Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
La transformación digital ha dejado de ser solo una conversación sobre eficiencia empresarial, modernización administrativa o adopción tecnológica. En la presentación de la 40ª edición del Encuentro de la Economía Digital y las Telecomunicaciones de AMETIC, el mensaje de fondo fue más amplio: la digitalización empieza a ocupar en España el mismo espacio estratégico que la energía, la industria o la defensa.
El evento, que se celebrará del 31 de agosto al 2 de septiembre en Santander, dentro de los cursos de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, cumple cuatro décadas en un momento especialmente significativo para el sector tecnológico. No solo por la aceleración de la inteligencia artificial, la presión competitiva de Estados Unidos y China o el debate europeo sobre soberanía tecnológica. También porque la agenda digital española entra en una fase distinta, más exigente y menos declarativa: la de convertir capacidades, inversiones, infraestructuras y talento en impacto económico real.
Francisco Hortigüela, presidente de AMETIC, lo resumió durante la presentación con una idea que va más allá del propio encuentro: «Desde hace dos o tres años hay tres ejes estratégicos en todos los países: la digitalización, la energía y la defensa». La frase es relevante porque desplaza el debate desde el terreno habitual de la transformación digital hacia una dimensión más estructural. La tecnología ya no se interpreta solo como una palanca de competitividad para las empresas, sino como una condición para la autonomía, la productividad y la resiliencia de cualquier país.

Ese cambio de escala es el verdadero contexto de Santander40
Durante años, la digitalización se explicó principalmente desde sus beneficios operativos: automatizar procesos, reducir costes, mejorar servicios, abrir nuevos canales, ganar eficiencia. Ese marco sigue siendo válido, pero resulta insuficiente para interpretar el momento actual. La inteligencia artificial necesita datos, capacidad de cómputo, infraestructuras, energía, talento, seguridad, regulación y modelos de financiación. La defensa depende cada vez más de capacidades digitales. La salud, la justicia, la movilidad, la industria, la educación o la administración pública se reorganizan alrededor de plataformas, algoritmos, conectividad y datos.
La digitalización ha pasado de ser una herramienta transversal a convertirse en una infraestructura de país.
Competitividad, productividad y soberanía
La 40ª edición del encuentro de AMETIC llega con un lema de aniversario, «40 años impulsando el crecimiento social y económico de España», pero la agenda que se ha presentado mira menos al pasado que a los próximos años. La primera jornada estará dedicada a «Competitividad, liderazgo tecnológico y estado de bienestar para una España Digital». La segunda abordará «La IA como motor de transformación país». La tercera se centrará en «Tecnologías estratégicas para una Europa de futuro y financiación».
La secuencia no es casual. Competitividad, inteligencia artificial, tecnologías estratégicas y financiación forman ya una misma conversación. El reto no consiste solo en adoptar tecnología, sino en decidir qué capacidades quiere desarrollar España, qué papel quiere jugar dentro de Europa y cómo puede convertir su posición digital en crecimiento económico, empleo cualificado, autonomía industrial y mejor funcionamiento de los servicios públicos.
Hortigüela situó el contexto europeo de forma directa: «Europa está creciendo, pero necesita acelerar el ritmo para cerrar la distancia que aún nos separa de otras potencias como Estados Unidos y China». La comparación con esas dos regiones se ha convertido en un lugar común en casi todos los debates tecnológicos, pero en este caso introduce una cuestión de fondo: Europa no parte de cero, pero compite con economías que están movilizando capital, industria, regulación y demanda pública con mayor velocidad.
En ese escenario, España aparece en una posición ambivalente. Ha avanzado en conectividad, digitalización administrativa, despliegue de infraestructuras, cloud, ciberseguridad, emprendimiento tecnológico y atracción de proyectos vinculados a centros de datos. También arrastra debilidades conocidas: baja productividad, fragmentación empresarial, dificultad de escalado, dependencia tecnológica exterior, ejecución compleja de fondos públicos y una distancia persistente entre investigación, industria y mercado.
Santander40 puede leerse como una fotografía de ese punto intermedio. España ya no discute si la tecnología importa. El debate se ha desplazado hacia cómo se ejecuta, quién la financia, qué sectores la incorporan con impacto, qué capacidades quedan dentro del país y qué papel puede jugar en la agenda europea.
La IA obliga a reorganizar el debate
La inteligencia artificial ocupa el centro de la segunda jornada del encuentro, pero AMETIC intenta situarla en un plano más operativo que aspiracional. Celestino García, director general de la patronal desde hace siete meses, declinó hacer balance de esta primera etapa en el cargo tras una pregunta de La Ecuación Digital posterior a la presentación del encuentro y centró el mensaje en la agenda de Santander40. Según explicó durante su intervención, el objetivo será mostrar cómo la IA se está aplicando en sectores concretos y en determinadas áreas de la administración pública.

La importancia de este enfoque está en el cambio de conversación. La IA ya no puede tratarse únicamente como una tecnología emergente o como un catálogo de casos de uso. Su adopción real depende de la calidad del dato, de la capacidad de integración con sistemas existentes, de la gobernanza, de la ciberseguridad, del cumplimiento normativo, de la disponibilidad de talento y de la capacidad de las empresas para absorber el cambio.
En las grandes organizaciones, el problema ya no suele ser descubrir que la IA existe, sino decidir dónde aporta valor, cómo se integra en procesos críticos y qué riesgos introduce. En las pymes, el reto es distinto: probar, aprender, crecer y evitar que la inteligencia artificial se convierta en una nueva brecha entre empresas con músculo inversor y empresas que operan con márgenes estrechos, escaso personal especializado y poca capacidad para asumir proyectos complejos.
Por eso resulta relevante que el programa incluya una mesa específica sobre «IA y pyme. Probar, aprender y crecer». España es un país de pequeñas y medianas empresas. Cualquier agenda tecnológica que no resuelva su adopción en ese segmento corre el riesgo de quedarse en un debate de grandes corporaciones, administración y proveedores tecnológicos.
La IA también obliga a revisar el papel de la administración. La digitalización de la Justicia, la función pública, el dato público y el sandbox de inteligencia artificial forman parte de una misma discusión: cómo puede el Estado utilizar tecnología avanzada sin perder garantías, transparencia, seguridad jurídica ni confianza ciudadana. El reto no es menor. La administración puede actuar como usuario, regulador, comprador, dinamizador de mercado y generador de confianza. Pero para hacerlo necesita capacidades internas, colaboración con el sector privado y mecanismos de ejecución más ágiles que los tradicionales.
Los centros de datos como nueva infraestructura industrial
Uno de los elementos más interesantes de la presentación de Santander40 fue la forma en que Celestino García se refirió a los centros de datos. Los definió como «las nuevas fábricas, las nuevas industrias». La expresión resume una transformación que empieza a ser visible en España: la infraestructura digital deja de ser algo abstracto y se convierte en suelo, energía, inversión, conectividad, permisos, fiscalidad, empleo, impacto territorial y planificación pública.
La nube, la IA, los servicios digitales, la administración electrónica, el comercio online, la ciberseguridad o la analítica avanzada necesitan capacidad física. Necesitan centros de datos. Y esos centros de datos necesitan energía disponible, redes, refrigeración, suelo, capital, seguridad y una relación razonable con los territorios donde se implantan.
Este punto es especialmente importante porque conecta la agenda digital con la agenda energética e industrial. Durante años, buena parte del discurso tecnológico se presentó como si la economía digital fuera ligera, inmaterial o casi deslocalizada. La realidad actual muestra lo contrario. La IA consume cómputo. El cómputo consume energía. La energía exige planificación. Y la planificación exige decisiones políticas, empresariales y territoriales.
España ha empezado a posicionarse como destino relevante para centros de datos por su conectividad, su situación geográfica, su potencial energético y su papel como nodo entre Europa, África y Latinoamérica. Pero esa oportunidad no se consolidará automáticamente. Requiere capacidad de ejecución, coordinación entre administraciones, disponibilidad energética, seguridad regulatoria y una estrategia clara sobre qué tipo de valor se quiere capturar.
No basta con alojar infraestructura. La cuestión relevante es si esa infraestructura ayuda a construir tejido tecnológico, atraer talento, impulsar servicios avanzados, reforzar la soberanía digital y mejorar la competitividad de otros sectores. La diferencia entre ser un territorio de paso para grandes infraestructuras o convertirse en un nodo estratégico de la economía digital dependerá de esa capacidad de generar valor alrededor.
Por eso resulta acertado que AMETIC sitúe en sus «Ecosistemas conectados» una conversación específica sobre la cadena de valor de los centros de datos, con la participación prevista de actores del real estate, la energía y los hiperescalares. Es ahí donde se empieza a ver que la digitalización ya no puede separarse de la política industrial.
Tecnologías estratégicas: cuántica, espacio, semiconductores y defensa
La tercera jornada del encuentro estará dedicada a las tecnologías estratégicas para una Europa de futuro y a la financiación. En la agenda aparecen deep tech, espacio, tecnologías cuánticas, criptografía postcuántica, financiación de la innovación y presentación del Barómetro de la Economía Digital 2026.
Este bloque es clave porque aborda una de las grandes debilidades europeas: convertir buena ciencia en industria competitiva. Europa mantiene una posición relevante en investigación, talento y regulación, pero sigue teniendo dificultades para escalar compañías tecnológicas globales, movilizar capital suficiente y transformar conocimiento científico en productos, plataformas y capacidades industriales de gran impacto.
España comparte ese problema europeo, aunque con sus propias particularidades. Tiene centros de investigación relevantes, universidades con talento, empresas tecnológicas especializadas y una presencia creciente en ámbitos como cuántica, fotónica, espacio, ciberseguridad o infraestructuras digitales. Sin embargo, la distancia entre laboratorio, producto, financiación y mercado continúa siendo uno de los grandes puntos débiles.
La inclusión de la estrategia deep tech española, la presencia de la SETT, la financiación con CDTI, ENISA y el Banco Europeo de Inversión, y la conversación sobre empresas participadas apuntan precisamente a esa transición: del conocimiento a la industria. El reto no es solo invertir en tecnología avanzada, sino seleccionar prioridades, sostenerlas en el tiempo, escalar empresas y vincularlas con demanda real.
En paralelo, las tecnologías duales aparecen como uno de los debates de tarde. No es un asunto menor. La frontera entre uso civil y uso militar de muchas tecnologías se ha vuelto más difusa. Inteligencia artificial, comunicaciones seguras, satélites, ciberseguridad, robótica, sensores, análisis de datos, computación avanzada o criptografía postcuántica tienen aplicaciones empresariales, públicas y defensivas.
La guerra en Ucrania, la tensión geopolítica, la carrera por la IA y la revisión de las dependencias tecnológicas han acelerado este debate en Europa. España tendrá que decidir qué papel quiere jugar en esa agenda. Puede limitarse a comprar capacidades desarrolladas fuera o puede intentar construir una parte de la cadena de valor en colaboración con sus empresas, centros tecnológicos, universidades y administraciones.
AMETIC ha creado una comisión específica sobre tecnologías duales y en Santander prevé abordar el tema con financiación pública y privada, altos mandos de los tres ejércitos, fuerzas de seguridad del Estado y empresas. La composición del debate muestra hasta qué punto la digitalización ha desbordado el marco clásico de la empresa tecnológica.
La vivienda entra en la conversación digital
Uno de los movimientos más interesantes de la agenda es la inclusión de la vivienda dentro del bloque de ciudades y territorios inteligentes. Durante mucho tiempo, las smart cities se asociaron a sensores, movilidad, eficiencia energética, alumbrado, plataformas urbanas o servicios digitales municipales. Sin embargo, la vivienda se ha convertido en una de las mayores preocupaciones sociales y económicas de España.
Incorporarla al debate digital puede ser útil si se evita el tecnosolucionismo. La digitalización no resolverá por sí sola el problema de acceso a la vivienda, que depende de suelo, regulación, oferta, demanda, financiación, fiscalidad, salarios, turismo, inversión y políticas públicas. Pero sí puede aportar herramientas en planificación urbana, análisis de datos, gestión del parque disponible, tramitación administrativa, eficiencia energética, rehabilitación, movilidad asociada y diseño de servicios urbanos.
Este punto refleja una tendencia más amplia: la tecnología empieza a medirse por su capacidad de intervenir en problemas reales. Salud, vivienda, justicia, defensa, productividad, educación o territorio son ámbitos donde la digitalización solo tiene valor si mejora resultados concretos. Ya no basta con desplegar plataformas o incorporar soluciones. El criterio empieza a ser más exigente: impacto, adopción, eficiencia, confianza y sostenibilidad.
Ese enfoque conecta con la intervención de Isabel Puig, directora de Coordinación Institucional de Banco Santander España, que defendió que la tecnología «no es un fin en sí mismo», sino una herramienta cuando ayuda a las empresas a crecer, a ser competitivas y a mejorar la vida de las personas. Es una afirmación sencilla, pero marca una diferencia importante frente al discurso tecnológico más autorreferencial.
España como puente entre Europa y Latinoamérica
Otra de las líneas que AMETIC quiere reforzar en esta edición es el papel de España como puente entre Europa y Latinoamérica. La intención es ampliar la retransmisión y la conversación hacia países latinoamericanos, especialmente en los bloques de tarde, aprovechando el formato híbrido y la diferencia horaria.
Este ángulo tiene más recorrido del que aparenta. España puede aspirar a jugar un papel relevante en la conexión entre ambos espacios si combina idioma, relaciones empresariales, afinidad institucional, presencia de multinacionales, ecosistema tecnológico y marco regulatorio europeo. Pero ese papel no está garantizado. Requiere propuesta de valor, capacidad de coordinación y una visión más ambiciosa que la mera intermediación cultural.
La inteligencia artificial, la ciberseguridad, la identidad digital, la economía del dato, las infraestructuras cloud, la educación tecnológica, las fintech, la salud digital y la digitalización de administraciones son ámbitos donde la relación Europa-Latinoamérica puede ganar profundidad. España puede actuar como nodo de esa conversación, pero necesita hacerlo desde capacidades concretas, no solo desde proximidad histórica o lingüística.
La regulación será uno de los terrenos clave. Europa está construyendo un marco normativo digital amplio, con impacto en inteligencia artificial, datos, ciberseguridad, plataformas, resiliencia, identidad digital y servicios digitales. Latinoamérica avanza con ritmos distintos, pero observa con atención muchos de esos debates. España puede contribuir a traducir esa agenda regulatoria en oportunidades empresariales, estándares de confianza y colaboración tecnológica.
De la conversación a la ejecución
Santander40 contará con más de 120 ponentes nacionales e internacionales y más de 20 mesas, diálogos y ponencias. La cifra confirma la dimensión del encuentro, pero no debería ser el dato más relevante. Lo importante es qué tipo de conversación refleja.
La agenda muestra una tecnología menos aislada y más conectada con los grandes vectores de país: competitividad, productividad, IA, infraestructuras, defensa, salud, vivienda, financiación, deep tech, territorio, Europa y Latinoamérica. Es una conversación más compleja, pero también más realista.
El riesgo, como ocurre en muchos foros sectoriales, es que el diagnóstico sea más sólido que la ejecución posterior. España no necesita solo identificar bien los retos. Necesita priorizarlos, financiarlos, gobernarlos y medirlos. Necesita convertir agendas en planes, planes en proyectos y proyectos en resultados. Necesita que la colaboración público-privada no sea una fórmula retórica, sino un mecanismo operativo capaz de reducir fricción, acelerar inversiones y generar capacidades.
AMETIC presentará en el encuentro su Barómetro de la Economía Digital 2026, una herramienta que permitirá medir la contribución del sector al PIB y detectar retos y oportunidades de digitalización. Ese ejercicio será especialmente relevante si ayuda a separar percepción y realidad. España ha avanzado mucho en algunos indicadores digitales, pero sigue teniendo tareas pendientes en productividad, escalado empresarial, transferencia tecnológica, industrialización de la innovación y adopción tecnológica en pymes.
El aniversario de Santander puede dar pie a una lectura retrospectiva. Cuarenta años permiten medir la evolución de un sector que pasó de ser especializado a convertirse en transversal. Pero la lectura más interesante es prospectiva. Los próximos años exigirán menos celebración de la tecnología y más capacidad de ejecución.
La digitalización ya no es una promesa de modernización. Es una infraestructura económica, industrial, social y geopolítica. A partir de ahí, el debate cambia. La cuestión ya no es si España debe digitalizarse, sino qué capacidades quiere controlar, qué dependencias puede asumir, qué sectores quiere transformar, cómo va a financiar esa transición y qué papel aspira a jugar en una Europa que también busca su lugar entre Estados Unidos y China.
Santander40 será relevante si ayuda a ordenar esa conversación. No por reunir a la industria digital durante tres días, sino porque puede mostrar hasta qué punto la agenda tecnológica española ha entrado en una nueva fase: más estratégica, más industrial, más conectada con los problemas reales del país y mucho más exigente en ejecución.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
