Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
La ambición tiene un precio, y en el sector de la inteligencia artificial, ese precio suele medirse en gigavatios y miles de millones de dólares. El anuncio realizado el pasado septiembre sobre un acuerdo de 100.000 millones de dólares entre Nvidia y OpenAI parecía consolidar un eje de poder inalcanzable para la competencia. Sin embargo, la realidad de las negociaciones en Santa Clara sugiere que el proyecto de construir 10 gigavatios de potencia de cómputo ha entrado en una fase de revisión crítica. Lo que se presentó como el mayor proyecto de computación de la historia es ahora un recordatorio de la distancia que separa un memorando de entendimiento de un contrato vinculante.
La parálisis de este acuerdo llega en un momento donde la arquitectura financiera de OpenAI está bajo el microscopio. Según adelanta The Wall Street Journal, Jensen Huang, consejero delegado de Nvidia, ha enfriado las expectativas sobre la finalización del pacto original en conversaciones privadas. Esta cautela no responde a una falta de capacidad técnica, sino a dudas crecientes sobre la disciplina operativa de la compañía dirigida por Sam Altman y la solidez de su posición frente a rivales que avanzan con estructuras más integradas.
El dilema estratégico de los semiconductores
Para el ecosistema tecnológico en España y Europa, este movimiento es sintomático de un cambio de ciclo. La dependencia mutua entre el diseñador de chips y el creador de ChatGPT se enfrenta a la erosión de las certezas. Por un lado, Nvidia necesita que OpenAI mantenga su liderazgo para asegurar la demanda de sus GPU; por otro, la diversificación de OpenAI hacia otros proveedores y el desarrollo de chips propios por parte de gigantes como Google (con sus TPU) o Amazon plantean un escenario de competencia que Nvidia no puede ignorar.
La tensión se agrava al observar el balance de OpenAI. Con compromisos de gasto en computación que rozan los 1,4 billones de dólares, la cifra multiplica exponencialmente sus ingresos actuales. Este desequilibrio ha generado cierto nerviosismo en los mercados, traduciéndose en ventas selectivas de valores tecnológicos vinculados a la startup. En este contexto, la entrada de Nvidia en una posible ronda de financiación mediante inversión en capital, en lugar de un compromiso de infraestructura masiva, sugiere una búsqueda de seguridad. Nvidia prefiere ser accionista de un gigante en proceso de salida a bolsa que avalista de una infraestructura cuya rentabilidad a largo plazo ofrece claroscuros.
Competencia y presión operativa
El mercado de la IA ya no es una carrera de un solo corredor. La irrupción de Anthropic, que recientemente recibió una promesa de inversión de 10.000 millones de dólares por parte de la propia Nvidia, añade una capa de complejidad. Anthropic utiliza de forma intensiva chips diseñados por Amazon y Google, lo que representa una amenaza directa al dominio de las tarjetas gráficas de Nvidia. Si OpenAI perdiera tracción frente a modelos como Claude o Gemini, el golpe para Nvidia sería doble: perdería a su cliente principal y vería cómo arquitecturas de chips alternativas ganan la batalla de la eficiencia.
Las críticas internas en Nvidia apuntan a una supuesta falta de rigor en el enfoque de negocio de OpenAI. Mientras que la empresa de Sam Altman ha acelerado su expansión mediante anuncios de gran impacto, la ejecución técnica de estos acuerdos requiere una precisión que parece haber chocado con la realidad operativa de los centros de datos. Levantar 10 gigavatios de potencia no es solo una cuestión de dinero; es un desafío energético y logístico que pocos en el planeta pueden gestionar simultáneamente.
Incertidumbres en la hoja de ruta hacia 2026
La dirección de OpenAI ha restado importancia a las dudas, señalando que los compromisos totales son menores si se descuentan los solapamientos entre acuerdos y que la ejecución se dilatará en el tiempo. Aun así, la compañía se encuentra en una carrera contrarreloj para estabilizar su infraestructura antes de su proyectada salida a bolsa a finales de 2026. El estancamiento del pacto con Nvidia es un revés que obliga a repensar cómo se financiará el entrenamiento de los próximos modelos de lenguaje.
La relación, no obstante, dista mucho de estar rota. Ambas firmas mantienen una colaboración estrecha que ha sido el motor de los avances más significativos en IA generativa de la última década. El ajuste actual parece ser más un ejercicio de realismo financiero que un divorcio estratégico. Nvidia ha dejado claro en sus comunicaciones regulatorias que no hay garantías de que se alcancen acuerdos definitivos, una cláusula de salvaguarda que ahora cobra todo su sentido ante la volatilidad del sector.
Un nuevo equilibrio de fuerzas
La industria observa ahora si este enfriamiento es un caso aislado o el inicio de una tendencia de mayor prudencia entre los proveedores de infraestructura. La capacidad de OpenAI para transformar sus compromisos en ingresos reales determinará si el mercado de semiconductores sigue valorando a la compañía como el estándar de la industria o si el poder comienza a desplazarse hacia aquellos que controlan toda la cadena, desde el diseño del silicio hasta la aplicación final.
Queda por ver cómo reaccionará el ecosistema de centros de datos y proveedores de energía ante la posibilidad de que los proyectos de escala masiva se fragmenten en iniciativas más modestas y controlables. La incógnita no es solo si se construirán esos 10 gigavatios, sino quién estará dispuesto a firmar las garantías financieras en un entorno donde el liderazgo tecnológico se disputa semana a semana.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
