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El futuro tecnológico exige repensar empleo y ciudad

El futuro tecnológico exige repensar empleo y ciudad

  • La inteligencia artificial, la ciudad, la salud mental y la cultura abren un debate sobre cómo preparar empresas y empleo para el futuro tecnológico real.
Congreso internacional "El mundo que viene"

El futuro tecnológico ya no se discute solo en términos de velocidad, automatización o capacidad de cálculo. La conversación empieza a moverse hacia un terreno más incómodo para empresas, instituciones y ciudadanos: qué tipo de trabajo quedará, cómo se diseñarán las ciudades, qué salud mental será posible en entornos hiperestimulados y qué papel tendrá la cultura cuando la tecnología sea capaz de ejecutar cada vez más tareas.

Ese fue el hilo de fondo que atravesó las intervenciones celebradas en Zaragoza en el  Congreso internacional «El mundo que viene» , donde perfiles procedentes de la economía, la arquitectura, la medicina, el deporte, el arte y la empresa abordaron una misma cuestión desde ángulos muy distintos. El resultado no fue una lectura uniforme del futuro. Hubo coincidencias sobre la necesidad de situar a las personas en el centro, aunque también aparecieron tensiones relevantes: entre innovación y exclusión, entre crecimiento urbano e interés público, entre productividad y bienestar, entre regulación tecnológica y responsabilidad empresarial.

La inteligencia artificial ocupó el cierre económico del programa a través del Nobel Christóforos Pissarídis, pero su sombra estuvo presente en buena parte de las sesiones. No como una amenaza aislada, sino como una fuerza que altera la organización productiva, modifica competencias y obliga a revisar la forma en que se preparan trabajadores, empresas e instituciones.

Futuro tecnológico y empleo: menos alarmismo, más adaptación

Pissarídis rechazó una lectura catastrofista sobre la destrucción masiva de empleo. Su planteamiento fue más matizado: la inteligencia artificial no elimina necesariamente el trabajo, sino que transforma tareas, desplaza funciones y genera perfiles nuevos. Ese matiz resulta clave para las empresas españolas, especialmente para aquellas que están incorporando automatización sin haber resuelto aún cómo actualizar las capacidades de sus plantillas.

El economista situó el foco en la formación y en las políticas de acompañamiento. La productividad puede aumentar, pero sus beneficios no se reparten de forma automática. En sectores donde el trato humano, el juicio profesional o el cuidado directo siguen siendo esenciales, la sustitución completa por sistemas automatizados tiene límites claros. Otra cosa es que las tareas administrativas, repetitivas o de análisis básico queden absorbidas por herramientas de IA.

La regulación apareció como uno de los puntos más delicados. Pissarídis estableció una diferencia con el armamento nuclear: las armas pueden contarse y monitorizarse; la inteligencia artificial, no. Esa dificultad técnica convierte la restricción efectiva en un desafío casi inabarcable si se deja solo en manos de los gobiernos. La derivada empresarial es evidente. La responsabilidad sobre el uso de IA no podrá delegarse por completo en la norma. Habrá que decidir internamente qué se automatiza, con qué controles y bajo qué criterios de impacto social.

La ciudad futura se juega en la vivienda y el espacio público

La arquitectura introdujo otro plano del mismo debate. Carlo Ratti, director del Senseable City Lab del MIT, y David Chipperfield, Premio Pritzker 2023, abordaron la ciudad como infraestructura técnica, pero también como construcción social. La tecnología urbana puede optimizar movilidad, energía o servicios, aunque no resuelve por sí sola la pregunta sobre quién puede vivir en la ciudad y en qué condiciones.

Chipperfield alertó de la creciente influencia del capital privado en la planificación urbana y criticó que muchas ciudades se estén construyendo para inversores antes que para ciudadanos. La vivienda social apareció como una ausencia estructural, no como un asunto periférico. En contraste, Ratti defendió corregir errores del pasado antes que seguir expandiendo las ciudades y subrayó el valor del espacio público como lugar de encuentro.

La frase que dejó el arquitecto italiano sintetiza bien el cambio de enfoque: «lo que no puede faltar en las ciudades del futuro son las personas». No es una consigna blanda si se mira desde la gestión urbana. Implica revisar modelos de crecimiento, usos del suelo, rehabilitación, movilidad y acceso a vivienda. También interpela a las empresas, porque la localización del talento depende cada vez más de entornos habitables, conectados y socialmente sostenibles.

Salud mental, hiperestimulación y productividad

El bloque sanitario llevó el debate al terreno del bienestar. Marian Rojas y Pedro Cavadas plantearon una visión alejada de la idea de felicidad permanente como objetivo social. Cavadas calificó esa aspiración de «engaño comercial» y defendió una medicina centrada en aliviar el sufrimiento mediante una empatía real, no meramente declarativa.

Rojas identificó un problema de salud mental vinculado a la hiperestimulación. Su diagnóstico apuntó a una corteza prefrontal anestesiada por el exceso de impactos, con tres consecuencias: huida de la profundidad, rechazo del esfuerzo y polarización del cerebro. La lectura empresarial resulta directa. Las organizaciones piden concentración, criterio y resiliencia a profesionales que operan en entornos diseñados para fragmentar la atención.

La salud mental deja así de ser una cuestión limitada a la consulta médica. Entra en la arquitectura del trabajo, en la gestión del tiempo, en el diseño de reuniones, en la presión de los indicadores y en la cultura de disponibilidad permanente. Prevenir no significa solo ofrecer programas de bienestar. También exige revisar dinámicas operativas que erosionan la capacidad de pensar con calma.

Cultura, criterio y sentido en una economía automatizada

La presencia del pintor Antonio López y de Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen, abrió una derivada menos habitual en debates sobre futuro tecnológico: la cultura como sistema de orientación. López defendió el arte como una necesidad humana y reivindicó una mirada hacia lo cotidiano, incluso hacia aquello que parece menor. También lamentó una deriva del arte contemporáneo hacia temas más individualistas y narcisistas.

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Solana ofreció una lectura más optimista. Señaló la riqueza de un momento artístico en el que conviven múltiples tendencias, medios y ritmos. La tensión entre ambas miradas resulta útil para entender la cultura en una economía tecnificada. La tecnología ejecuta, ordena, mide y acelera. La cultura, cuando funciona, introduce valores, memoria y sentido compartido.

Para las empresas tecnológicas, este punto no es ornamental. La adopción de nuevas herramientas exige criterio, lenguaje común y capacidad de interpretación. Sin esos elementos, la transformación digital corre el riesgo de reducirse a eficiencia operativa sin dirección estratégica clara.

Liderazgo, formación y confianza ante la transformación

La conversación sobre liderazgo incorporó una advertencia práctica. Manuel Pizarro defendió formación, especialización y trabajo como bases para afrontar un mercado global competitivo. Quien no innove ni se prepare quedará fuera, sostuvo. Su intervención conectó con una preocupación extendida en compañías medianas y grandes: la velocidad tecnológica obliga a aprender de forma continua, pero no todas las organizaciones han creado estructuras reales para ello.

Francisco Serrano situó la responsabilidad empresarial en evitar que la transformación tecnológica deje atrás a parte de la sociedad. También defendió que la banca, pese a la digitalización, debe preservar la relación personal cuando las decisiones afectan de forma profunda a la vida de los clientes. La confianza, en determinados momentos, sigue necesitando una figura humana que acompañe y aconseje.

Esa idea enlaza con el mensaje de Teresa Perales y Jesús Calleja, centrado en la superación, la autenticidad y el pensamiento crítico. Ambos alertaron del impacto de ciertos referentes en redes sociales que presentan excepciones como si fueran normalidad. Para los jóvenes, y también para los profesionales en transición, distinguir realidad de ficción se convierte en una competencia básica.

El cierre institucional, con las intervenciones de Jorge Azcón y José Luis Rodrigo, dejó una lectura de continuidad sobre el papel de Zaragoza y Aragón en este tipo de debates. Sin embargo, la sustancia informativa quedó en otro lugar: el futuro exigirá tecnología, sí, pero también vivienda, salud mental, cultura, formación y confianza. Para las empresas, esa combinación plantea una agenda menos cómoda que la simple adopción de herramientas. Obliga a decidir cómo se trabaja, dónde se vive, qué se automatiza y qué vínculo humano merece seguir intacto.

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