métricas de rentabilidad que, hasta ahora, ha logrado gestionar en la esfera privada. El desenlace de esta ronda marcará no solo el futuro de OpenAI, sino la velocidad y la forma en que la inteligencia artificial se integrará en el tejido empresarial global.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
