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La longevidad preventiva empieza a ocupar un lugar distinto en la agenda económica. Ya no se limita a debates sanitarios sobre envejecimiento, dependencia o gasto público. Un informe del Foro Económico Mundial, elaborado junto a Marsh, calcula que tres intervenciones de bajo coste podrían desbloquear más de 5,8 billones de dólares en ahorros sanitarios y 645.000 millones en ganancias de productividad hasta 2040. El dato central abre una cuestión incómoda para gobiernos y empresas: cuánto valor se pierde cuando salud, empleo y finanzas personales se gestionan como compartimentos separados.
El informe, presentado en Dalian, China, durante la Reunión Anual de los Nuevos Campeones 2026, analiza estrategias de prevención en 21 países. Su enfoque resulta deliberadamente poco espectacular desde el punto de vista tecnológico: adaptar viviendas para evitar caídas, ampliar el acceso a audífonos y financiar programas comunitarios de actividad física. Ninguna de estas medidas depende de una gran plataforma digital, de inteligencia artificial clínica o de terapias avanzadas. Ahí reside parte de su relevancia económica.
La estimación es amplia. Estas tres intervenciones podrían evitar casi 400 millones de caídas en el hogar, 8,5 millones de nuevos casos de diabetes tipo 2 y 2,4 millones de casos de demencia de aquí a 2040. El informe las presenta como una vía para reducir costes sanitarios y, al mismo tiempo, proteger la participación laboral, la capacidad de ahorro y la autonomía de las personas mayores.
Longevidad preventiva y el coste de actuar demasiado tarde
El envejecimiento de la población suele analizarse desde el gasto sanitario o la sostenibilidad de las pensiones. Sin embargo, el informe desplaza el foco hacia una zona intermedia: los costes acumulados por no prevenir deterioros que, en muchos casos, tienen soluciones conocidas. Una caída en casa puede derivar en hospitalización, pérdida de movilidad, necesidad de cuidados y salida parcial o total de familiares del mercado laboral. El episodio clínico inicial es solo una parte de la factura.
La dimensión de género aparece con claridad. Según el análisis, una mujer que dedica un solo año al cuidado de otra persona puede sufrir una reducción del 24% en sus ahorros para la jubilación, al combinarse el tiempo fuera del mercado laboral con la brecha salarial. La cifra apunta a una fragilidad estructural que no se resuelve únicamente desde sanidad. Afecta a recursos humanos, pensiones, seguros, políticas de conciliación y diseño de servicios públicos.
«La longevidad no consiste en hacerse mayor», afirma Haleh Nazeri, responsable de Longevity Economy en el Foro Económico Mundial. Su argumento sitúa la longevidad como un fenómeno económico transversal. «Aprovechar este cambio de varios billones de dólares exige que gobiernos, empresas e individuos empiecen a abordar conjuntamente la salud física y la salud financiera», añade. La traducción operativa para empresas y administraciones es menos abstracta: prevenir determinados riesgos físicos puede tener efectos medibles sobre productividad, costes laborales y resiliencia financiera.
Adaptar viviendas reduce caídas y presión asistencial
La prevención de caídas aparece como el mayor bloque económico del informe. Medidas sencillas, como fijar alfombras, mejorar la iluminación de escaleras o instalar barras de apoyo, podrían evitar casi 400 millones de caídas en el hogar hasta 2040. La inversión inicial global se situaría por debajo de los 400.000 millones de dólares para adaptar viviendas de adultos mayores en riesgo, frente a más de 5 billones de dólares en ahorros sanitarios acumulados.
La comparación es relevante porque muchas políticas de envejecimiento saludable se diseñan alrededor del sistema hospitalario, cuando una parte significativa del riesgo se encuentra en el domicilio. La vivienda funciona aquí como infraestructura sanitaria informal. También como infraestructura laboral, porque una caída grave no solo afecta a quien la sufre. Puede activar necesidades de cuidado que recaen sobre familiares, con impacto directo en horas trabajadas, ingresos y continuidad profesional.
El informe estima que evitar estas caídas permitiría proteger 363.000 millones de dólares en ingresos y seguridad financiera que, de otro modo, se perderían. En Arabia Saudí, por ejemplo, la adaptación del hogar podría prevenir 330.000 caídas hasta 2040 y ahorrar 3.800 millones de dólares en costes sanitarios. El caso ilustra cómo una intervención de bajo contenido tecnológico puede adquirir escala macroeconómica cuando se aplica de forma sistemática.
Para aseguradoras, empleadores y administraciones locales, la lectura tiene una derivada práctica. El retorno no depende únicamente de financiar grandes programas nacionales. También puede emerger de estándares de vivienda, incentivos fiscales, cobertura aseguradora, servicios municipales y protocolos de detección de riesgo en población mayor.
Actividad física contra la diabetes tipo 2
La segunda línea de prevención se concentra en la diabetes tipo 2. El informe calcula que 8,5 millones de nuevos casos podrían evitarse mediante programas comunitarios que promuevan la actividad física, apoyados por la Organización Mundial de la Salud. El coste estimado oscila entre 1 y 40 dólares por persona, una horquilla baja si se compara con el tratamiento acumulado de una enfermedad crónica que afecta a productividad, absentismo y gasto sanitario.
A escala global, esta intervención generaría más de 125.000 millones de dólares en ganancias de productividad y 85.000 millones en ahorros sanitarios. China concentra la mayor oportunidad individual identificada por el análisis: la prevención de la diabetes podría sumar 16 millones de años saludables entre personas de 50 años o más.
El dato chino introduce una clave de escala. La actividad física no se comporta igual como recomendación individual que como política estructurada. Su impacto depende de acceso a espacios seguros, programas comunitarios, diseño urbano, incentivos laborales y seguimiento sanitario. Para las empresas, la frontera entre bienestar corporativo y productividad se vuelve menos decorativa cuando los programas se vinculan a enfermedades crónicas con costes laborales cuantificables.
Aun así, el informe no plantea una solución simple. La adopción sostenida de hábitos saludables exige continuidad, medición y adaptación cultural. La prevención barata puede fracasar si se queda en campañas de comunicación sin capacidad de implementación local.
Audífonos, demencia y autonomía en edades avanzadas
La tercera intervención se centra en la pérdida auditiva y su relación con el riesgo de demencia. El informe recuerda que menos del 20% de los aproximadamente 400 millones de personas con pérdida auditiva tiene acceso a audífonos, según la Organización Mundial de la Salud. Ampliar ese acceso podría evitar 2,4 millones de casos de demencia y generar más de 325.000 millones de dólares en ahorros sanitarios hasta 2040.
El vínculo económico va más allá del diagnóstico neurológico. Los audífonos facilitan comunicación, autonomía y conexión social, tres factores que influyen en la permanencia laboral, la participación comunitaria y la demanda de cuidados. En países de renta alta, la intervención recuperaría por sí sola la totalidad de sus costes, según el informe.
Países Bajos aparece como ejemplo concreto: ampliar el acceso a audífonos podría prevenir más de 8.000 casos de demencia y ahorrar 2.000 millones de dólares al sistema sanitario. El caso resulta especialmente útil para sistemas sanitarios europeos, donde la presión presupuestaria por envejecimiento convive con una alta capacidad de intervención temprana.
Una agenda que cruza salud, trabajo y finanzas
El análisis cubre Brasil, Canadá, China, Colombia, Croacia, Francia, India, Indonesia, Japón, Malasia, México, Países Bajos, Nigeria, Corea del Sur, Arabia Saudí, Singapur, Tailandia, Emiratos Árabes Unidos, Reino Unido, Estados Unidos y Vietnam. La selección combina diversidad regional, niveles de desarrollo y perfiles demográficos, lo que permite comparar intervenciones preventivas en economías con capacidades sanitarias y laborales distintas.
El mensaje institucional del informe es que el dividendo de la longevidad requiere coordinación. Los gobiernos pueden alinear presupuestos de salud, empleo, vivienda y pensiones alrededor de la prevención. Las empresas, especialmente las grandes empleadoras, pueden reforzar programas de actividad física, apoyo a cuidadores y adaptación de puestos de trabajo para plantillas envejecidas. Las aseguradoras y proveedores sanitarios tienen margen para rediseñar coberturas en torno a intervenciones tempranas, aunque ese cambio exige medir beneficios que no siempre aparecen en el mismo balance que soporta el coste inicial.
Pat Tomlinson, presidente y consejero delegado de Mercer, compañía de Marsh, resume el reto en términos de gestión: «La longevidad afecta a cada generación, a cada industria y a cada economía». Su lectura insiste en romper silos entre salud, finanzas y trabajo para mejorar bienestar y crecimiento económico.
La tensión para los próximos años no estará solo en identificar medidas preventivas. Muchas ya existen, son baratas y cuentan con evidencia suficiente para entrar en presupuestos públicos o estrategias corporativas. El punto crítico será quién financia la intervención, quién captura el ahorro y cómo se reparten los beneficios entre sistemas sanitarios, empresas, hogares y personas cuidadoras. Ahí se juega buena parte del valor económico de envejecer con más salud.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
