Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
Ginebra concentra esta semana una discusión tecnológica que no nace de una nueva ley ni de un acuerdo internacional cerrado. La primera sesión del Global Dialogue on AI Governance , convocada los días 6 y 7 de julio en Palexpo, sitúa la gobernanza de la IA en una fase más política que normativa. Los 193 Estados miembros de Naciones Unidas, junto a empresas, academia, sociedad civil y comunidad técnica, compartirán diagnóstico sin negociar todavía obligaciones vinculantes. Para las compañías que ya usan inteligencia artificial, esa diferencia marca el alcance real del encuentro.
La cita coincide con el World Summit on the Information Society Forum 2026 y con el AI for Good Global Summit de la Unión Internacional de Telecomunicaciones. Naciones Unidas intenta colocar la inteligencia artificial en la cooperación transfronteriza, cuando la capacidad técnica se concentra en pocos países.
Gobernanza de la IA sin un regulador mundial
El Diálogo fue establecido por la Asamblea General de Naciones Unidas mediante la resolución A/RES/79/325, tras el impulso del Global Digital Compact adoptado en 2024 dentro del Pacto para el Futuro. La sesión contará con Annalena Baerbock, presidenta de la Asamblea General, y António Guterres, secretario general de la ONU. La coordinación del Diálogo estará en manos de Egriselda López, representante permanente de El Salvador, y Rein Tammsaar, representante permanente de Estonia.
El Global Dialogue on AI Governance no es un foro negociador y no está diseñado para producir tratados, reglamentos ni compromisos jurídicamente exigibles. Cada sesión concluirá con un resumen de los copresidentes, una fórmula pensada para permitir la participación de todos los países sin las restricciones de una negociación formal. Esa decisión rebaja la expectativa normativa inmediata, aunque aumenta la relevancia política de los consensos que puedan ir apareciendo.
El matiz es especialmente importante para Europa porque mientras la ONU organiza una conversación universal, la Unión Europea avanza por la vía regulatoria. El AI Act entró en vigor el 1 de agosto de 2024 y la Comisión Europea sitúa su plena aplicación el 2 de agosto de 2026, con excepciones. Las empresas españolas no encontrarán en Ginebra una nueva obligación legal directa, pero sí un mapa de prioridades con impacto potencial en estándares, auditoría, reputación y proveedores internacionales.
La ciencia entra en la gobernanza de la IA
El segundo elemento que eleva la relevancia del encuentro es la presentación del informe preliminar del Independent International Scientific Panel on Artificial Intelligence. Este panel, creado también bajo el paraguas de la resolución A/RES/79/325, se define como el primer órgano científico global sobre inteligencia artificial y reúne a expertos independientes de las cinco regiones de Naciones Unidas. Su función no consiste en legislar, sino en aportar una base común de evidencia.
El informe preliminar llega con una advertencia difícil de encajar en los calendarios políticos tradicionales: las capacidades de la IA avanzan más rápido que la comprensión científica y que la capacidad de adaptación de los gobiernos. La evaluación, elaborada por 40 expertos, constituye la primera valoración científica global e independiente de la ONU sobre la tecnología, con un informe más completo previsto para el próximo año. Entre sus alertas figuran la autonomía creciente de algunos sistemas, la dificultad de controlar modelos muy capaces y la dependencia de evaluaciones facilitadas por las propias compañías.
Ese componente científico modifica el tono del debate. La conversación ya no se limita a principios generales sobre innovación responsable. Entran variables operativas: cómo se evalúa un modelo después de su despliegue, qué evidencia necesita un regulador para autorizar o restringir usos y quién dispone de equipos técnicos para auditar sistemas avanzados.
Brecha de capacidad y dependencia tecnológica
Para el lector empresarial, un ángulo relevante está en la desigual distribución de la infraestructura. El acceso a herramientas de IA no garantiza autonomía tecnológica si los modelos, la nube, los datos, la evaluación de riesgos y los estándares de seguridad dependen de terceros.
La evaluación preliminar recoge que más de mil millones de personas usan IA conversacional semanalmente, mientras la adopción en países en desarrollo va por detrás. La misma información atribuye a Estados Unidos el 75% de la capacidad de cómputo entre los 500 principales superordenadores de IA, frente al 15% de China. La concentración no afecta solo a la competencia entre potencias. También condiciona la posición de empresas que consumen modelos avanzados sin poder auditar de forma completa su entrenamiento, sus límites o sus cambios de comportamiento.
En sectores regulados, esa dependencia se traduce en una pregunta operativa: qué evidencia puede exigir una compañía a sus proveedores. Un banco, una aseguradora, un hospital privado, una energética o una empresa industrial que incorpore IA generativa necesitará pruebas sobre supervisión humana, trazabilidad, seguridad, sesgos y explicación de resultados. Si esas evidencias dependen de terceros, la gobernanza deja de ser un documento de cumplimiento y pasa a ser una negociación de arquitectura tecnológica, contratos y responsabilidades.
Derechos humanos, modelos abiertos e interoperabilidad
La agenda temática del Diálogo apunta a siete áreas: sistemas seguros y confiables, creación de capacidades, implicaciones sociales, económicas, éticas, culturales, lingüísticas y técnicas, interoperabilidad de enfoques de gobernanza, derechos humanos, transparencia y supervisión humana, además de software de código abierto, datos abiertos y modelos abiertos. El orden de esos bloques revela una tensión conocida: la IA es infraestructura económica, pero también mecanismo de decisión sobre personas, mercados y acceso a servicios.
Para las empresas españolas, la palabra más práctica es interoperabilidad. Una organización que despliega IA en varios mercados no solo debe cumplir el AI Act europeo. También se enfrenta a marcos sectoriales, guías nacionales, estándares técnicos, exigencias de clientes, certificaciones privadas y expectativas sociales que no siempre usan la misma terminología. Si la ONU reduce fricción conceptual entre jurisdicciones, aunque no dicte normas, puede facilitar comparabilidad en auditorías, compras tecnológicas y gestión de riesgo.
Los modelos abiertos añaden otra capa. En algunos casos, la apertura permite escrutinio, adaptación local y reducción de dependencia. En otros, puede ampliar riesgos si los controles de uso, las evaluaciones de seguridad o los mecanismos de actualización son insuficientes.
La participación de empresas, academia, comunidad técnica y sociedad civil evita que la discusión quede encerrada entre delegaciones diplomáticas. Sin embargo, también introduce una asimetría evidente: buena parte del conocimiento práctico sobre modelos avanzados, cómputo y evaluación de seguridad reside en compañías privadas.
Guterres ha resumido el momento con una frase que funciona como marco político del encuentro: «La cuestión ya no es si la IA transformará nuestro mundo, ya lo está haciendo. La cuestión es si gobernaremos esta transformación juntos o dejaremos que nos gobierne». Las organizaciones están incorporando IA antes de que exista una arquitectura global madura para evaluar, auditar y repartir responsabilidades.
Ginebra no cerrará esa brecha. Tampoco sustituirá al AI Act ni a los estándares técnicos que ya condicionan el despliegue empresarial. Su valor está en otro lugar: reunir a países con capacidades muy distintas, colocar evidencia científica sobre la mesa y empezar a ordenar un lenguaje común sobre riesgos, derechos, infraestructuras y control humano. Para el tejido empresarial español, el mensaje de fondo es menos ceremonial de lo que parece. La gobernanza de la IA se está desplazando desde el cumplimiento interno hacia una cuestión estratégica de dependencia tecnológica, acceso a mercados y confianza operativa.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
