Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
El auge de la inteligencia artificial ha adquirido una velocidad difícil de ignorar. Pero, como ha señalado Chuck Robbins, presidente y consejero delegado de Cisco, su impacto no será lineal ni exento de costes. En declaraciones a la BBC, Robbins advirtió que, aunque la IA superará el ciclo de sobreexpectación actual, muchas empresas no sobrevivirán al proceso. La comparación con la burbuja puntocom no es casual: Cisco fue una de las compañías más afectadas por aquel colapso, perdiendo cerca del 80% de su valor tras haber alcanzado brevemente la cima del mercado en el año 2000.
Como explica Robbins en declaraciones recogidas por eWeek, la historia tiende a repetirse. Las grandes transformaciones tecnológicas suelen venir acompañadas de fases especulativas, seguidas de correcciones abruptas. La diferencia, en este caso, es que la IA ya se ha integrado en infraestructuras críticas. Cisco, que colabora estrechamente con NVIDIA, ha registrado pedidos por valor de 1.300 millones de libras en un solo trimestre relacionados con proyectos de IA. La cifra ilustra hasta qué punto el fenómeno ha dejado de ser una promesa para convertirse en un componente estructural del negocio tecnológico.
Sin embargo, la consolidación del sector no será homogénea. Robbins anticipa que muchas startups con la financiación necesaria no lograrán escalar ni encontrar modelos sostenibles. “Habrá dinero invertido en empresas que no lo lograrán, pero surgirán ganadores, y con ellos evolucionarán las aplicaciones y los casos de uso”, afirmó. El paralelismo con el iPhone no es casual: como ocurrió con los smartphones, el valor de la IA podría residir menos en la tecnología base que en los ecosistemas que se construyan sobre ella.
El coste humano, no obstante, es una de las variables más inciertas. Robbins reconoció que la automatización eliminará empleos, especialmente en áreas como la atención al cliente, donde los sistemas generativos ya están sustituyendo tareas repetitivas. Otros puestos se transformarán, exigiendo habilidades nuevas. Esta perspectiva coincide con el análisis de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, que estima que hasta el 40% de los empleos globales podrían verse afectados por la IA. Las economías basadas en mano de obra barata serían especialmente vulnerables.
El informe de la ONU también advierte sobre un posible aumento de la desigualdad. La inversión en IA está altamente concentrada: el 40% del capital global está en manos de apenas un centenar de empresas, en su mayoría estadounidenses y chinas. La falta de acceso a datos, infraestructuras y formación tecnológica podría dejar fuera del juego a regiones enteras, consolidando asimetrías económicas difíciles de revertir.
Desde Silicon Valley, el tono es similar. Sundar Pichai, CEO de Alphabet, ha descrito el momento actual como “extraordinario”, pero con “elementos de irracionalidad”. Su advertencia no se centra tanto en la sustitución directa de trabajadores por IA, sino en la brecha que se abrirá entre quienes sepan utilizar estas herramientas y quienes no. Según Pichar, “No deberías preocuparte tanto por que la IA te quite el trabajo, sino por alguien que la use mejor que tú”, algo sobre lo que siempre estuve en contra, una frase en apariencia motivacional, pero que diluye la responsabilidad de las empresas, convirtiendo un cambio impuesto en un supuesto fallo personal.
La seguridad es otro frente abierto. Robbins alertó de que la IA también está siendo aprovechada por actores maliciosos, que ya emplean modelos generativos para hacer más creíbles los ciberataques y fraudes online. Cisco está invirtiendo en tecnologías de ciberseguridad avanzadas, incluidas soluciones resistentes a la computación cuántica, para anticiparse a estas amenazas. La lógica es conocida: cada salto tecnológico abre nuevas superficies de riesgo.
En el plano geopolítico, el dominio de Estados Unidos y China en inteligencia artificial no impide que Europa intente definir su propio espacio. La cuestión central para la Unión Europea ya no es disputar el liderazgo en volumen o escala, sino decidir qué capacidades críticas quiere conservar, desarrollar y gobernar de forma autónoma. En ese contexto, el papel europeo sigue siendo ambiguo y a menudo queda diluido entre ambición regulatoria y debilidad industrial
La narrativa que se impone entre los líderes del sector no es de euforia, sino de advertencia. La inteligencia artificial no es una moda pasajera, pero su despliegue no será neutro. A medida que se consoliden los ganadores, se redefinirán industrias enteras, mientras muchas otras quedarán atrás. Como ocurrió con la web en sus inicios, la cuestión no es solo qué tecnologías sobrevivirán, sino quiénes lograrán adaptarse a tiempo.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
