Estás leyendo
La soberanía desplaza a la IA como gran debate europeo en VivaTech 2026

La soberanía desplaza a la IA como gran debate europeo en VivaTech 2026

  • VivaTech 2026 dedicó su segunda jornada a la soberanía tecnológica europea, con el foco en cloud, datos, energía, jurisdicción e infraestructuras críticas para la IA.
VivaTech 2026

La segunda jornada de VivaTech 2026 dejó un cambio claro de enfoque. Después de un primer día dominado por la inteligencia artificial, los modelos de frontera, los agentes y la promesa de una nueva productividad, el debate se desplazó hacia una cuestión más estructural: quién controla las infraestructuras, los datos, el cloud, la energía, la jurisdicción y las dependencias que hacen posible esa inteligencia artificial.

Durante años, la conversación tecnológica europea ha tenido una cierta tendencia a moverse entre dos extremos. Por un lado, la fascinación por las grandes plataformas globales, casi siempre estadounidenses, capaces de marcar el ritmo de la innovación. Por otro, una apelación recurrente a la soberanía que muchas veces sonaba más política que empresarial, más defensiva que operativa. En VivaTech, sin embargo, esa discusión apareció en un plano mucho más concreto. La soberanía ya no se presentó como una consigna institucional, sino como una condición de continuidad, competitividad y capacidad de decisión para empresas, administraciones e industrias críticas.

Ese cambio de registro fue visible desde las primeras mesas. En el escenario, representantes de grandes empresas tecnológicas, proveedores europeos de cloud, entidades financieras, operadores públicos, asociaciones de startups y compañías globales coincidieron en una idea compartida: la IA ha acelerado la necesidad de revisar las dependencias tecnológicas de Europa. No porque Europa deba cerrarse al mundo, ni porque pueda prescindir de la innovación que llega de Estados Unidos o China, sino porque la concentración de capacidades críticas en manos de unos pocos actores externos empieza a tener consecuencias directas sobre la autonomía de decisión de empresas y gobiernos.

La soberanía, en este contexto, dejó de ser un concepto abstracto. Pasó a definirse en términos muy precisos: dónde están los datos, quién puede acceder a ellos, quién opera la infraestructura, qué legislación se aplica, qué proveedor puede interrumpir un servicio, qué alternativas existen si una relación comercial cambia y cuánto poder de negociación conserva el cliente cuando una parte esencial de su operación depende de un único ecosistema tecnológico.

La IA fue el telón de fondo, pero no el centro del debate. Lo relevante ya no era únicamente qué modelo utilizará una empresa, qué agente automatizará un proceso o qué aplicación generativa ganará tracción en el mercado. Lo relevante era otra capa, menos visible y más determinante: bajo qué infraestructura funcionará esa IA, con qué datos se entrenará o se ajustará, en qué nube se desplegará, bajo qué jurisdicción quedará protegida y qué margen tendrá una organización europea para decidir sobre sus activos digitales.

De la adopción tecnológica al control de dependencias

Uno de los elementos más interesantes de la jornada fue la evolución del lenguaje. La soberanía no apareció como una bandera ideológica, sino como una categoría de gestión del riesgo. Crédit Agricole, por ejemplo, la vinculó a la autonomía estratégica de una entidad que opera sobre una enorme base tecnológica. La banca actual no puede separarse de sus sistemas digitales. Si la infraestructura falla o si una dependencia crítica queda fuera de control, el impacto ya no es solo informático. Es operativo, financiero y reputacional.

Olivier Biton, responsable de transformación tecnológica de Crédit Agricole Group, lo resumió con una frase muy clara: «Hay que saber dónde están tus datos, quién puede acceder a ellos y quién puede apagar tus servicios, y de qué manera».

La declaración ayuda a aterrizar el debate. La soberanía no se limita a tener los datos alojados en una región concreta. Incluye el acceso, la operación, la continuidad, la jurisdicción y las dependencias que pueden afectar a un servicio crítico. Biton añadió además un matiz importante: no todas las dependencias tienen el mismo impacto ni el mismo horizonte temporal. Algunas pueden afectar de forma inmediata a la operación. Otras pueden convertirse en un problema a medio plazo. En ambos casos, la empresa necesita saber qué controla, qué delega y qué capacidad conserva para reaccionar.

Ese enfoque permite entender por qué el debate ha llegado al nivel del consejo de administración. La decisión sobre dónde desplegar una aplicación, qué proveedor de cloud utilizar o cómo gestionar los datos sensibles ya no puede quedar únicamente en manos de los equipos técnicos. Los CIO y los CISO siguen siendo fundamentales, pero la discusión afecta al futuro de la compañía. Afecta a la continuidad del negocio, a la protección de la propiedad intelectual, a la exposición legal, al coste de salida de un proveedor y a la capacidad de responder ante un escenario geopolítico menos previsible.

Benoit Parizet, director general adjunto de Docaposte para el sector público, introdujo una idea especialmente útil: medir la resiliencia digital no solo desde la óptica operacional o legal, sino también desde la dependencia económica. Es decir, analizar la concentración de proveedores, la evolución de precios, el poder de negociación y la capacidad real de cambiar de arquitectura sin asumir costes desproporcionados. Esa dimensión económica suele quedar en segundo plano cuando se habla de soberanía, pero probablemente sea una de las más relevantes para las empresas.

Una organización puede no estar legalmente bloqueada para cambiar de proveedor y, aun así, estar económicamente atrapada por costes de migración, integraciones, contratos, dependencia de servicios propietarios o falta de capacidades internas. La soberanía, planteada así, se parece menos a un manifiesto político y más a una auditoría estratégica. Obliga a inventariar datos, procesos, sistemas, proveedores y escenarios de interrupción. También obliga a distinguir entre cargas críticas y cargas menos sensibles.

No todo necesita el mismo grado de protección. Una empresa puede utilizar servicios globales para determinadas funciones y reservar infraestructuras soberanas para datos críticos, servicios esenciales, propiedad intelectual o actividades reguladas. El debate empieza a madurar cuando abandona el todo o nada y entra en la gestión por capas.

El «kill switch» como símbolo de una nueva etapa

La expresión «kill switch» apareció varias veces durante la jornada. Resume un temor que hasta hace poco parecía remoto y que ahora forma parte de las conversaciones con clientes: qué sucede si una autoridad extranjera, una regulación de exportación, una sanción o una decisión política limita el acceso a un servicio tecnológico esencial. La hipótesis no tiene que materializarse de forma extrema para producir efectos. Basta con que exista como posibilidad creíble para que empresas y gobiernos empiecen a revisar sus planes de continuidad.

La sesión con Oracle fue especialmente reveladora porque puso sobre la mesa la posición de un gran proveedor estadounidense que opera globalmente y que, al mismo tiempo, necesita responder a las preocupaciones europeas. Cormac Watters, EVP & GM de Oracle EMEA, reconoció que este escenario ya forma parte de las conversaciones con clientes de la compañía, aunque lo considere poco probable. Para muchos de ellos, explicó, soberanía significa tres cosas: «Dónde están mis datos, quién opera sobre ellos y qué ley gobierna la operación del centro de datos».

Ese matiz es fundamental. Durante años, muchas conversaciones sobre soberanía se han reducido a la residencia del dato. Tener un centro de datos en Europa es importante, pero no suficiente. Si el proveedor está sujeto a una jurisdicción externa, si las operaciones críticas dependen de personal fuera del territorio, si las actualizaciones se controlan desde otra región o si los términos contractuales dejan poco margen al cliente, la soberanía queda incompleta. La ubicación es una parte del problema, pero no agota la discusión.

Oracle planteó varios niveles de soberanía: cloud público para cargas que no requieren protección reforzada, cloud soberano europeo operado por ciudadanos europeos, y modelos en los que una entidad local, europea o nacional, opera la infraestructura con tecnología de Oracle. En ese último caso, la clave no está solo en la localización física del dato, sino en la operación, la jurisdicción y el gobierno del servicio.

La propuesta de la empresa liderada por Larry Ellison también muestra otra realidad: Europa sigue necesitando tecnología global. Pretender que todas las capacidades críticas se sustituyan de forma inmediata por alternativas europeas sería poco realista. Muchas empresas utilizan aplicaciones, bases de datos, herramientas de productividad, plataformas de IA o servicios empresariales desarrollados por compañías internacionales.

Watters defendió una posición de equilibrio: «Tenemos que mantenernos abiertos a las mejores tecnologías, pero gobernadas de una forma sensata para protegernos y evitar que puedan apagarse con un interruptor».

Ahí emerge una posición más pragmática. Europa no tiene por qué renunciar a los grandes proveedores globales, pero necesita opciones, reglas, interoperabilidad y estructuras contractuales que reduzcan el riesgo de dependencia total. La soberanía no consiste en utilizar siempre tecnología europea. Consiste en conservar la capacidad de elegir, negociar, migrar, auditar y proteger aquello que resulta crítico.

OVHcloud, Docaposte, SAP y la soberanía por capas

Las mesas centradas en cloud soberano permitieron ordenar el debate en tres grandes capas: soberanía del dato, soberanía operacional y soberanía tecnológica. OVHcloud insistió en esa visión. La primera capa remite a quién puede acceder y controlar la información. La segunda, a quién opera la infraestructura. La tercera, a quién controla la pila tecnológica, desde el hardware y la red hasta el software y los servicios superiores.

Sylvie Houliere Mayca, vicepresidenta y directora general de OVHcloud para Francia, Oriente Medio y África, defendió que la soberanía digital ha pasado «de ser un asunto operativo a convertirse en una prioridad estratégica dentro de las organizaciones». Su trayectoria le permitía aportar una lectura particular: antes de incorporarse a OVHcloud trabajó durante cuatro años en AWS. Desde esa experiencia, defendió que las compañías europeas necesitan controlar sus datos y su tecnología.

Para Houliere Mayca, el modelo de OVHcloud se apoya en una integración vertical que incluye diseño, fabricación y operación de centros de datos. Pero su mensaje fue más amplio que una defensa de proveedor. «Hablamos mucho de datos, pero no es suficiente», señaló. La soberanía también depende de tecnologías abiertas, interoperables y reversibles, así como de la capacidad de operar infraestructuras en entornos cloud, on-premise o gestionados por el proveedor según las necesidades del cliente.

En otra mesa, Solange Viegas Dos Reis, Chief Legal Officer de OVHcloud, llevó esa misma idea al terreno jurídico y de gobierno corporativo. «La soberanía es un concepto multidimensional construido alrededor de la libertad de elección», afirmó. Esa definición ayuda a evitar una lectura defensiva del debate. Soberanía no significa utilizar siempre tecnología europea ni rechazar cualquier proveedor global. Significa disponer de alternativas, entender los riesgos, evitar bloqueos innecesarios y decidir qué nivel de control necesita cada activo.

Viegas Dos Reis propuso una metodología concreta: mapear activos, datos y riesgos. Después, evaluar la sensibilidad de cada elemento. Una plataforma de comercio electrónico, una infraestructura sanitaria, un sistema financiero o un entorno de defensa no necesitan el mismo nivel de control. En algunos casos, una solución no soberana puede ser aceptable. En otros, la exposición sería demasiado elevada.

Christian Vrancic, responsable de estrategia de SAP Sovereign Cloud, añadió otro elemento importante: las soluciones empresariales no se deciden únicamente por soberanía. También cuentan la innovación, el coste, el rendimiento, la integración con procesos críticos y la capacidad de operar a escala. Su diagnóstico fue claro: «No hay vuelta atrás. Este es el nuevo escenario y tenemos que encontrar respuestas».

Por eso, en la práctica, muchas arquitecturas serán híbridas. Habrá cloud público, cloud privado, despliegues soberanos, sistemas on-premise y combinaciones adaptadas al nivel de criticidad de cada proceso. El futuro inmediato no parece orientarse a una única arquitectura dominante, sino a una gestión más fina de los distintos grados de control.

Este punto resulta especialmente relevante para la IA empresarial. Los modelos, los agentes y las aplicaciones inteligentes necesitan contexto. Ese contexto vive en sistemas de registro, ERP, CRM, bases de datos, documentos internos, historiales de operaciones, flujos financieros, datos industriales o información de clientes. Si esas capas están desordenadas, dispersas o en manos de proveedores difíciles de gobernar, la adopción de IA se vuelve más frágil.

El problema no es solo entrenar o consumir modelos. Es conectar inteligencia artificial con procesos críticos sin perder control sobre el dato y sin multiplicar dependencias.

Europa tiene piezas, pero todavía no un sistema

Una de las ideas más repetidas fue que Europa no parte de cero. Tiene proveedores de cloud, grandes compañías industriales, software empresarial, talento científico, startups, asociaciones tecnológicas, centros de investigación, ahorro privado, mercado interno y experiencia regulatoria. También tiene empresas capaces de operar en sectores donde la confianza, la continuidad y la seguridad son esenciales: banca, industria, defensa, salud, transporte, energía o administración pública.

Maya Noël, managing director de France Digitale, recordó que Europa cuenta con compañías en todas las capas de la cadena de valor de la IA, desde chips y almacenamiento hasta modelos, servicios y aplicaciones. Su advertencia fue que esas alternativas necesitan clientes, capital y escala para convertirse en opciones realmente competitivas. El talento existe. También hay capital, aunque de forma menos abundante que en Estados Unidos. Lo que falta, según su análisis, es canalizar mejor la demanda y dirigir más recursos hacia la innovación tecnológica europea.

El problema es la falta de escala y coordinación. Francia, Alemania, España, Italia o los países nórdicos pueden tener capacidades relevantes, pero el mercado tecnológico no se gana con campeones nacionales aislados. Varios ponentes insistieron en que Europa sigue fragmentada. Hay normas distintas, compras públicas poco coordinadas, barreras administrativas, dificultades para escalar entre países y una tendencia a pensar todavía en clave nacional cuando la escala mínima de la tecnología es continental.

La compra pública apareció como una palanca decisiva. Si las administraciones europeas siguen adquiriendo de forma mayoritaria servicios digitales a proveedores externos, será difícil crear demanda suficiente para que el ecosistema local crezca. No basta con pedir a las startups europeas que compitan. Hay que darles mercado, referencias, contratos y oportunidades de maduración. Sin clientes exigentes y recurrentes, no hay campeones tecnológicos. Y sin campeones tecnológicos, la soberanía se queda en discurso.

Sebastiano Toffaletti, secretario general de European DIGITAL SME Alliance, formuló el diagnóstico de forma más directa: «La tecnología no es una commodity. La tecnología es poder. Quienes controlan las herramientas tienen el poder».

Su intervención apuntó a uno de los problemas de fondo del mercado europeo. Durante años, muchas organizaciones han comprado tecnología como si fuera una utilidad neutral, guiadas por coste, comodidad o disponibilidad inmediata. Ese criterio ha acelerado la digitalización, pero también ha consolidado dependencias difíciles de revertir.

Toffaletti defendió que Europa no puede limitarse a identificar dos o tres grandes campeones y esperar que sustituyan por sí solos a los hiperescaladores estadounidenses. El problema es más amplio. Los grandes proveedores cloud no ofrecen solo infraestructura. Ofrecen servicios, herramientas, ecosistemas de desarrolladores, integraciones, capas de seguridad, aplicaciones, marketplaces y una red global de capacidades.

La alternativa europea, por tanto, no puede construirse como una copia monolítica. Tiene que apoyarse en un ecosistema federado, interoperable y distribuido, donde grandes compañías, pymes tecnológicas y startups puedan combinarse para ofrecer soluciones competitivas. Esa visión no es solo industrial. También es de resiliencia. Un sistema más distribuido puede ser menos vulnerable a fallos únicos y a dependencias excesivas.

El papel de las grandes corporaciones también fue cuestionado. No se puede pedir soberanía solo a Bruselas ni esperar que una regulación resuelva el problema. Las empresas europeas tienen capacidad de compra, datos, procesos, proveedores y poder de arrastre. Si orientan una parte de su demanda hacia alternativas europeas cuando esas alternativas son competitivas, pueden ayudar a crear escala. Si se limitan a elegir siempre la opción dominante por comodidad, inercia o menor fricción inicial, contribuyen a reforzar la dependencia que luego denuncian.

Este punto fue formulado con claridad en varias intervenciones: la soberanía requiere más trabajo por parte de los compradores. Exige analizar alternativas, diseñar arquitecturas multicloud, evitar bloqueos innecesarios, invertir en capacidades internas y asumir que el coste de una dependencia no siempre aparece en la factura inicial. A veces se manifiesta años después, cuando migrar ya es caro, cuando una subida de precios resulta difícil de evitar o cuando una decisión externa cambia las reglas del juego.

La industria como ventaja europea

Aunque la jornada estuvo dominada por la soberanía, la mesa sobre IA industrial aportó una conexión directa con el posicionamiento europeo. Moderada por Jennifer Schenker, fundadora y editora jefe de The Innovator, reunió a Marjorie Janiewicz, Chief Revenue Officer de Mistral AI; Sebastian Steinhaeuser, miembro del comité ejecutivo y Chief Operating Officer de SAP; Cedrik Neike, Chief Technology Officer de Siemens; y Jens Holtinger, Chief Technology Officer de Volvo Group.

Si la primera ola de la IA estuvo muy asociada al consumo, a los chatbots y a las plataformas digitales, la siguiente fase puede desplazarse hacia fábricas, cadenas de suministro, ingeniería, vehículos, energía, sistemas de producción y procesos complejos. En ese terreno, Europa conserva activos relevantes.

Janiewicz conectó directamente esa ventaja industrial con la soberanía del dato. «Es el momento para que las compañías industriales europeas conviertan sus datos y su propiedad intelectual en una ventaja», defendió. El mensaje es relevante porque desplaza el debate desde la protección hacia la creación de valor. Los datos industriales europeos no solo deben preservarse. También pueden convertirse en una base de diferenciación si se integran en modelos, agentes y aplicaciones desplegadas bajo arquitecturas gobernadas.

Siemens, SAP, Volvo y Mistral coincidieron en que el conocimiento industrial, los datos técnicos, las simulaciones, los sistemas de ingeniería y el dominio de procesos pueden convertirse en una ventaja si se integran correctamente con IA. No se trata solo de construir modelos, sino de aplicarlos sobre problemas específicos donde el contexto y la precisión importan. El diseño de chips, la fabricación avanzada, la logística, el mantenimiento, la gestión financiera, el cierre contable o la automatización de procesos industriales son ejemplos en los que la IA necesita mucho más que capacidad generativa.

Cedrik Neike, CTO de Siemens, rebajó el entusiasmo sobre la idea de que la IA pueda sustituir cualquier capa de software. Recordó que en ámbitos como el diseño de microchips, donde un error puede tener costes enormes, los sistemas deterministas seguirán siendo imprescindibles. Su lectura fue clara: la IA transformará la interfaz y ampliará el mercado del software, pero no eliminará la necesidad de sistemas robustos y verificables.

Neike aportó además una lectura muy práctica sobre la adopción. La compañía está aplicando IA en diseño de microchips, fabricación avanzada y procesos internos, incluida una nueva planta en Erlangen. Su conclusión fue clara: «No digas a otros cómo hacerlo. Pruébalo en tu propia organización y luego replícalo». En una jornada dominada por grandes conceptos, esa idea aterrizó la soberanía y la IA en el terreno de la ejecución empresarial.

Te puede interesar
Nace SQuA para impulsar las tecnologías cuánticas en España

Sebastian Steinhaeuser, COO de SAP, insistió en que la adopción de IA a escala requiere contexto empresarial, datos de negocio y gobernanza de nivel corporativo. No es solo una cuestión de modelos. Es una cuestión de sistemas, procesos y control. En su visión, el software empresarial no desaparece, pero cambia su interfaz. Los sistemas de registro seguirán siendo esenciales. Lo que cambiará será la forma de interactuar con ellos, cada vez más mediada por agentes.

Jens Holtinger, CTO de Volvo Group, introdujo una advertencia desde la industria de vehículos comerciales. Europa sigue teniendo una base industrial fuerte, pero la adopción de nuevas tecnologías exige energía, infraestructura, baterías, redes de carga y planificación. Su comparación entre la electrificación del transporte y el despliegue de la IA fue especialmente útil. La tecnología por sí sola no transforma un sector si el ecosistema que la rodea no está preparado.

Ese paralelismo ayuda a entender el momento europeo. La soberanía tecnológica no se puede construir solo con startups, ni solo con regulación, ni solo con grandes empresas. Requiere una política industrial capaz de conectar infraestructura, energía, financiación, compra pública, talento y mercado. Europa tiene muchas piezas sueltas. La dificultad está en ensamblarlas a tiempo.

Energía y centros de datos: la soberanía también es física

La conversación sobre soberanía digital suele parecer intangible, pero la IA la está devolviendo al terreno físico. Los centros de datos ocupan suelo, consumen electricidad, necesitan agua o sistemas avanzados de refrigeración, requieren permisos, dependen de redes eléctricas y generan rechazo social cuando se perciben como instalaciones que consumen recursos sin aportar beneficios locales claros.

Watters, de Oracle, explicó que el futuro combinará grandes centros para entrenamiento de modelos con infraestructuras más pequeñas para inferencia cerca de los datos del cliente. Ese desplazamiento tiene sentido empresarial. Si una compañía quiere usar un gran modelo con sus propios datos, mover todos esos datos hacia una nube pública puede ser ineficiente o inviable por regulación. Acercar la inferencia al dato reduce latencia, riesgo y complejidad.

Pero ese modelo multiplica la necesidad de infraestructura distribuida. Y ahí Europa se enfrenta a una restricción central: la energía. Varios ponentes señalaron que los costes eléctricos europeos, la lentitud de los permisos y la fragmentación de la planificación dificultan competir con Estados Unidos o China.

No habrá soberanía de IA sin capacidad de cómputo. No habrá capacidad de cómputo sin centros de datos. Y no habrá centros de datos competitivos sin una estrategia energética coherente.

La sostenibilidad apareció, por tanto, como parte de la misma discusión. No basta con construir más capacidad. Hay que decidir dónde ubicarla, cómo alimentarla, cómo refrigerarla, cómo aprovechar el calor residual, cómo evitar la saturación de redes locales y cómo integrar a los gobiernos en una planificación más realista. La infraestructura digital empieza a parecerse a una utilidad básica. Como la electricidad, las telecomunicaciones o el transporte, condiciona la competitividad de todo lo demás.

Open source y diversificación de cestas

La conversación con Joe Tsai, chairman de Alibaba, introdujo otra capa: el papel del open source como vía de soberanía. Su argumento fue directo. Un modelo abierto puede descargarse, desplegarse en infraestructura propia, ajustarse con datos internos y operar dentro del perímetro de una organización. Eso reduce la dependencia de una API cerrada y evita que datos sensibles viajen hacia entornos que la empresa no controla.

El planteamiento resulta atractivo para Europa, pero también obliga a matizar. Utilizar modelos abiertos de origen chino no elimina la dependencia geopolítica, solo la diversifica. El propio argumento reconocía esa limitación: no se puede confiar ciegamente en ningún gobierno externo. La ventaja de los modelos abiertos está en que permiten separar parcialmente el software de su proveedor original, siempre que las licencias, las capacidades internas, la infraestructura y la gobernanza lo permitan.

Ese enfoque conecta con una idea más amplia: Europa necesita varias cestas. Durante demasiado tiempo, buena parte de sus huevos digitales han estado en una sola. La diversificación no equivale a soberanía plena, pero reduce exposición. Combinar proveedores europeos, modelos abiertos, arquitecturas reversibles, cloud híbrido, estándares comunes y capacidades internas puede dar a empresas e instituciones más margen de maniobra.

El open source, aun así, no resuelve por sí solo el problema. Mantener modelos, operarlos de forma segura, ajustarlos con datos propios, monitorizar resultados y cumplir regulación exige talento y recursos. Las organizaciones que quieran independencia deberán invertir también en conocimiento interno. La soberanía no se compra únicamente como un producto. Se construye como una capacidad.

Agentes de IA: el futuro del trabajo también necesita gobierno

La mesa de OpenAI y Openfield fue la más orientada al futuro de los agentes. Su valor dentro de esta crónica no está tanto en volver a explicar el salto de la IA generativa a la IA agéntica, ya abordado en la primera jornada, sino en mostrar por qué la soberanía será más importante a medida que los agentes se integren en el trabajo diario.

Los agentes ya no se presentan solo como herramientas para programadores. Empiezan a organizar correos, preparar reuniones, consultar documentos, interactuar con Slack, Notion o Google Docs, ejecutar tareas recurrentes, generar código, revisar información financiera y actuar como asistentes especializados. Si esa evolución continúa, buena parte de la actividad empresarial pasará por sistemas capaces de acceder a contexto interno, tomar decisiones parciales y ejecutar acciones.

Eso cambia el perímetro de riesgo. Una cosa es utilizar un chatbot para redactar un texto o resumir un documento. Otra muy distinta es permitir que un agente opere sobre sistemas internos, consulte datos de negocio, ejecute código, modifique archivos, prepare análisis o interactúe con clientes y proveedores. A partir de ese momento, la seguridad, la trazabilidad, la observabilidad y el control dejan de ser añadidos. Se convierten en condiciones de adopción.

OpenAI habló de agentes que supervisan a otros agentes, de controles verificables y de integración con el contexto adecuado. Esa parte es relevante porque muestra que la nueva interfaz del trabajo no puede desplegarse sin gobierno. La empresa que adopte agentes sin revisar permisos, datos, flujos y responsabilidades puede reproducir con IA los mismos problemas de automatización mal gobernada que ya se vieron en generaciones anteriores de tecnología empresarial, solo que a mayor velocidad.

La soberanía como nueva conversación económica europea

El saldo de la jornada es claro: VivaTech 2026 ha situado la soberanía tecnológica en el centro del debate europeo. La IA sigue siendo el gran acelerador de la transformación, pero la conversación madura cuando se desplaza hacia las condiciones que permiten desplegarla con seguridad, escala y autonomía.

Europa no parece estar buscando un aislamiento tecnológico. Tampoco tiene margen para hacerlo. Sus empresas necesitan seguir utilizando las mejores herramientas disponibles, estén donde estén. Pero la dependencia acrítica ha dejado de ser una opción prudente. Como insistieron Solange Viegas Dos Reis desde OVHcloud, Christian Vrancic desde SAP, Cormac Watters desde Oracle y Sebastiano Toffaletti desde European DIGITAL SME Alliance, el debate ya no se reduce a elegir entre proveedores europeos o estadounidenses. El verdadero cambio está en recuperar margen de decisión sobre las capas críticas de la economía digital.

La soberanía que se discutió en VivaTech no es una invitación a cerrar puertas, sino a recuperar capacidad de negociación. Significa saber qué activos son críticos, qué proveedores concentran demasiado poder, qué datos no deben salir de determinados entornos, qué jurisdicciones introducen riesgos, qué cargas pueden operar en cloud público y cuáles necesitan garantías adicionales. Significa también invertir en alternativas europeas cuando existan, crear demanda para que mejoren y construir un mercado continental menos fragmentado.

La segunda jornada dejó así una lectura más sobria que espectacular. Después del entusiasmo por los modelos y los agentes, llegó el turno de las capas menos visibles: los centros de datos, la energía, la jurisdicción, la operación, la compra pública, los sistemas empresariales, los datos industriales y la gobernanza. Puede parecer una conversación menos brillante, pero probablemente sea la más decisiva para Europa.

Porque la competitividad tecnológica europea no dependerá solo de participar en la carrera de la IA. Dependerá de controlar suficientes partes de la infraestructura para no correr siempre en pista ajena.

Ver Comentarios (0)

Leave a Reply

Utilizamos cookies para facilitar la relación de los visitantes con nuestro contenido y para permitir elaborar estadísticas sobre las visitantes que recibimos. No se utilizan cookies con fines publicitarios ni se almacena información de tipo personal. Puede gestionar las cookies desde aquí.   
Privacidad