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Digitalización del regadío: el PERTE acelera el cambio

Digitalización del regadío: el PERTE acelera el cambio

  • Comunidades de regantes conectan sensores, telecontrol, SCADA y datos energéticos en plataformas únicas para optimizar reparto y trazabilidad del agua con PERTE.
PERTE digitalización regadío

La digitalización del regadío ha pasado de ser un proyecto a medio plazo a convertirse en una pieza operativa para muchas comunidades de regantes. La combinación de sequías más largas, lluvias torrenciales concentradas y una presión creciente sobre el recurso está empujando a estas entidades, especialmente en el arco mediterráneo, a revisar cómo miden, reparten y justifican cada metro cúbico. En ese giro, el PERTE aparece como palanca financiera y, a la vez, como marco que ordena prioridades: sensorización, telecontrol, integración de datos y plataformas de gestión.

El contexto global añade urgencia. En la última década, el crecimiento de la población y la previsión de alcanzar 8.500 millones de personas en 2030 refuerzan el peso de la agricultura de regadío, responsable del 40% de la producción mundial de alimentos. A esa producción se destina cerca del 70% del agua dulce extraída en el mundo, una cifra que sitúa la eficiencia hídrica en el centro de cualquier debate sobre seguridad alimentaria. En paralelo, el cambio climático está intensificando episodios meteorológicos extremos, con una secuencia cada vez más habitual de escasez prolongada y precipitaciones repentinas, difíciles de absorber por infraestructuras y suelos.

Diversas organizaciones, como la FAO, vienen señalando la tecnología como aliada para avanzar hacia modelos de gestión más sostenibles y resilientes. En esa línea, Begoña Tarrazona, Irrigation Specialist de Idrica, sostiene que la digitalización permite “conocer mejor lo que está ocurriendo, prever distintos escenarios y tomar decisiones más rápidas y acertadas”. La idea, en la práctica, se traduce en pasar de operar con registros dispersos y decisiones reactivas a trabajar con datos continuos, comparables y explotables, algo que afecta tanto a la planificación del reparto como a la detección de incidencias.

PERTE digitalización regadío
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En España, el impacto del cambio climático se está dejando notar con especial intensidad en el Mediterráneo: largos periodos de sequía interrumpidos por lluvias torrenciales puntuales, muy concentradas en el tiempo y con capacidad de causar daños. Ese patrón tensiona la gestión del agua y eleva el coste de los errores, porque obliga a ajustar turnos, presiones y dotaciones con menos margen. Además, el sector agrícola destina el 80% del agua al regadío, con un crecimiento del 11% en las últimas décadas, según los datos aportados en el sector. En ese escenario, la digitalización se plantea como una forma de reducir pérdidas, mejorar la trazabilidad del consumo y sostener decisiones ante los propios usuarios.

Tarrazona describe un movimiento ya visible: “las comunidades de regantes españolas están dando un paso decisivo hacia la digitalización del regadío, apoyadas en los fondos del PERTE”. El matiz relevante es que no se trata solo de comprar sensores o automatizar compuertas. El salto real aparece cuando los datos de campo, energía e infraestructura se conectan en un mismo sistema, con reglas comunes y capacidad de análisis. Sin esa capa de integración, la tecnología tiende a fragmentarse en islas, útiles para tareas locales pero insuficientes para gestionar una red compartida.

Un caso representativo es la Comunidad General de Usuarios del Canal Júcar-Turia, que distribuye agua a 21 comunidades de regantes y gestiona más de 25.000 hectáreas de riego a través de una infraestructura común, el Canal Júcar-Turia. Su director general, Ernesto Serra, explica que antes del PERTE la entidad estaba “en una fase inicial de digitalización, con procedimientos mayoritariamente manuales y herramientas tecnológicas poco cohesionadas”. La fotografía es habitual en organizaciones con infraestructuras históricas: existen automatismos parciales, lecturas puntuales y herramientas heterogéneas, pero cuesta construir una visión de conjunto.

Serra sitúa una de las actuaciones principales en el “desarrollo de una plataforma digital de gestión del conocimiento”, concebida para integrar información procedente de distintas fuentes: telemetría de las tomas, consumos, infraestructuras hidráulicas, datos energéticos y otros elementos del sistema. La telemetría, en este contexto, no es solo un contador remoto; es la base para medir caudales y consumos con continuidad, detectar desviaciones y comparar comportamientos entre puntos de la red. La integración con datos energéticos, por su parte, introduce una variable que a menudo condiciona la operación diaria: el coste de bombeo y la eficiencia de las instalaciones.

El objetivo, según Serra, es “pasar de una gestión basada principalmente en registros operativos a un modelo de gestión inteligente del agua, donde los datos permitan mejorar la planificación, optimizar el reparto del recurso y anticipar posibles incidencias”. La expresión “gestión inteligente” suele usarse con ligereza, pero aquí apunta a una transición concreta: decisiones apoyadas en series históricas, alertas en tiempo real y una capa de análisis que permita simular escenarios, por ejemplo, ante restricciones o cambios bruscos de demanda.

La experiencia de la Comunidad de Regantes de Llíria, vinculada además a la Federación de Comunidades de Regantes de la Comunidad Valenciana (FECOREVA), muestra otra cara del problema: la fragmentación tecnológica. Su presidente, José Alfonso Soria, recuerda que en muchos casos el punto de partida era una automatización “elemental y de varios fabricantes”, que consistía en “una SCADA por cada instalación fotovoltaica”. Un SCADA es un sistema de supervisión y control industrial, útil para monitorizar equipos y actuar sobre ellos, pero cuando se despliega por piezas, sin integración, termina generando múltiples pantallas, múltiples lógicas y, en ocasiones, múltiples proveedores.

Soria señala que ahora se están llevando a cabo acciones “que permitirán agrupar bajo un mismo programa la automatización y control todas las infraestructuras de la comunidad, instalaciones fotovoltaicas, bombas de pozos, hidrantes, remotas, PLC’s, etc.”. En esa lista hay un elemento que suele pasar desapercibido fuera del sector: los PLC (controladores lógicos programables) son el corazón de muchas instalaciones de riego modernizadas, porque ejecutan la lógica de apertura, cierre, presiones y seguridad. Integrarlos en una plataforma común reduce tiempos de respuesta y facilita el mantenimiento, aunque también obliga a estandarizar protocolos y a definir quién administra qué, un aspecto organizativo tan crítico como el técnico.

En el Bajo Guadalquivir, la Comunidad de Regantes del Bajo Guadalquivir parte, según su director gerente, Diego Bellido Sánchez, de un buen nivel de digitalización gracias a proyectos de modernización previos. Aun así, la intensificación de la sequía ha evidenciado la necesidad de incorporar “nuevas herramientas tecnológicas que dieran respuesta esta problemática”. La modernización, en muchos casos, resolvió la eficiencia hidráulica y parte del telecontrol, pero no siempre incorporó analítica avanzada, integración geoespacial o mecanismos de retroalimentación en tiempo real que permitan ajustar la operación con más precisión.

Bellido describe un enfoque de digitalización integral en la Comunidad de Regantes Sector BXII del Bajo Guadalquivir: “la recopilación precisa de datos de los regantes, su integración con información geoespacial y la retroalimentación de datos de sensores en tiempo real” para facilitar decisiones más informadas sobre el uso del agua. La capa geoespacial es relevante porque conecta consumos y eventos con parcelas, sectores y redes, lo que permite identificar patrones, detectar anomalías y planificar actuaciones con un criterio territorial. Sin embargo, esa misma granularidad eleva la exigencia sobre la calidad del dato y sobre los procesos internos para validarlo.

La digitalización, pese al impulso del PERTE, no se despliega sin fricción. Los responsables de las comunidades coinciden en varios obstáculos: inversión inicial, capacitación técnica de personal de campo y técnicos, gestión de grandes volúmenes de datos, conectividad limitada en zonas rurales y adaptación organizativa. Serra lo resume en un punto que suele marcar el éxito o el fracaso: “la digitalización requiere adaptación organizativa, formación y una nueva cultura de gestión basada en el uso de la información”. En la práctica, implica redefinir rutinas, responsabilidades y criterios de actuación, porque el dato deja de ser un registro posterior y pasa a condicionar la operación diaria.

También aparece una tensión menos visible: la interoperabilidad. Cuando conviven equipos de distintos fabricantes, generaciones tecnológicas diferentes y redes de comunicaciones con coberturas irregulares, integrar sistemas exige estándares, pasarelas y, a menudo, decisiones sobre qué se mantiene y qué se sustituye. El riesgo es invertir en capas nuevas sin resolver los silos previos, lo que termina multiplicando costes de mantenimiento y dificultando la explotación analítica.

Pese a esas dificultades, el consenso entre los actores citados es claro: las ayudas públicas, la estandarización tecnológica, la interoperabilidad y el acompañamiento técnico especializado están acelerando un proceso que ya se considera imprescindible. Soria lo formula en términos de oportunidad: “el PERTE de digitalización es una oportunidad para acometer estos proyectos de automatización y control”. La palabra “oportunidad” aquí no es retórica; en un sector con márgenes ajustados y con infraestructuras que requieren inversiones continuas, el acceso a financiación condiciona el ritmo de adopción.

En el mercado de plataformas, algunas propuestas se presentan como herramientas para capturar datos de múltiples fuentes, incluidas soluciones heredadas, y romper silos de información. Xylem Vue, por ejemplo, se define como una plataforma analítica y de software segura, integrada y agnóstica capaz de ofrecer una visión holística del sistema y una cartera de aplicaciones modulares a lo largo del ciclo del agua. Este tipo de enfoques encaja con una necesidad recurrente en comunidades de regantes: aprovechar inversiones ya realizadas sin quedar atrapadas en arquitecturas cerradas, aunque la integración real depende, en última instancia, de la calidad de los datos disponibles y de la gobernanza interna.

La digitalización del regadío se está consolidando como un elemento estratégico para sostener la agricultura de regadío en un escenario de mayor incertidumbre climática. Reduce consumo cuando permite medir y corregir, mejora eficiencia cuando conecta operación hidráulica y energía, y refuerza resiliencia cuando convierte incidencias en señales tempranas. Queda, sin embargo, una incógnita que atraviesa todos los proyectos: si el salto tecnológico irá acompañado de una transformación organizativa suficiente para que los datos no se queden en paneles de control, sino que se traduzcan en decisiones consistentes, auditables y compartidas entre usuarios.

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