La modernización tecnológica ha dejado de ser un vector de crecimiento opcional para convertirse en una condición de continuidad. En 2026, el desafío compartido por la mayoría de las organizaciones no pasa tanto por experimentar con nuevas tecnologías como por estabilizar sus entornos operativos en un contexto de mayor presión, más dependencia digital y menor tolerancia al fallo. La pregunta ya no es qué adoptar, sino cómo hacerlo sin comprometer el negocio en el proceso.
Sectores como telecomunicaciones, retail y servicios financieros concentran buena parte de esta tensión. Todos ellos operan infraestructuras críticas, con elevados volúmenes transaccionales y expectativas crecientes por parte de clientes y reguladores. Al mismo tiempo, arrastran arquitecturas heredadas que dificultan la escalabilidad y elevan el riesgo operativo. El resultado es un aumento de las interrupciones, una mayor exposición técnica y una aceleración de los planes de transformación, no siempre acompañada de la capacidad real para llevarlos a producción.

En este escenario, la inteligencia artificial, la modernización del core tecnológico y las estrategias de nube han pasado a desempeñar un papel estructural en la resiliencia empresarial. Así lo recoge el Kyndryl Readiness Report 2025, que analiza el grado de preparación de las organizaciones para operar en entornos complejos y altamente digitalizados. El informe apunta a un cambio de foco claro: del piloto al sistema productivo, del experimento al activo crítico.
Uno de los fenómenos que gana peso en este tránsito es el auge de las superapps. Plataformas capaces de concentrar pagos, comercio electrónico, mensajería y servicios financieros en un único entorno operativo están consolidándose como palanca de crecimiento y fidelización, especialmente en telecomunicaciones y retail. Sin embargo, su despliegue exige una base tecnológica estable, integrable y segura. La promesa de eficiencia convive con una complejidad técnica considerable.
Telecomunicaciones: más inversión, mismas fricciones estructurales
El sector de las telecomunicaciones parte de una mayor madurez tecnológica relativa, pero esa ventaja no se traduce automáticamente en estabilidad. La presión sobre las redes, la virtualización acelerada y la proliferación de servicios digitales han incrementado la fragilidad operativa. Según el informe, el 88% de los operadores sufrió interrupciones graves en el último año, una cifra que cuestiona la capacidad de absorción de los entornos actuales.
La inversión en inteligencia artificial creció un 41%, el mayor incremento entre todas las industrias analizadas. La IA se aplica a la gestión de redes, la automatización de operaciones y la atención al cliente. Sin embargo, el dato más revelador es otro: el 71% de las compañías no logra escalar sus proyectos piloto a entornos productivos. La brecha entre innovación y ejecución sigue abierta.
El problema no reside únicamente en la tecnología. La convivencia de sistemas legacy, arquitecturas híbridas y modelos operativos fragmentados limita la capacidad de estandarización. La superapp aparece como una oportunidad de consolidación, pero también como un stress test para infraestructuras que ya operan al límite. Más inversión no siempre implica menos riesgo.
Retail: optimizar después de crecer
Tras años de expansión digital acelerada, el retail entra en una fase distinta. La prioridad ya no es sumar canales o funcionalidades, sino integrar, simplificar y ganar eficiencia operativa. A diferencia de otros sectores, es uno de los menos afectados por interrupciones graves, aunque eso no elimina las tensiones internas.
El 89% de los líderes del sector considera que la inteligencia artificial transformará de forma profunda los roles laborales en los próximos 12 meses. Esta percepción explica por qué las principales prioridades de adopción de IA se concentran en ciberseguridad, operaciones, aplicaciones empresariales y experiencia de cliente. La tecnología se percibe como herramienta de racionalización, no solo de diferenciación.
Las superapps encajan bien en este contexto, al permitir una visión unificada del cliente y una mayor reutilización de capacidades. Sin embargo, su despliegue requiere integrar sistemas de inventario, logística, pagos y atención al cliente que, en muchos casos, evolucionaron de forma independiente. La estabilidad operativa depende menos de la innovación visible y más del trabajo silencioso de integración.
Banca y servicios financieros: avanzar sin romper el equilibrio
El sector financiero afronta un dilema persistente. La presión competitiva y la expectativa de servicios digitales avanzados empujan hacia la adopción de IA y nube, pero el entorno regulado y la criticidad de las operaciones limitan el margen de error. El 77% de las entidades registró interrupciones operativas graves en el último año, una cifra elevada para un sector que tradicionalmente prioriza la estabilidad.
La inversión en migración a la nube aumentó un 31%, reflejando una mayor disposición a modernizar infraestructuras. Aun así, más del 60% de las organizaciones no consigue escalar sus pilotos debido a la complejidad operativa y a la dependencia de sistemas legacy. La nube avanza, pero lo hace sobre capas técnicas que no siempre están preparadas para una transición fluida.
En este contexto, la IA se adopta con cautela. Se priorizan casos de uso en detección de fraude, gestión de riesgos y automatización de procesos internos. La superapp, frecuente en otros mercados, plantea interrogantes adicionales en términos de cumplimiento normativo y gobernanza del dato. La modernización es inevitable, pero su ritmo está condicionado por factores que trascienden la tecnología.
De la adopción a la resiliencia
El denominador común entre sectores es claro. La adopción tecnológica ya no se mide por el número de iniciativas lanzadas, sino por su capacidad para sostener operaciones críticas a largo plazo. La resiliencia se convierte en un criterio de competitividad, no en un atributo técnico secundario.
El paso de pilotos a producción emerge como el principal cuello de botella. No por falta de ideas o inversión, sino por la dificultad de transformar arquitecturas heredadas sin interrumpir el negocio. La IA, la nube y las superapps prometen eficiencia y nuevas fuentes de valor, pero exigen una base operativa que muchas organizaciones aún están construyendo.
La incógnita que queda abierta es hasta qué punto las empresas serán capaces de alinear ambición tecnológica y disciplina operativa. El riesgo ya no es quedarse atrás en innovación, sino avanzar demasiado rápido sobre cimientos inestables.
