Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
La primera entrevista que el vicepresidente senior de Cisco para Europa Sur concede a un medio español sitúa el foco donde hoy se está decidiendo buena parte de la infraestructura digital europea: la intersección entre inteligencia artificial, red, seguridad, talento y soberanía. En Cisco Live EMEA 2026, la compañía no se presenta ya como un fabricante de tecnología de red, sino como una plataforma para la infraestructura de la era de la IA. Y eso cambia mucho más que el discurso.
Ámsterdam tiene algo de decorado perfecto para las grandes puestas en escena tecnológicas europeas: orden, eficiencia, canales, una cierta serenidad visual que contrasta con el vértigo que se despliega dentro de los recintos feriales. En el Cisco Live EMEA 2026, celebrado por última vez en la ciudad neerlandesa antes de su traslado a Londres, esa contradicción se ha hecho especialmente visible. Fuera, la ciudad mantiene su ritmo. Dentro, Cisco trata de redefinir su papel en el mercado con una ambición que ya no cabe del todo en las categorías con las que tradicionalmente se ha descrito a la compañía.

La empresa que durante décadas fue identificada con routers, switches y el esqueleto físico de Internet comparece ahora con otra narrativa: la de una plataforma integrada para la infraestructura crítica de la inteligencia artificial. En apenas unos años, y de forma mucho más explícita en esta edición europea del evento, Cisco ha pasado de hablar de red, seguridad y colaboración como líneas de producto a presentarlas como componentes de un mismo sistema operativo de la empresa digital. Silicon One G300, AgenticOps, AI Defense, Nexus One, observabilidad con Splunk, servicios apoyados en Cisco IQ, nuevas capacidades de soberanía operativa y contractual: todo aparece ordenado alrededor de una idea que en boca de Jeetu Patel, presidente y chief product officer de la compañía, ha funcionado casi como lema doctrinal del evento: Cisco quiere ser la infraestructura crítica de la era de la IA.
En ese contexto, la conversación con Agostino Santoni adquiere un valor particular. No solo por el momento en que se produce, sino por el lugar desde el que habla. Santoni, Senior Vice President de Cisco para Europa Sur y responsable de las operaciones de la compañía en 21 países, concede en Ámsterdam a La Ecuación Digital su primera entrevista a un medio español. Y lo hace desde una posición especialmente interesante: no la del arquitecto global del mensaje, sino la de quien debe traducirlo a decisiones concretas en mercados europeos atravesados por prioridades que no siempre encajan fácilmente entre sí: velocidad, regulación, resiliencia, sostenibilidad, talento, dependencia tecnológica y soberanía.
La entrevista deja una impresión clara. Cisco ya no está tratando solo de vender una evolución tecnológica; está intentando convencer a sus clientes, a sus socios y también a las administraciones de que el problema central de la inteligencia artificial ya no reside únicamente en el modelo, en la GPU o en la nube, sino en la capacidad de construir una infraestructura capaz de soportarla, gobernarla y hacerla económicamente viable. Santoni lo formula con una mezcla de convicción comercial y lectura estratégica: “Cuando hablamos de IA, inmediatamente hablamos del impacto en la infraestructura de cualquier compañía, pública o privada”. Lo decisivo, a su juicio, no es únicamente que la IA se incorpore a los procesos empresariales, sino que lo haga en un entorno en el que cada persona estará “rodeada de varios agentes” capaces de asumir parte de sus cargas de trabajo. Si ese escenario se materializa, y Cisco actúa ya como si fuera inevitable, la presión sobre la infraestructura será de otra escala. “El rendimiento”, dice, “es más importante que nunca”.
No se trata solo de velocidad en sentido clásico. La obsesión por el rendimiento, tal como se ha presentado en la ciudad de los canales, funciona como la justificación técnica de una estrategia industrial más amplia. Silicon One G300, anunciado en Ámsterdam como la base de nuevas plataformas Nexus y 8000 para centros de datos preparados para IA, no aparece únicamente como un nuevo chip de switching de 102,4 Tbps. Cisco lo sitúa como pieza de una arquitectura diseñada para mejorar utilización de GPU, tiempos de finalización de trabajos y eficiencia energética en entornos donde la red deja de ser un simple canal de transporte para convertirse en condicionante directo del valor que puede extraerse del cómputo. En otras palabras, la IA no solo necesita potencia; necesita que el resto del sistema no la estrangule. Y ahí Cisco quiere ocupar una posición menos subordinada que la que tuvo en ciclos tecnológicos anteriores dominados por otros fabricantes de silicio y por la nube pública.
Santoni no entra en el detalle del producto, pero sí en la lógica de fondo. La primera dimensión de esa infraestructura segura para la IA, explica, es la capacidad de la red para absorber esa nueva exigencia. Habla de Silicon One, de óptica, de dispositivos “AI ready”, pero lo relevante no está tanto en el inventario como en el desplazamiento conceptual: la red deja de ser una capa silenciosa para convertirse en la condición misma de la escalabilidad de la IA. Cisco lo dijo en la keynote, lo reiteró en las sesiones sobre networking y lo confirma Santoni en la entrevista: el rendimiento ya no puede pensarse al margen de la seguridad, de la visibilidad operativa ni del modelo de control.
Esa es la segunda dimensión de su argumento: la complejidad ha dejado de ser un problema de gestión para convertirse en una vulnerabilidad estructural. La pregunta que plantea Santoni es deliberadamente provocadora: “¿Tiene sentido que la mayoría de los clientes trabajen con 40, 50 o 60 proveedores de seguridad?”. No es una pregunta técnica. Es una pregunta sobre arquitectura de poder dentro de la empresa digital. Porque en el momento en que la inteligencia artificial acelera tanto las capacidades defensivas como las ofensivas, la fragmentación deja de ser solo una fuente de ineficiencia y pasa a ser también un multiplicador de riesgo.
Ahí es donde Cisco inserta el núcleo de su narrativa como platform company. Cuando Santoni explica qué significa en la práctica esa etiqueta, no habla de branding ni de reorganización interna, sino de una tesis sobre cómo debe construirse la infraestructura en la era de la IA. Su ejemplo más claro son los smart switches y la idea de seguridad distribuida: “Cada puerto de la red se convertirá en un firewall”. La frase, tomada al pie de la letra, podría sonar a promesa técnica más o menos ambiciosa. Leída en el contexto de Cisco Live, tiene un alcance mayor. Significa que la compañía da por superada la separación clásica entre red y seguridad como dominios autónomos, con sus equipos, herramientas y centros de operación diferenciados. El viejo reparto entre NOC y SOC, sugiere Santoni, ya no responde al tipo de infraestructura que exige la IA. “¿Es esa la estructura correcta para operar en la era de la IA?”, pregunta. Y se responde sin ambigüedad: no.
La consecuencia de esa integración es doble. Por un lado, Cisco promete simplificación y unificación de operaciones en un contexto de escasez de talento especializado. Por otro, concentra más funciones en una misma plataforma, lo que aumenta su peso dentro del stack empresarial. La promesa de reducir complejidad es también, inevitablemente, una invitación a aceptar mayor dependencia de un proveedor capaz de articular red, seguridad, observabilidad y automatización bajo una misma lógica operativa. Cisco insiste en que esa plataforma debe ser abierta, basada en APIs e integrada con el ecosistema de partners. Santoni subraya ese punto varias veces: la apertura no es un detalle técnico, sino una condición para sostener la identidad histórica de una compañía “powered by its ecosystem since day one”. Pero la tensión permanece: cuanto más integrada es la infraestructura, más difícil resulta separar eficiencia de concentración.
Esa tensión se vuelve todavía más evidente cuando entra en juego la observabilidad, tercera gran pieza del discurso. La adquisición de Splunk y, antes, la de ThousandEyes, adquieren aquí su sentido completo. “Siempre ha existido una gran pregunta para quienes operan TI: qué está pasando”, resume Santoni. El valor de la observabilidad no reside solo en ver más, sino en poder interpretar, correlacionar y actuar sobre ese flujo de señales en tiempo real. En un entorno en el que Cisco impulsa AgenticOps como nuevo modelo operativo, con agentes capaces de diagnosticar, recomendar y ejecutar acciones sobre redes, seguridad y observabilidad, la visibilidad deja de ser una función auxiliar para convertirse en el prerrequisito de una automatización gobernable. Sin esa capa de contexto, la autonomía es ciega; con ella, Cisco aspira a que la autonomía sea operativamente útil y comercialmente vendible.
Ahora bien, si el relato corporativo insiste en la potencia de la plataforma, Santoni introduce un matiz importante cuando se le pregunta por el coste real de la transición hacia infraestructuras preparadas para IA. La respuesta obvia habría sido infraestructura, inversión, tiempo o complejidad organizativa. Su respuesta prioriza otra cosa: “Empezaría por el talento”. No porque desprecie el peso del CAPEX o de la deuda tecnológica acumulada, sino porque sitúa la capacidad de absorción humana como el factor que decide si la transformación genera o no ventaja competitiva. “La capacidad de construir un pipeline de talento es clave para ganar productividad y competitividad”, afirma.
La referencia no es abstracta. Cisco lleva tiempo utilizando Networking Academy como uno de los pocos elementos de legitimidad social que puede esgrimir sin demasiada discusión. Santoni lo convierte en argumento central. Recuerda que solo en EMEA la compañía formó el último año a 2,1 millones de personas y subraya que no se trata únicamente de estudiantes: también de trabajadores que necesitan reciclaje profesional, perfiles de TI, empleados de áreas de negocio y parte del sector público. La insistencia es reveladora. Si Cisco quiere vender infraestructura para la IA, necesita demostrar que entiende que el cuello de botella no es solo tecnológico. Y, al mismo tiempo, necesita presentar esa labor formativa como algo más que filantropía corporativa: como una contribución real a la competitividad europea.
Ahí aparece uno de los giros más interesantes de la entrevista. Santoni vincula directamente talento y soberanía. No solo porque la autonomía tecnológica de un país dependa de dónde residen los datos o de quién opera la infraestructura, sino porque también está condicionada por la capacidad de formar, retener y reconvertir personas capaces de operar esos sistemas. En ese punto, la conversación conecta de forma natural con el otro gran eje de Cisco Live EMEA 2026: la soberanía digital.
Cisco lanzó en septiembre de 2025 su iniciativa de Sovereign Critical Infrastructure, con una formulación cuidadosamente escogida: no soberanía absoluta, sino infraestructura crítica soberana articulada en torno a tres principios, elección, control y autonomía, y desplegada primero en Europa antes de extenderse a otras regiones. La conversación con Santoni confirma que la compañía percibe Europa no solo como mercado regulado, sino como laboratorio político de un nuevo tipo de demanda empresarial. “Escuchamos a nuestros clientes y dijimos: lo vemos; pensemos en global, pero empecemos por Europa”, explica.
Lo significativo no es solo la oferta tecnológica en sí, productos on-premise, despliegues air-gapped, licenciamiento preparado para contextos de crisis, alternativas soberanas en áreas como contact center, sino el hecho de que, según Santoni, la conversación ha saltado claramente al nivel de consejo de administración. Relata que, tras el anuncio del programa, fue invitado a presentar el portfolio soberano ante los consejos de dos grandes empresas europeas, un retailer y una teleco. Las preguntas que recibió son reveladoras porque describen con bastante precisión cómo está mutando la conversación sobre tecnología en las grandes organizaciones.
La primera giraba en torno a la estrategia de datos: qué datos permanecen on-premise, cuáles pueden distribuirse, qué cargas de trabajo de IA deben considerarse soberanas y cuáles no. La segunda pedía una evaluación de la infraestructura desde la óptica de la soberanía, del mismo modo en que antes se había exigido evaluar seguridad o sostenibilidad. La tercera apuntaba al deseo de comprender casos de uso concretos de IA en relación con esa misma soberanía. Todo ello conduce a una frase especialmente significativa de Santoni: “La nueva propiedad intelectual de una empresa es su estrategia de IA”.
La frase merece detenerse. No porque sea necesariamente nueva en términos absolutos, sino porque condensa un cambio de paradigma. Si la propiedad intelectual deja de pensarse solo como código, patentes o procesos documentados y pasa a residir también en la forma en que una empresa captura datos de sus procesos, los integra en modelos, automatiza decisiones y protege esa lógica operacional, entonces la infraestructura deja de ser un simple soporte. Se convierte en el lugar donde se juega la continuidad entre dato, decisión y poder competitivo. Y, por tanto, en el lugar donde la soberanía deja de ser únicamente residencia de datos para pasar a ser control efectivo sobre capacidades críticas.
Santoni evita el maximalismo. Defiende la soberanía como un ejercicio de elección antes que como doctrina rígida. Su ejemplo del contact center es útil precisamente por eso: para unos clientes la nube será suficiente; para otros, especialmente allí donde haya datos sensibles o requerimientos regulatorios, será preferible o necesario el despliegue on-premise. Lo decisivo, desde la perspectiva de Cisco, es poder ofrecer ambas opciones y dejar que el cliente decida. Esta insistencia en el “choice” sirve para esquivar, al menos discursivamente, la acusación de sustituir una dependencia por otra. Pero también revela el modo en que Cisco intenta adaptarse a una Europa que no pide necesariamente autarquía tecnológica, sino margen de maniobra frente a riesgos geopolíticos y regulatorios cada vez menos teóricos.
La entrevista concluye con una pregunta inevitable: si la soberanía, en la era de los agentes, ya no trata solo de dónde residen los datos, sino de quién o qué toma decisiones, ¿están realmente preparadas las organizaciones para ese salto? Santoni no dramatiza, pero tampoco finge que la respuesta sea tranquilizadora. “Estamos en un viaje”, dice. “Solo una pequeña parte de las organizaciones está preparada”. El dato al que alude, en torno al 11%, en línea con el AI Readiness Index de Cisco para EMEA, resume bien el estado actual de la cuestión. La ambición tecnológica del mercado va mucho más deprisa que su capacidad real de absorción.
Ahí reside, probablemente, la clave de lectura más útil de esta conversación y, quizá, del propio Cisco Live EMEA 2026. Cisco no está describiendo un mercado que ya existe plenamente, sino intentando construirlo a la vez que se posiciona en el centro de él. Habla de agentes, de operaciones autónomas, de infraestructura AI-ready, de observabilidad contextual, de seguridad integrada y de soberanía operacional porque necesita que empresas y administraciones acepten que el siguiente ciclo de inversión no será una mera renovación tecnológica, sino una reconfiguración profunda de su infraestructura digital.
Santoni, en su primera entrevista con un medio español, lo formula con una serenidad casi pedagógica. Pero el fondo es más áspero: la velocidad de la IA no elimina las fricciones de Europa; las hace más visibles. Y obliga a decidir antes de que el mercado, la regulación o la geopolítica lo hagan por las organizaciones.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
