Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
La computación cuántica suele moverse entre dos extremos narrativos. Para algunos, sigue siendo una promesa lejana, más cercana al laboratorio que a la empresa. Para otros, representa la próxima gran plataforma tecnológica, capaz de transformar sectores como la química, los materiales, la energía, la movilidad, la ciberseguridad o las finanzas. Entre ambos discursos hay una pregunta más útil para las empresas y para los responsables públicos: en qué punto real se encuentra hoy esta tecnología.
Esa fue la cuestión de fondo de mi conversación con Jan Goetz, CEO y cofundador de IQM Quantum Computers, durante el EIC Summit 2026 celebrado en Bruselas. Goetz participó en la sesión How to scale in Europe, junto a Iraia Ibarzabal, Chief Growth Officer de Multiverse Computing, y Eileen O’Mara, Chief Revenue Officer de Stripe, en una mesa moderada por Francesca Bria, profesora honoraria del UCL Institute for Innovation and Public Purpose y miembro del EIC Board.
El escenario fue el sitio perfecto para la conversación. El EIC Summit reúne a algunas de las empresas deep tech que Europa considera estratégicas para su futuro tecnológico. En ese marco, hablar de computación cuántica no es hablar solo de ciencia, sino de soberanía industrial, capital de crecimiento, talento, capacidad de fabricación, centros de supercomputación y mercados públicos capaces de acelerar la adopción.
Para La Ecuación Digital, la conversación con Goetz llegó además en un momento especialmente relevante. La agenda de los próximos meses sitúa a las tecnologías cuánticas en el centro de varias conversaciones clave, entre ellas la moderación de la mesa Ritmo cuántico: liderando el futuro en el DigitalES Summit. La pregunta ya no es únicamente qué puede hacer un ordenador cuántico en el futuro, sino qué deben entender hoy las empresas, las administraciones y los centros de investigación para no llegar tarde a una infraestructura que empieza a salir del terreno puramente experimental.
Goetz representa uno de los perfiles más relevantes de esa transición. Físico cuántico, doctorado en circuitos cuánticos superconductores por la Universidad Técnica de Múnich y antiguo Marie Curie Fellow en la Universidad de Aalto, cofundó IQM en 2018. La compañía, nacida en Finlandia, se ha convertido en uno de los actores europeos más visibles en computación cuántica superconductora. IQM desarrolla ordenadores cuánticos full-stack, fabrica sus propios chips, despliega sistemas en centros de datos y supercomputación, y ofrece acceso cloud a sus máquinas.
La conversación empezó con una intención clara: evitar la abstracción habitual sobre la promesa cuántica y aterrizar el debate en el estado real de la industria. Goetz no esquivó la respuesta.
«Tenemos ordenadores cuánticos plenamente funcionales como producto que se puede comprar hoy y que entregamos en centros de datos y centros de supercomputación en todo el mundo», afirmó. «También tenemos sistemas plenamente funcionales en la nube que funcionan 24/7 como una operación cloud normal».
La respuesta de Goetz sitúa la conversación en un terreno menos especulativo. Para él, la computación cuántica ya ha entrado en una fase comercial, aunque eso no significa que haya alcanzado todavía todo su potencial industrial. La tecnología existe como producto, se vende y se instala, pero los casos de uso siguen condicionados por el tamaño de los problemas que las máquinas actuales pueden abordar.
«Puedes ejecutar un algoritmo y obtener la respuesta correcta del sistema, pero estás limitado en el tamaño del problema», explicó. «Si quieres hacer una simulación molecular, estás limitado en el número de átomos que puedes simular en una molécula, pero puedes obtener la respuesta correcta. Si quieres hacer un problema de optimización, por ejemplo optimizar un horario de trenes, estás limitado en el número de trenes y estaciones que puedes incluir en la simulación, pero obtienes la respuesta correcta».
La matización es esencial para entender el momento actual. No se trata de una tecnología inexistente ni de una infraestructura plenamente madura para resolver cualquier problema empresarial. La computación cuántica se encuentra en una fase intermedia, con sistemas operativos y comercializables, pero todavía insuficientes para ejecutar a escala todos los casos de uso que justifican su expectativa.
«Diría que es comercial porque vendemos, hay contratos claros de venta y entregamos un producto bien definido», señaló Goetz. «La gente lo usa también para educación e investigación. El mercado de investigación en supercomputación está creciendo con fuerza año tras año. Desde esa perspectiva, es comercial, pero todavía limitado en los casos de uso».
La entrevista derivó de forma natural hacia Europa. La cuántica es uno de los campos donde el continente puede exhibir una base científica de primer nivel, pero esa fortaleza no garantiza por sí sola liderazgo industrial. La historia tecnológica europea está llena de avances científicos que terminaron generando plataformas, mercados o compañías dominantes fuera de Europa. Goetz reconoce el riesgo, aunque parte de una visión más optimista sobre el punto de partida.
«Creo que estamos en una posición muy fuerte en Europa en tecnologías cuánticas, no solo en computación, también en comunicación y sensórica», afirmó. «La razón es que este campo sale de los laboratorios de investigación y de las universidades, y nosotros tenemos universidades de primer nivel y muchas de ellas».
Esa densidad científica ha creado un ecosistema notable de startups. Según Goetz, «si miras los números, hay más startups cuánticas en Europa que en Estados Unidos». El problema aparece después, cuando esas empresas deben pasar de la investigación al escalado industrial.
«Donde todavía estamos fallando es en la parte de crecimiento y escalado, porque no tenemos los grandes hyperscalers que contribuyen, como ocurre en Estados Unidos, donde todos los grandes gigantes tecnológicos están aportando al ecosistema cuántico», explicó. «Tampoco tenemos todavía suficiente financiación de scale-up para hacer grandes a las compañías. Ese es un reto. Estamos trabajando en ello, pero aún no hemos llegado y hay que hacer más. También tenemos que actuar mucho, mucho más rápido en Europa».
La frase resume uno de los dilemas centrales del EIC Summit. Europa dispone de talento, universidades, investigación y empresas deep tech, pero le cuesta convertir esa base en compañías globales con músculo financiero y capacidad de ejecución industrial. En cuántica, esa dificultad es especialmente relevante porque la carrera exige fabricar chips, desplegar centros de datos, construir cadenas de suministro, desarrollar software y sostener hojas de ruta tecnológicas de largo plazo.
IQM se presenta como una respuesta parcial a ese desafío. Goetz defiende que la compañía ha demostrado que desde Europa se puede competir en un mercado global de alta complejidad.
«IQM es realmente líder global en despliegue de ordenadores cuánticos en centros de datos», afirmó. «Hemos vendido más ordenadores cuánticos como dispositivos on-premise que cualquier otra empresa de la industria. La última cifra es de 23 sistemas vendidos en Europa, pero también en Asia. Hemos vendido en Japón, Corea, Taiwán y en Estados Unidos. Y Estados Unidos es un mercado muy competitivo».
Esa cifra se ha convertido en uno de los argumentos centrales de IQM: no limitarse al discurso de investigación, sino mostrar contratos, instalaciones y despliegues. La compañía sostiene que su diferencia está en haber construido una capacidad industrial completa alrededor de la tecnología superconductora.
«Hemos invertido mucho en la fortaleza industrial necesaria para soportar esto», señaló Goetz. «Operamos nuestra propia fábrica de chips, donde procesamos obleas de silicio. Operamos nuestra propia línea de ensamblaje, donde producimos los ordenadores. Operamos nuestros propios centros de datos para las operaciones cloud».
La ambición, según Goetz, fue deliberada desde el principio. «Creo que a Europa a menudo le falta nivel de ambición, y nosotros dijimos desde el primer día que, si queríamos hacer esto, lo haríamos a lo grande y a una escala capaz de competir globalmente con todos los grandes nombres que se ven ahí fuera».
Ese punto permite entender mejor qué vende IQM. Desde fuera del sector, la computación cuántica puede resultar confusa: ¿se venden máquinas físicas, tiempo de computación en la nube, integración con supercomputación, centros de datos cuánticos o servicios de investigación? En el caso de IQM, Goetz estructura la actividad en dos grandes líneas.
«En general hay dos líneas de negocio en IQM», explicó. «Por un lado, vendemos ordenadores, la máquina física. La entregamos en un centro de datos, la desplegamos allí y luego damos soporte con el servicio posterior. Ahí hacemos la integración, y ese es nuestro producto insignia: ordenadores cuánticos líderes a nivel mundial que vendemos y desplegamos en centros de datos».
La segunda línea es el acceso cloud. «Vendemos tiempo de computación a través de la nube. Para hacer eso necesitas un centro de datos. El ordenador tiene que estar funcionando en algún lugar. Nosotros operamos nuestro propio centro de datos, donde tenemos el ordenador cuántico, lo poseemos, y luego lo conectamos a nuestra propia nube o a otros proveedores de servicios cloud».
Ese centro de datos está en Múnich. Allí, según Goetz, funcionan varios ordenadores cuánticos de manera simultánea. El usuario puede acceder a la plataforma, ver los sistemas disponibles y elegir en cuál quiere ejecutar su algoritmo. «Tienen diferentes procesadores dentro. Algunos tienen más cúbits, otros tienen mejores cúbits. Como usuario final, puedes ir a la nube, ver nuestros sistemas y escoger dónde quieres ejecutar tu algoritmo».
La otra gran cuestión es qué recibe una institución cuando compra un ordenador cuántico. La respuesta de Goetz busca desmontar la idea de que se trata de un equipo de laboratorio extremadamente delicado que exige condiciones excepcionales.
«Es un ordenador plenamente funcional, no un sistema de laboratorio», afirmó. «Lo que necesitas como cliente es electricidad, una conexión de red, algo de agua de refrigeración y espacio. Eso es lo que normalmente tienes en un centro de datos».
Goetz insiste en que la máquina se despliega junto a la infraestructura clásica. «Lo instalamos justo al lado de los racks de servidores. Si el cliente ya está ejecutando GPUs y CPUs en sus racks, nosotros entregamos el sistema al lado. No necesitamos una sala especial. Va allí y funciona 24/7, independientemente del ruido, el calor o lo que genere el resto del centro de datos».
La capacidad de entrega también forma parte de la industrialización. Según Goetz, IQM puede enviar un ordenador cuántico «en torno a seis meses». La construcción física del sistema requiere varios meses, por la complejidad de los componentes y sus plazos de suministro, y la instalación final en el cliente puede llevar varias semanas o algunos meses, según la configuración.
Para España, la conversación tuvo una relevancia específica. IQM anunció en diciembre de 2025, junto a Telefónica, un acuerdo con el Centro de Supercomputación de Galicia, CESGA, para desplegar dos ordenadores cuánticos full-stack: un IQM Radiance de 54 cúbits, diseñado para su integración en entornos de computación de alto rendimiento, y un IQM Spark de 5 cúbits orientado a educación y formación. La entrega estaba prevista para junio de 2026 y suponía la primera instalación de ordenadores cuánticos de IQM en España.
Preguntado por la presencia de IQM en el mercado español, Goetz fue claro. «Sí, hemos desplegado un ordenador cuántico en España. Hay un centro de supercomputación llamado CESGA en Galicia, y allí tienen uno de nuestros sistemas», señaló. También destacó otras actividades de colaboración: «Nos implicamos mucho con la comunidad investigadora. Hemos organizado hackathons, por ejemplo, en la Universidad de Madrid. Hemos colaborado con Telefónica en un acuerdo. Tenemos varias actividades. Tenemos gente en España. Tenemos también un pequeño equipo español. España es para nosotros un mercado clave de cara al futuro».
La referencia es relevante porque sitúa a España dentro de la red europea de infraestructuras cuánticas conectadas a la supercomputación. No se trata únicamente de tener acceso remoto a una máquina, sino de desarrollar capacidades locales, formar talento, integrar flujos híbridos y abrir el uso a investigadores y empresas.
En ese recorrido, el acceso cloud y el despliegue on-premise cumplen funciones distintas. Goetz no los presenta como alternativas excluyentes, sino como respuestas a momentos y necesidades diferentes dentro de una misma trayectoria de adopción.
«Depende de por qué quieres usar el ordenador y cuánto quieres usarlo», explicó. «Si quieres utilizarlo con datos sensibles, quizá no quieras enviarlos por la nube. Si quieres usarlo mucho, básicamente 24/7, financieramente tiene sentido alojar y poseer el ordenador. Si estás dando los primeros pasos en computación cuántica y solo quieres empezar, probablemente sea más fácil hacerlo en la nube, aprender qué significa ejecutar un algoritmo y desarrollar la historia juntos».
Goetz describe la relación con los clientes como un recorrido de largo plazo. La adopción cuántica no se plantea como una compra puntual, sino como un proceso en el que el cliente aprende, desarrolla capacidades y crece junto con la tecnología. «Vemos el recorrido con los clientes como una alianza, un compromiso de largo plazo, y les ayudamos a crecer junto con la tecnología que entregamos», explica.
El modelo cloud también admite distintas fórmulas comerciales. IQM puede trabajar con pago por uso, pero también con contratos que asignan un presupuesto determinado al cliente. En cuanto al precio, Goetz lo compara con los estándares de la computación en la nube. «Uno de nuestros socios cloud es AWS, por ejemplo, y allí usamos el modelo de precios de AWS. La industria tiene que adaptarse a los estándares del mercado también en precios cloud».
La integración con HPC es uno de los puntos más importantes de la entrevista. La computación cuántica suele imaginarse como una tecnología que sustituirá a los ordenadores clásicos, pero Goetz prefiere describirla como parte de una arquitectura híbrida. En su visión, los ordenadores cuánticos convivirán con CPUs, GPUs y superordenadores, aportando capacidad allí donde la complejidad matemática desborda los sistemas clásicos.
«Creemos que la computación cuántica no va a ser una tecnología independiente, sino una forma híbrida de computación integrada en HPC, conectada con GPUs y CPUs», afirmó. «Los ordenadores cuánticos son buenos resolviendo problemas muy, muy complejos que matemáticamente son extremadamente difíciles, a veces imposibles de resolver con los ordenadores actuales, pero todavía no son muy buenos procesando muchos datos en paralelo».
Para explicarlo, Goetz recurrió a una imagen especialmente clara: «Al final tienes diferentes modalidades, GPUs, CPUs y ordenadores cuánticos en el centro de datos, y trabajan juntas como una orquesta. Cada ordenador toca el instrumento en el que es mejor. Las GPUs hacen mucho cálculo numérico y datos paralelos, y los ordenadores cuánticos resuelven los problemas muy complejos».
La clave está en la capa de software que decide qué parte del problema se ejecuta en cada tipo de máquina. «Hay una capa de orquestación por encima, en el lado del software, que toma el problema y dice: esta parte se la doy a las GPUs, y esta otra, que es muy compleja de resolver, quizá se la doy a los ordenadores cuánticos. Luego trabajan juntos».
IQM desarrolla esa capa de orquestación con socios tecnológicos y con los propios centros de HPC. Goetz explica que la compañía no puede hacerlo sola porque debe integrarse con los sistemas clásicos ya existentes. «Siempre hay un socio para GPUs y servidores CPU convencionales. Desarrollamos esa capa de orquestación junto con los socios y también con los centros de HPC, porque ellos ya tienen una pila de software funcionando. Normalmente programan sus ordenadores con schedulers y compiladores avanzados. Tendemos a integrarnos en lo que esos centros de supercomputación y datos ya tienen en marcha».
El modelo híbrido podría parecer una etapa transitoria, necesaria mientras los ordenadores cuánticos ganan capacidad. Goetz, sin embargo, introduce otro criterio: incluso con máquinas tolerantes a fallos, la decisión dependerá también de la economía de cada problema.
«En principio, un ordenador cuántico tolerante a fallos es una máquina de propósito general y podría ejecutar cualquier cosa», explicó. «Pero al final también es una cuestión económica. Si tienes un problema muy grande, pero relativamente barato de resolver, ¿quieres ponerlo en un ordenador cuántico o quizá es más eficiente ejecutarlo con otra modalidad?».
La decisión dependerá de varias métricas: tiempo hasta la solución, coste, consumo energético y precisión. «Puede haber diferentes argumentos por los que la gente ejecute un algoritmo en distintas modalidades», señaló.
Los casos de uso actuales ayudan a entender esa lógica. Goetz evita presentar una lista cerrada de sectores, porque considera que la computación cuántica acabará siendo relevante para cualquier industria. Aun así, menciona algunos ejemplos concretos de trabajo con clientes.
«En el campo de la ciencia de materiales, que probablemente sea uno de los primeros casos de uso para los ordenadores cuánticos, hemos trabajado con Volkswagen en desarrollo de baterías, mejorando la movilidad dentro de las baterías y haciéndolas más eficientes», afirmó. «Hemos trabajado con Siemens en optimización de procesos de producción. Hemos trabajado con compañías de seguros en detección de fraude, en ciberseguridad. Hemos trabajado con el proveedor energético francés EDF en optimización de la red».
La conclusión de Goetz es que las empresas deben empezar antes de que la ventaja cuántica sea evidente para todos. «Es importante que los usuarios finales se impliquen hoy. Habrá una ventaja para los primeros que se muevan. Si como cliente final te implicas hoy, te beneficiarás más que aquellos que todavía dudan y quizá lleguen demasiado tarde».
El concepto de ventaja cuántica es uno de los más utilizados y, al mismo tiempo, más ambiguos del sector. Para un científico, puede significar demostrar que una máquina cuántica supera a una clásica en una tarea determinada. Para un inversor, puede asociarse a una curva de crecimiento. Para una empresa, solo tiene sentido si se traduce en retorno.
Goetz lo define precisamente desde esa lógica. «Al final tiene que haber un retorno de la inversión. Eso es lo importante», afirmó. Pero ese retorno puede adoptar varias formas. «Puede ser financiero. Si eres un banco y haces valoración de opciones, y lo haces más rápido que con un ordenador normal, lo ves inmediatamente en el retorno financiero. Si eres una empresa química y quieres desarrollar una nueva molécula, quizá no te importa tanto que sea un poco más caro si el ordenador cuántico es la única máquina que puede darte la respuesta. Ahí hay retorno de inversión. Si estás muy limitado por la energía y estás dispuesto a esperar más o pagar más, pero quieres reducir el consumo energético, esa puede ser otra forma».
La visión de Goetz sobre la promesa cuántica va más allá de acelerar problemas conocidos. «No se trata tanto de resolver ciertos problemas un poco más rápido. Estamos encantados si podemos hacerlo, pero se trata realmente de avances fundamentales, de resolver problemas que hoy sabemos que nunca podremos resolver con ordenadores basados en transistores».
La explicación entra en el terreno de los límites físicos de la computación clásica. «Hay problemas tan complejos que podemos mostrar matemáticamente que necesitaríamos más transistores que átomos hay en el universo. Nunca construiremos una máquina así. Esa es la verdadera promesa».
Para Goetz, la mejor forma de entender la computación cuántica es como una tecnología de plataforma, no como una herramienta especializada para una lista cerrada de usos. «Hay que mirarla como una tecnología de plataforma para construir algo completamente nuevo, de una forma similar a como Internet cambió nuestra vida. Cuando se inventó Internet, los casos de uso originales tenían que ver con compartir datos científicos de forma descentralizada. Creo que nadie pensaba realmente en banca online, videollamadas y todo eso. Pero era una plataforma. Así hay que pensar en la computación cuántica. Tenemos casos de uso impulsados científicamente ya hoy, pero el potencial real y el impacto real vendrán de casos que hoy ni siquiera soñamos».
La financiación apareció como uno de los grandes asuntos de la conversación. IQM había anunciado en febrero de 2026 sus planes para cotizar en el Nasdaq mediante una fusión con Real Asset Acquisition Corp., una operación que se completó el 2 de julio de 2026. Ese día la compañía comenzó a cotizar en el Nasdaq Global Select Market bajo el símbolo «IQMX», convirtiéndose en la primera empresa europea de computación cuántica listada en una gran bolsa estadounidense. La compañía comunicó entonces una posición de caja proforma de 337 millones de euros.
La entrevista en Bruselas se produjo antes de ese debut bursátil, cuando la operación formaba parte de la siguiente fase de crecimiento. Goetz defendía ya entonces que el acceso a capital a gran escala es una condición imprescindible para competir en tecnologías cuánticas.
«Es superimportante», afirmó. «Es una tecnología muy disruptiva, con implicaciones económicas en todas las industrias, pero también en ciberseguridad y ruptura de códigos. Por eso es muy importante que los gobiernos sean conscientes. El resultado es que todos los grandes gigantes tecnológicos están en la carrera».
En ese punto, la computación cuántica deja de ser solo una oportunidad de mercado y se convierte en una cuestión de soberanía. «En algún momento se convierte también en una cuestión de soberanía. ¿Tenemos acceso a la tecnología? ¿Seremos uno de los líderes?».
La escala de inversión necesaria no permite respuestas pequeñas. «Si queremos competir a escala global con todos esos gigantes tecnológicos, necesitamos activar mucho capital. Se trata de fabricación de chips, de centros de datos, y todos sabemos las sumas que se están invirtiendo actualmente en estos campos. Hablamos de decenas de miles de millones. Eso significa que en Europa, si queremos liderar esta tecnología, no basta con levantar algunas decenas de millones si otros están levantando decenas de miles de millones. Tenemos que hacer mucho más y actuar mucho más rápido».
La lectura de Goetz sobre Europa combina realismo y voluntad. Reconoce la falta de mercados de capital profundos, pero no la utiliza como excusa. «Es un problema», admitió sobre la ausencia de capital a gran escala en Europa. «Pero eso no significa que debamos dejar de intentar resolverlo. Significa que tenemos que trabajar más duro e ir más allá para cambiarlo».
IQM, a su juicio, demuestra que construir una compañía tecnológica global desde Europa es posible. «Primero, muestra que es posible. Somos la compañía que ha vendido más que nadie, y eso sale de Europa», afirmó. «Por supuesto, no es fácil, y nunca es fácil construir una empresa. A veces tenemos que ir por caminos no convencionales. En financiación, si no hay esos grandes fondos disponibles en Europa, eso significa que tenemos que reunir dinero de muchas fuentes y gestionarlo. Para cada problema hay una solución. Solo tenemos que estar empoderados y ser lo suficientemente fuertes para encontrar esas soluciones y ejecutarlas».
La última parte de la conversación volvió al EIC Summit y a la pregunta de qué tendría que ocurrir para que Europa no pierda la oportunidad cuántica. Goetz no reduce la respuesta a IQM. Habla de ecosistema.
«No somos el único actor en cuántica, y se trata de construir un ecosistema», señaló. «Esto es algo que el EIC hace muy, muy bien: apoyar a todos los actores relevantes del ecosistema startup. No se trata solo de crear un caso de éxito. Por supuesto, hago todo lo posible para que IQM sea un caso de éxito, pero es superimportante que todos los demás esfuerzos que tenemos en Europa, que son muy fuertes, también lleguen ahí».
La razón es que la computación cuántica no se construye con una sola empresa. Requiere fabricantes de componentes, proveedores de la cadena de suministro, capas de aplicación, desarrolladores de software, centros de supercomputación, universidades, clientes industriales y capital. «Necesitamos la cadena de suministro, necesitamos fabricantes de componentes, necesitamos las capas de aplicación, necesitamos desarrolladores de software. Todo esto tiene que crecer junto al mismo tiempo».
También el talento entra en esa ecuación. Para Goetz, es «un problema y una oportunidad». Europa, sostiene, cuenta con una base universitaria especialmente fuerte. «Tenemos muchas buenas universidades, y de ahí viene el talento. Deberíamos aprovecharlo mucho más y hacer uso de los talentos muy, muy fuertes que tenemos disponibles en Europa».
La entrevista con Goetz deja una idea clara: la computación cuántica ya no puede entenderse solo como una promesa científica, pero tampoco como una tecnología madura de adopción masiva. Está entrando en una fase más compleja, donde la ventaja no dependerá únicamente del número de cúbits, sino de la capacidad de fabricar sistemas, instalarlos en entornos reales, integrarlos con HPC, formar talento, desarrollar casos de uso y construir ecosistemas alrededor de ellos.
Para Europa, esa transición es decisiva. La ciencia existe. Las startups existen. Los centros de supercomputación existen. La cuestión es si el continente será capaz de escalar todo eso a la velocidad y con el capital que exige una tecnología de plataforma. Goetz lo resume desde la experiencia de IQM: se puede competir desde Europa, pero no con la misma lentitud de siempre.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
