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La décima edición del Digital Enterprise Show 2026 abrió este martes en Málaga con una idea que atravesó tanto la inauguración institucional como las primeras sesiones técnicas: los agentes de IA han dejado de presentarse solo como una promesa de eficiencia y empiezan a funcionar como una prueba de madurez para empresas y administraciones. La cuestión ya no se formula únicamente en términos de adopción, sino de control, responsabilidad, soberanía tecnológica y capacidad operativa para integrar sistemas que toman decisiones parciales, automatizan tareas y reordenan procesos internos.
La primera jornada reunió a más de 15.000 profesionales inscritos de más de 34 países, con 403 firmas participantes y 637 expertos internacionales distribuidos en ocho auditorios. La cifra tiene valor como termómetro sectorial, aunque el interés de la apertura no estuvo tanto en el volumen como en el tipo de conversación que se propuso desde el inicio: inteligencia artificial, ciberseguridad, cloud, gobierno del dato, servicios públicos digitales y competitividad de las pymes.
Sandra Infante, directora del DES, situó el arranque sobre dos ejes. Por un lado, la consolidación de Málaga como sede de una cita que cumple diez ediciones, cinco de ellas en la ciudad. Por otro, el papel de los agentes de IA y de las plataformas de inteligencia artificial como tecnologías llamadas a entrar en la actividad diaria de las organizaciones. Su planteamiento dejó una idea que luego se repitió durante la mañana: la IA ofrece ganancias en productividad, delegación de tareas, innovación e hiperespecialización del conocimiento, aunque obliga a abordar regulación, ética y seguridad con más precisión de la que a menudo aparece en los discursos empresariales.
La IA apareció en varios momentos como palanca de competitividad, aunque los mensajes más sustantivos llegaron cuando el debate salió del plano aspiracional y entró en las condiciones de uso: datos de calidad, auditoría, evaluación de impacto, políticas internas, cultura digital y recuperación ante incidentes. La tecnología siguió en el centro del relato, pero ya no como elemento aislado, sino como parte de una infraestructura de gobierno, seguridad y gestión del dato que marcará su viabilidad real.

Málaga utiliza DES 2026 para reforzar su posición tecnológica
La inauguración tuvo un marcado acento institucional. Francisco Salado, presidente de la Diputación de Málaga, defendió que la ciudad y la provincia han ampliado su identidad tradicional, vinculada al turismo, el clima y la calidad de vida, hacia un relato más tecnológico, con talento, emprendimiento y conocimiento como nuevos activos. Su intervención evitó quedarse solo en la imagen de Málaga como polo de atracción y llevó el discurso al ámbito de los municipios pequeños, donde la digitalización no se mide por titulares, sino por trámites, costes, plazos y capacidad administrativa.
Salado puso el foco en la obligación de las administraciones públicas de incorporar tecnología «con sentido común», fórmula habitual en los discursos sobre digitalización cuando se quiere marcar distancia con la adopción acrítica, y vinculó esa idea con la necesidad de que llegue también a los pueblos del interior y a quienes tienen menos acceso a herramientas digitales. La Diputación presentó esa línea como una estrategia de acompañamiento a ayuntamientos con menos recursos, especialmente en administración electrónica, planificación y modernización de servicios.
El ejemplo más concreto fue la aplicación de metodología BIM, modelado 3D y visualización inmersiva a proyectos públicos. Salado vinculó estas herramientas con la detección temprana de incidencias, la reducción de errores y el ahorro de costes y tiempo en obra pública. La referencia fue significativa porque trasladó el debate tecnológico a un problema reconocible para cualquier administración local: la lentitud de los procedimientos y la dificultad de ejecutar proyectos dentro de los plazos políticos y presupuestarios. La tecnología, en ese punto, dejó de ser una categoría abstracta.
También señaló la ciberseguridad como prioridad para los servicios digitales públicos. No solo por la protección de datos, sino por la confianza en las instituciones. La idea tiene recorrido, especialmente en un momento en el que las administraciones están incorporando asistentes, automatización documental y portales digitales sin que siempre exista una percepción pública clara sobre cómo se protegen los procesos.
Jorge Paradela, consejero de Industria, Energía y Minas de la Junta de Andalucía, amplió el encuadre regional presentando la digitalización como un factor estructural de competitividad y no como una decisión táctica. Su mensaje tuvo una formulación ambiciosa afirmando que Andalucía quiere ocupar una posición de liderazgo en la digitalización, con impacto transversal en industria, turismo, agrotecnología, sanidad y servicios públicos.
Paradela aportó varios datos para sostener ese relato. Andalucía es, según expuso, la tercera economía digital de España en términos de aportación de la digitalización al conjunto nacional, por detrás de Madrid y Cataluña. También señaló que el peso de lo digital en la economía andaluza alcanza el 17%, que la intensidad digital de las pymes andaluzas supera la media de la Unión Europea y que un tercio de ellas realiza ventas online de forma regular. Añadió además que la región supera los 140.000 empleos puramente tecnológicos y que la Junta concentra una parte relevante de la licitación pública tecnológica en España en el primer trimestre de 2026.
El mensaje, sin embargo, dejó pendiente una cuestión que convendría observar durante el resto del evento. La posición agregada de Andalucía como economía digital necesita conectarse con la productividad real de las empresas medianas y pequeñas, donde la transformación suele avanzar a ritmos muy distintos según el territorio, el sector y el tamaño de la compañía. Ahí aparece una de las preguntas de fondo de DES 2026, hasta qué punto la IA puede reducir esas brechas o, si se implanta sin estrategia, ampliarlas.
Paradela mencionó tres infraestructuras concretas dentro de la apuesta andaluza por tecnologías disruptivas: el centro de ciberseguridad en Málaga, el centro de inteligencia artificial en Granada y el gran centro de datos en construcción en Sevilla. También citó JuntaGPT, el asistente de inteligencia artificial para empleados de la Junta de Andalucía, como parte de una administración digital avanzada. La referencia introduce un asunto de especial interés para los próximos meses: el uso interno de IA generativa en administraciones públicas, donde la eficiencia documental convive con riesgos de sesgo, trazabilidad, protección de datos y dependencia tecnológica.
Francisco de la Torre, alcalde de Málaga, construyó su intervención alrededor de la colaboración público-privada. Subrayó el papel de la universidad pública, del Parque Tecnológico, de la llegada de profesionales especializados en ciberseguridad y de proyectos formativos como Escuela 42. También mencionó la relevancia del inglés, la minería de datos, la computación cuántica y la necesidad de mantener una formación tecnológica constante.
Su discurso fue más amplio, incluso más humanista, al conectar ciencia y tecnología con desafíos globales. Esa amplitud deja algunas ideas menos precisas desde el punto de vista operativo, aunque encaja con el papel que Málaga intenta proyectar: una ciudad tecnológica que no quiere aparecer solo como sede de eventos, sino como ecosistema educativo, empresarial y administrativo. El reto, una vez más, estará en los indicadores que permitan medir esa continuidad más allá de la concentración puntual de congresos, anuncios y delegaciones internacionales.

La soberanía tecnológica europea entra en la agenda
La primera jornada no se limitó a la dimensión local o autonómica. Uno de los debates más relevantes fue el de la soberanía tecnológica europea, abordado desde la IA, el cloud, los datos y la seguridad. Carme Artigas, con trayectoria en la ONU y el Gobierno de España, situó la tecnología como un factor que reordena el poder entre países. Artigas situó el cambio de poder en los datos y en la infraestructura tecnológica. Bajo esa lectura, la IA deja de ser solo una herramienta empresarial y pasa a funcionar como una arquitectura de influencia económica y geopolítica.
Artigas vinculó la competencia global con el control de los datos y de las fuentes energéticas. La idea encaja con una preocupación cada vez más visible en Europa, que compite con dificultad frente a Estados Unidos y China en modelos fundacionales, infraestructura cloud, semiconductores y capacidad de cómputo. DES 2026 incorporó esa discusión con China como país invitado, un gesto que añade una capa de interés al evento. China aparece como referencia de escala, industrialización tecnológica y aplicación de IA, aunque también como espejo incómodo para una Europa que busca autonomía sin romper sus dependencias comerciales y tecnológicas.
Osmar Polo, CEO de T-Systems Iberia, planteó la cuestión europea sin recurrir a un aislamiento tecnológico. «No necesitamos estar aislados, pero sí tener opciones», señaló. Esa frase resume bien el dilema del continente. La soberanía no equivale a autarquía, aunque sí exige capacidad de elección. Polo defendió que Europa debe construir alternativas propias y conectar datos, cloud y seguridad. El punto débil, según su diagnóstico, es un mercado fragmentado que dispone de talento, pero no siempre de escala suficiente.
Por su parte, Lali Soler, directora del Área Digital de Eurecat, desplazó el debate desde la geopolítica hacia la arquitectura tecnológica. Señaló el papel de los modelos de lenguaje más pequeños y de los modelos abiertos, una vía que puede resultar más realista para muchas organizaciones europeas que competir de forma frontal en modelos gigantes. También advirtió sobre la dependencia cognitiva que generan estos sistemas cuando sus respuestas se aceptan sin suficiente contraste. La preocupación no se limita a la precisión de los resultados, sino a la pérdida de pensamiento crítico cuando el usuario delega criterio en una interfaz aparentemente solvente.
Ese fue uno de los hilos más interesantes de la mañana. La conversación sobre soberanía tecnológica suele centrarse en infraestructuras, inversión y regulación. Soler añadió la dimensión de uso: una organización puede operar sobre plataformas europeas, cumplir requisitos regulatorios y, aun así, desarrollar una dependencia interna excesiva si sus equipos dejan de contrastar, preguntar y decidir con autonomía.

La ética de la IA se desplaza hacia quienes la diseñan
Ricardo Baeza-Yates, académico especializado en inteligencia artificial por la KTH Royal Institute of Technology de Suecia, llevó el debate ético a un terreno menos complaciente. Su intervención cuestionó la tendencia a hablar de la IA como si tuviera intenciones, comportamiento o criterio humano. «La IA no se comporta», afirmó, para advertir contra una antropomorfización que contamina la forma de diseñar, regular y usar estos sistemas.
Su segunda idea fue todavía más clara: «La ética en la IA no existe, existe en las personas». La frase desplaza la responsabilidad desde la herramienta hacia quienes la conciben, entrenan, implementan y supervisan. En un entorno empresarial donde se habla con frecuencia de «IA responsable», el matiz es relevante. No basta con etiquetar una solución como ética si no hay evaluación de impacto, evidencia científica, pruebas, monitorización y auditoría algorítmica.
Baeza-Yates situó entre los riesgos de un mal uso de la IA el aumento de la desinformación, los sesgos, la censura implícita desconocida, la menor diversidad y una brecha digital más amplia. No son riesgos nuevos, pero reunidos en una misma intervención sirvieron para equilibrar el tono de una jornada donde la IA apareció de manera reiterada como oportunidad competitiva. La tecnología puede mejorar procesos, sí, aunque también puede automatizar errores, amplificar desigualdades o desplazar decisiones hacia sistemas poco auditables.
Ese contraste fue uno de los aspectos más valiosos de la primera jornada. Frente a los mensajes institucionales sobre liderazgo y anticipación, las sesiones técnicas introdujeron condiciones de posibilidad. La IA no entra en las organizaciones por una declaración estratégica, sino por procesos concretos: qué datos se usan, qué tareas se delegan, quién supervisa, qué ocurre cuando falla, cómo se documentan las decisiones y qué margen conserva el usuario humano.

Ciberseguridad y gobierno del dato, la conversación menos vistosa y más decisiva
La ciberseguridad ocupó un lugar central en la jornada, no como disciplina aislada, sino como componente del gobierno tecnológico. Tomás Gómez, CISO del Gobierno de La Rioja, defendió que una de las decisiones prioritarias para los consejos de administración debe ser aprobar una política de tecnología de gobierno. La formulación puede sonar administrativa, pero apunta a una carencia frecuente: muchas organizaciones adoptan herramientas de IA antes de definir quién puede usarlas, para qué fines, con qué datos y bajo qué controles.
Gómez defendió una adopción prudente de la IA, razonada y consciente de sus riesgos. En el plano empresarial, esa prudencia no equivale a inmovilismo. Significa que la velocidad de implantación debe ir acompañada de una arquitectura de gobierno. Los proyectos de IA que nacen en áreas de negocio sin coordinación con seguridad, legal, tecnología y cumplimiento pueden generar eficiencias inmediatas y problemas difíciles de corregir después.
Laura del Pino, líder de Disciplina de Seguridad de la Información de BBVA, introdujo una lectura defensiva de la IA. Los delincuentes pueden usar estas herramientas para hacer estafas más escalables y convincentes, por lo que las organizaciones necesitan defenderse con capacidades equivalentes. Su reflexión «crecer sin IA no es una opción, pero crecer sin control tampoco» sintetiza una posición que probablemente se impondrá en los comités de dirección: no adoptar IA implica perder competitividad, pero adoptarla sin controles puede elevar la exposición operativa y reputacional.
Enrique Moline, CISO de Carrefour, llevó el debate al dato. «La garantía está en el buen gobierno del dato y en el cumplimiento regulatorio para tomar buenas decisiones», señaló. También introdujo una idea que suele quedar fuera del relato defensivo: las áreas de seguridad no están para frenar negocio, sino para facilitar el tiempo de comercialización de productos. Ese enfoque resulta especialmente relevante en sectores con operaciones distribuidas, grandes volúmenes de datos de cliente y presión constante sobre costes, experiencia de usuario y eficiencia logística.
Alfonso López-Escobar, jefe de Seguridad de la Información de la Empresa Municipal de Aguas de Málaga, reforzó la idea de que la IA implica riesgo y requiere reglas adaptadas a cada caso. Su intervención trasladó la conversación a la resiliencia: las compañías y administraciones deben saber en cuánto tiempo podrán recuperarse ante un incidente, cómo lo harán y quién les ayudará. No se trata solo de prevenir ataques, sino de asumir que algunos ocurrirán y que la capacidad de respuesta formará parte de la continuidad del servicio.
Antonio Sánchez-Maroto, Cybersecurity Business Development Manager de MasOrange, añadió el elemento cultural: capacitar a todos los empleados para que conozcan la tecnología y la usen de forma responsable. La afirmación puede parecer básica, aunque mantiene plena vigencia. La mayoría de los despliegues tecnológicos fallan menos por ausencia de herramienta que por desajustes entre procesos, personas y expectativas. La IA generativa intensifica ese problema porque introduce interfaces sencillas sobre operaciones técnicamente complejas. Cualquiera puede usarla; no cualquiera entiende sus límites.
Los nombres internacionales amplían el marco del congreso
La jornada inaugural también sirvió para anticipar la presencia de perfiles internacionales y directivos de grandes compañías durante los tres días del encuentro. Por los auditorios pasarán Randi Zuckerberg, emprendedora tecnológica y exdirectora de marketing de Facebook; Yong Dong Hwang, vicepresidente corporativo de Microsoft y presidente del área de investigación y desarrollo de Asia-Pacífico; Fred Sun, director general para Europa de Tencent Cloud; Trevor Monroe, senior program manager en el Banco Mundial; y Stefan Perhuss, investigador en la Universidad de Nueva York y asesor de la Comisión Europea y del World Economic Forum.
La agenda incorpora además directivos de Renault, Airbus, Danone, American Express, LinkedIn, Starbucks, BBVA, Carrefour, Renfe, SEAT y Glovo, entre otras compañías. La diversidad sectorial permite observar un cambio de fase en la digitalización empresarial. La IA ya no se presenta como un asunto exclusivo de departamentos tecnológicos, sino como una capa que afecta a banca, movilidad, industria, gran consumo, distribución, transporte, alimentación, recursos humanos, atención al cliente y operaciones.
Aun así, la amplitud de sectores también puede diluir el análisis si no se aterriza en casos concretos. En la primera jornada, las intervenciones más útiles fueron precisamente las que identificaron problemas operativos: auditoría algorítmica, gobierno del dato, recuperación ante incidentes, capacitación de empleados, digitalización de pequeños municipios o uso de BIM en obra pública. Cuando el discurso se mantuvo en términos de liderazgo, futuro o competitividad, el mensaje resultó más ambiguo. No por incorrecto, sino por demasiado parecido al lenguaje que acompaña a cualquier ciclo tecnológico.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
