Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
Europa lleva años hablando de soberanía tecnológica, pero la aceleración de la inteligencia artificial ha cambiado el significado práctico de ese debate. La dependencia ya no se mide solo en el lugar donde se almacenan los datos. También afecta a la capacidad de cálculo, los modelos fundacionales, los chips, las herramientas de desarrollo, las plataformas cloud y las condiciones comerciales que permiten utilizar cada una de esas capas.
Las empresas europeas necesitan acceder con rapidez a servicios avanzados de inteligencia artificial, pero buena parte de esa capacidad está concentrada en proveedores estadounidenses. Al mismo tiempo, las administraciones, la defensa y los sectores regulados están sometidos a requisitos cada vez más estrictos sobre control, seguridad, continuidad operativa y jurisdicción.
La soberanía se presenta con frecuencia como la respuesta a esa dependencia. El término, sin embargo, reúne aspiraciones muy distintas. Puede significar que los datos permanezcan en Europa, que la infraestructura sea operada por una compañía europea, que el software utilice estándares abiertos o, en su interpretación más ambiciosa, que todo el stack tecnológico haya sido desarrollado y fabricado dentro del continente.
Osmar Polo, CEO de T-Systems Iberia, considera que esta última posibilidad está todavía muy lejos. Europa puede avanzar en el control de los datos y las operaciones, pero continúa dependiendo de tecnologías estadounidenses y chinas, especialmente en semiconductores y capacidad de computación para inteligencia artificial.
«La soberanía pura y dura, tal como aparece en la teoría, será muy difícil de alcanzar en estos momentos. Podemos tener soberanía sobre los datos y sobre las operaciones, pero en tecnología seguimos dependiendo de los chips y de tecnología estadounidense y china», sostiene Polo durante la entrevista que mantuve con él en Digital Enterprise Show 2026, en Málaga.

Su planteamiento no renuncia a construir capacidad europea, pero sustituye la expectativa de autosuficiencia por una meta más concreta: disponer de alternativas, evitar dependencias rígidas y conservar la posibilidad de cambiar de tecnología cuando las circunstancias lo exijan.
«La clave está en tener una infraestructura que permita que, si se cierra una puerta, podamos seguir funcionando a través de otra.»
La soberanía empieza por necesidades distintas
La demanda de soberanía no avanza al mismo ritmo en todos los sectores. Para determinadas organizaciones, especialmente administraciones públicas, defensa, sanidad o instituciones europeas, el control sobre los datos y las operaciones no constituye una preferencia tecnológica, sino un requisito para utilizar determinados servicios.
Polo sitúa en ese grupo a algunos de los clientes que ya utilizan las infraestructuras de T-Systems, entre ellos la OTAN, instituciones europeas y el ejército alemán. «Estamos viendo clientes que exigen un nivel de soberanía más alto. También ocurre en sectores regulados como la administración pública o la sanidad, donde necesitan un mayor grado de autonomía estratégica».
Fuera de esos ámbitos, la decisión incorpora más variables. Las empresas pueden valorar el control sobre sus datos, pero también comparan costes, capacidad de cálculo, cobertura geográfica, disponibilidad de servicios y velocidad de innovación. La soberanía pierde así su carácter uniforme y adopta un significado diferente según la industria, el país y el tamaño de cada organización.
«Esto va por barrios», resume Polo. «Los barrios son las industrias y también las regiones». En Alemania, explica, la adopción está avanzando con mayor rapidez en compañías industriales que ya incorporan la inteligencia artificial a sus procesos y productos. Empresas de robótica, automoción, ingeniería o manufactura están recurriendo a infraestructuras externas para obtener capacidad de cálculo sin tener que construirla por su cuenta.
«En la industria alemana estoy viendo mucha tracción. Hay empresas que están aplicando la IA en sus procesos y que han decidido confiar en nuestras infraestructuras en lugar de desarrollar las suyas propias».
La sanidad también empieza a mostrar proyectos que han superado la fase experimental, mientras que la banca avanza impulsada por unas exigencias regulatorias especialmente estrictas. En sectores menos regulados, en cambio, muchas organizaciones continúan realizando pruebas y todavía no consideran la soberanía un criterio decisivo para escoger proveedor.
La distancia entre países tampoco se explica únicamente por la madurez tecnológica. Polo señala que el tamaño de las empresas condiciona su capacidad para invertir, contratar infraestructura y convertir un proyecto piloto en una aplicación real.
«Una empresa mediana en Alemania puede tener el mismo tamaño que una empresa grande en España. Los niveles de inversión son distintos. Las grandes compañías están ampliando el uso de estas tecnologías y esa adopción va llegando después a las medianas y a las pequeñas. Es una cuestión de tiempo».

Poder elegir dónde se ejecuta cada carga
La respuesta de T-Systems a los distintos niveles de soberanía no pasa por proponer una única infraestructura para todas las cargas, sino por combinar cloud público, cloud privado, plataformas soberanas y servicios de los grandes hiperescaladores. Polo subraya que esta estrategia no nació como reacción a la actual incertidumbre geopolítica, sino que se apoya en una oferta europea desarrollada durante la última década.
«Nuestro cloud europeo ya tiene diez años. No es algo que hayamos empezado a trabajar ahora, sino que detrás existe un recorrido importante», destaca Polo.
Ese recorrido ha coincidido con una evolución en las prioridades de los clientes. Las organizaciones ya no deciden únicamente si trasladan o no sus sistemas a la nube. También analizan qué cargas pueden ejecutar en cada entorno, qué nivel de control necesitan y qué dependencias están dispuestas a asumir.
«Los clientes buscan la autonomía de elegir dónde colocar sus cargas. Algunas pueden estar en un cloud privado, con un nivel mayor de soberanía, y otras en un cloud público. Dentro del cloud público, una parte puede ejecutarse en hiperescaladores estadounidenses y otra, por el nivel de control que requiere, en un cloud soberano europeo».
La soberanía aparece así como una arquitectura distribuida, no como la obligación de concentrar toda la tecnología en un único proveedor europeo. Una empresa puede reservar sus sistemas más sensibles para entornos bajo jurisdicción europea y utilizar servicios globales allí donde necesita mayor escala, cobertura o funcionalidad.
Polo no plantea ambos modelos como excluyentes. La autonomía depende precisamente de conservar la posibilidad de combinarlos y de decidir qué infraestructura resulta adecuada para cada proceso.
El riesgo aparece cuando esa capacidad de elección desaparece. Una arquitectura demasiado vinculada a un fabricante puede dificultar el traslado de una carga, la incorporación de otra tecnología o la sustitución del proveedor cuando cambian los precios, las condiciones contractuales o el contexto geopolítico. En ese momento, una decisión técnica deja de ser únicamente operativa y se convierte en una dependencia estratégica.
La inteligencia artificial amplía la dependencia
La inteligencia artificial incorpora nuevas decisiones a una arquitectura tecnológica que ya era compleja. Las empresas no solo deben elegir dónde alojan sus aplicaciones y sus datos, sino también dónde entrenan y ejecutan los modelos, qué capacidad de cálculo utilizan, a qué proveedores recurren y cómo gobiernan los agentes que empiezan a operar sobre sus procesos.
T-Systems y Deutsche Telekom han intentado cubrir esas capas de forma progresiva. Una de las principales inversiones es Industrial AI Cloud, la infraestructura inaugurada en Múnich con 10.000 GPUs para ofrecer capacidad de computación a empresas, administraciones y centros de investigación europeos.
Polo visitó las instalaciones poco antes de la entrevista, cuando la plataforma ya se encontraba operativa tras una construcción de seis meses. «Pensaba que iba a encontrar otro centro de datos, pero el nivel tecnológico impresiona. La concentración de GPU, la energía que requieren, la refrigeración y la forma de procesar toda esa capacidad configuran una infraestructura diferente».
La instalación permite contratar recursos para entrenar y ejecutar modelos, pero Polo rechaza que la estrategia de T-Systems pueda reducirse a vender potencia de cálculo. La compañía quiere participar en todo el recorrido que conecta la infraestructura con las aplicaciones empresariales.
«Buscamos ofrecer acceso a todo el stack: empezamos por la infraestructura y el cloud, pasamos por el procesamiento mediante GPUs y llegamos a las aplicaciones y a la orquestación de los agentes. No queremos quedarnos en una fábrica de IA que vende infraestructura como servicio, porque el valor que podemos aportar está en el conjunto».
Esa última capa adquiere importancia a medida que las organizaciones dejan de desarrollar agentes aislados y empiezan a plantearse su despliegue en distintas áreas. El problema ya no consiste únicamente en construirlos, sino en decidir qué pueden hacer, a qué información acceden, con qué sistemas interactúan y bajo qué controles operan.
Durante la conversación en Málaga, Polo adelantó que T-Systems estaba trabajando en una plataforma concebida para proporcionar ese marco común. Su objetivo, explicó, era evitar que la expansión de los agentes generase una nueva dependencia tecnológica.
«La plataforma busca que los agentes puedan comunicarse entre sí de forma agnóstica, apoyándose en código y estándares abiertos, sin quedar condicionados por un único proveedor. También debe permitir gobernar la IA, controlar el consumo y aplicar los requisitos de la legislación europea».
La solución, presentada posteriormente por T-Systems, permite integrar agentes creados con distintas tecnologías, aplicar mecanismos de trazabilidad y auditoría, incorporar aprobaciones humanas y controlar los costes asociados al uso de modelos. Es compatible con protocolos abiertos como MCP y A2A y con frameworks como LangGraph, CrewAI, AutoGen o n8n.
También puede enrutar las peticiones entre los más de treinta modelos disponibles a través de T-Systems AI Foundation Services. La oferta combina modelos de código abierto alojados en la Unión Europea con modelos propietarios, lo que permite seleccionar la opción más adecuada para cada proceso según el coste, el rendimiento, la sensibilidad de los datos o los requisitos regulatorios.
Esta posibilidad de combinar infraestructura, modelos y agentes responde a la concepción de autonomía estratégica que defiende Polo. La organización no necesita utilizar tecnología europea en todas las capas, pero sí conservar la capacidad de elegir entre varias alternativas y evitar que sus procesos queden vinculados de forma irreversible a una sola plataforma.
La modernización que precede a la IA
La comparación entre proveedores europeos y plataformas estadounidenses suele centrarse en la disponibilidad de servicios, la velocidad de innovación o el coste. Polo introduce una condición previa que altera ese análisis: la mayoría de las grandes empresas no construye su estrategia tecnológica desde una página en blanco.
«Si una empresa empezara desde cero, probablemente podría adoptar directamente las tecnologías más avanzadas. Pero la mayoría de las compañías a las que damos servicio ya tiene una infraestructura y un conjunto de aplicaciones que necesita modernizar».
Muchas de esas aplicaciones críticas fueron desarrolladas antes de la expansión del cloud y de la inteligencia artificial generativa. Operan sobre arquitecturas heredadas, utilizan código difícil de mantener y sostienen procesos que no fueron concebidos para conectarse con modelos fundacionales o agentes autónomos.
Antes de incorporar nuevas capacidades, las organizaciones deben transformar esa base sin interrumpir sistemas de los que depende su actividad diaria. La adopción de IA se convierte así en un proceso doble: modernizar las aplicaciones existentes y, al mismo tiempo, introducir las tecnologías que permitirán automatizar, analizar o tomar decisiones con mayor rapidez.
«Tenemos una parte de la compañía dedicada a transformar y refactorizar esas aplicaciones para llevarlas a un estado en el que puedan aprovechar las nuevas tecnologías, y otra centrada en la adopción de la IA. Una sin la otra solo funciona en las pocas empresas que realmente empiezan desde cero».
Esta realidad explica por qué muchas organizaciones avanzan con mayor lentitud de la que sugiere el ritmo de los anuncios tecnológicos. Contratar capacidad de cálculo, acceder a un modelo avanzado o desarrollar un agente no resuelve por sí solo las limitaciones de unos datos dispersos o de aplicaciones que no pueden integrarse con facilidad.
La carrera por la inteligencia artificial no comienza siempre en el modelo. Para buena parte del tejido empresarial empieza varios niveles antes, en la transformación de sistemas que deben seguir funcionando mientras se preparan para una arquitectura distinta.
El problema europeo de escala
Cuando le planteo la dificultad que encuentra una multinacional europea para contratar proveedores capaces de acompañarla en todos los mercados donde opera, Polo reconoce que la soberanía también tropieza con una barrera económica. Europa puede desarrollar infraestructuras propias, pero debe competir con compañías estadounidenses cuya capacidad de inversión y presencia internacional son muy superiores.
«Las dimensiones y las inversiones son diferentes. Cuando hablamos de las empresas estadounidenses, las cifras que están anunciando para inteligencia artificial se encuentran muy lejos de las que manejamos en Europa. La escala es distinta», admite.
El CEO de T-Systems Iberia sostiene que esa diferencia no significa que todas las empresas europeas carezcan de capacidad para abordar despliegues internacionales. Reivindica en este punto la dimensión de Deutsche Telekom, aunque evita situarla en el mismo plano que las grandes plataformas tecnológicas estadounidenses.
«No estamos en la familia de los siete grandes de Estados Unidos. Hay diferencias de volumen que son indiscutibles. Pero, con la dimensión de Deutsche Telekom y T-Systems, podemos acompañar a nuestros clientes en despliegues globales de calado importante».
Polo lleva entonces el análisis más allá de la capacidad de una compañía concreta. A su juicio, la desventaja europea procede también de la estructura del propio mercado. Mientras Estados Unidos y China han concentrado buena parte de su actividad en unos pocos grandes operadores, Europa mantiene varios actores nacionales en cada uno de sus 27 Estados miembros.
«En Estados Unidos hay tres grandes compañías de telecomunicaciones y en China habrá dos. En Europa tenemos tres o cuatro por país. Cuando multiplicas eso por 27, no consigues la misma economía de escala ni aparece un gran actor que pueda desempeñar el papel que tienen en otras regiones».
Esta fragmentación reduce la capacidad para distribuir las inversiones entre una base amplia de clientes y dificulta la construcción de plataformas con cobertura internacional. También explica por qué una multinacional europea puede querer trabajar con un proveedor del continente y, sin embargo, terminar recurriendo a una compañía estadounidense que le ofrece servicios homogéneos en todas sus geografías.
Polo considera que se trata de una barrera real, aunque no definitiva. Su respuesta introduce una crítica a la política europea: las instituciones reclaman mayor soberanía, pero no siempre crean las condiciones necesarias para que sus empresas alcancen la dimensión exigida por el mercado global.
«En Bruselas insistimos en que Europa debe evitar la sobrerregulación e incentivar la creación de campeones europeos. No podemos impedir que las empresas alcancen volumen y después quejarnos de que no tenemos compañías con la dimensión necesaria para competir».
Su planteamiento vincula así la soberanía tecnológica con la política industrial y de competencia. Construir centros de datos europeos o garantizar que la información permanezca bajo jurisdicción comunitaria resuelve una parte del problema. La otra exige proveedores capaces de invertir de forma sostenida, operar en numerosos mercados y acompañar a clientes cuyo negocio se extiende mucho más allá de Europa.
El precio también crea dependencia
La dependencia tecnológica no procede únicamente de la falta de alternativas técnicas. Polo señala que también puede aparecer cuando una empresa construye procesos críticos sobre servicios cuyos precios y condiciones de uso dependen de un único proveedor.
El entrenamiento y la operación de los grandes modelos requieren inversiones enormes. Al mismo tiempo, las compañías que los desarrollan compiten por atraer usuarios, desarrolladores y empresas hacia sus plataformas. Polo evita anticipar cómo evolucionará este mercado, pero advierte de que las tarifas actuales pueden cambiar cuando los proveedores consoliden su posición.
«Estamos viendo compañías que revisan sus estrategias de precios. Si una empresa depende de una de ellas y cambian las condiciones, tendrá que pagar lo que le pidan o buscar una alternativa», explica.
La segunda opción puede resultar mucho más compleja de lo que sugiere el cambio de un proveedor por otro. Cuando un modelo se ha integrado en aplicaciones, agentes y procesos corporativos, sustituirlo puede exigir adaptar instrucciones, rehacer conexiones, comprobar de nuevo los resultados y volver a validar los controles de seguridad.
A medida que una tecnología se extiende por la organización, la dependencia aumenta. El proveedor deja de aportar una capacidad concreta y pasa a sostener una parte creciente de la operación. Ese es el escenario que Polo intenta evitar mediante una arquitectura compatible con diferentes modelos, frameworks y protocolos.
Su planteamiento no elimina el coste de una migración, pero permite que una empresa dirija cada proceso hacia una tecnología distinta y reduzca el impacto de sustituir un modelo. La elección inicial deja de condicionar necesariamente todas las decisiones posteriores.
«Valoro mucho más la autonomía para elegir qué tecnología utilizo que la idea de tenerlo todo aislado», sostiene. «Siempre habrá alguien que dependa de alguien, porque la cadena tecnológica es global».
Polo no propone prescindir de los grandes proveedores. Una organización puede recurrir a un modelo estadounidense cuando ofrece mejores prestaciones y utilizar una alternativa europea o de código abierto cuando necesita mayor control sobre los datos y las operaciones. La autonomía reside en conservar ambas posibilidades.
El riesgo aparece cuando una empresa ya no puede cambiar sin asumir un coste desproporcionado o interrumpir procesos esenciales. En ese momento, la dependencia deja de responder a la calidad de una tecnología y pasa a estar determinada por la dificultad de abandonarla.
Una soberanía abierta
A medida que avanza la conversación, Polo separa con claridad soberanía y aislamiento. No considera viable que Europa controle por sí sola cada componente del ecosistema digital, pero tampoco cree que la interdependencia global obligue a aceptar cualquier dependencia tecnológica.
«Si entendemos la soberanía como estar completamente aislados, creo que eso no va a ocurrir», afirma. «Siempre habrá alguien que dependa de alguien, porque la cadena tecnológica es mundial».
Los semiconductores muestran hasta qué punto están conectadas esas dependencias. El diseño de un chip puede proceder de una compañía estadounidense, su fabricación realizarse en Asia y la maquinaria necesaria para producirlo depender de una empresa europea. Ninguna región controla por completo el proceso, aunque cada una conserve capacidades esenciales dentro de la cadena.
Polo utiliza ese ejemplo para sustituir la aspiración de autosuficiencia por un objetivo que considera más realista. «Lo que defiendo es la autonomía estratégica: poder elegir con qué tecnología completamos nuestro stack, desde la infraestructura hasta las aplicaciones, y decidir dónde queremos operar».
La prioridad no sería reemplazar cada producto extranjero por una alternativa europea, sino evitar que toda la arquitectura dependa de una única tecnología o de un solo proveedor. Una organización será más autónoma cuanto mayor sea su capacidad para trasladar una carga, cambiar de modelo o sustituir una plataforma sin tener que reconstruir por completo sus sistemas.
«Si tengo una solución que me permite utilizar una tecnología estadounidense, china o cualquier otra que pueda aparecer en los próximos años, quiero conservar la libertad de elegir», explica Polo. «El problema es que muchas infraestructuras tienen un nivel de dependencia del fabricante que hace muy complicado pasar de una opción a otra».
Su planteamiento desplaza el análisis desde la procedencia de la tecnología hacia las condiciones bajo las que se utiliza. La nacionalidad del proveedor sigue siendo relevante cuando intervienen datos sensibles, jurisdicciones distintas o sistemas críticos, pero no garantiza por sí sola la autonomía. Una plataforma europea cerrada también puede crear una dependencia difícil de revertir.
Del mismo modo, una tecnología desarrollada fuera del continente puede formar parte de una arquitectura abierta si la empresa mantiene el control sobre sus datos, dispone de alternativas y conserva la posibilidad de cambiar cuando evolucionan los precios, las condiciones contractuales o el contexto geopolítico.
La soberanía que propone Polo no persigue romper las cadenas tecnológicas mundiales, sino participar en ellas desde una posición que preserve la capacidad de decisión. Europa seguirá colaborando con compañías estadounidenses, asiáticas y de otras regiones. La diferencia estará en si puede escoger esas alianzas o si termina aceptándolas porque ya no dispone de otra opción.
Los chips marcan el límite
Entre todas las dependencias que condicionan la autonomía tecnológica europea, Polo identifica una especialmente difícil de resolver: la de los semiconductores utilizados para inteligencia artificial.
«Hay un tema clave, que son los chips, y la batalla de los chips es una cuestión de muy largo plazo», afirma.
Europa conserva capacidades relevantes en investigación, fabricación especializada y equipamiento para la industria de semiconductores, pero no dispone de una alternativa inmediata a las GPU que concentran buena parte de la computación avanzada. Polo considera que esa distancia no puede cerrarse únicamente aumentando la inversión durante unos pocos años.
«Con la tecnología actual estamos muy lejos de poder sustituir, por ejemplo, las GPUs de NVIDIA. Son tecnologías que siguen avanzando y que requieren inversiones enormes».
El problema no reside solo en alcanzar el rendimiento de los chips actuales. Su desarrollo exige años de investigación, diseño, pruebas, industrialización y fabricación a gran escala. Mientras una nueva alternativa recorre ese proceso, los proveedores que lideran el mercado continúan lanzando nuevas generaciones y ampliando la distancia.
Polo no descarta que Europa pueda recuperar una posición relevante, pero confía menos en competir siguiendo exactamente la misma trayectoria que en la aparición de una tecnología capaz de modificar las condiciones actuales.
«Creo que tendría que producirse algún cambio tecnológico que nos permitiera volver a posicionarnos. Con el escenario actual es muy difícil alcanzar a compañías que llevan años de ventaja y continúan avanzando».
La fotónica es una de las líneas que menciona como posible punto de inflexión. Europa cuenta con investigación relevante en este ámbito y España dispone de proyectos en ciudades como Vigo y Barcelona, aunque todavía no existe una arquitectura preparada para sustituir a gran escala los sistemas que sostienen hoy la inteligencia artificial.
«Imaginemos que la siguiente generación de chips utiliza fotónica u otra tecnología diferente. Si cambia el punto de partida, quizá Europa pueda volver a competir desde una posición más equilibrada».
Polo no presenta esa posibilidad como una previsión inmediata ni como una garantía de liderazgo. Una ruptura tecnológica seguiría exigiendo capital, talento, capacidad industrial, energía y un mercado dispuesto a adoptar las nuevas soluciones. Pero abriría una oportunidad distinta a la de intentar alcanzar a los líderes actuales mientras estos continúan desarrollando sucesivas generaciones.
«Con la tecnología que existe hoy es muy difícil competir con NVIDIA, Intel o los grandes actores chinos. Veo más posibilidades en un cambio de tecnología que vuelva a igualar el terreno que en intentar reproducir exactamente el modelo actual».
Su planteamiento obliga a trabajar en dos horizontes. Europa necesita invertir ahora en capacidad de cálculo, centros de datos e infraestructuras operativas para reducir sus dependencias más urgentes. Al mismo tiempo, debe sostener la investigación en arquitecturas capaces de definir la siguiente etapa.
La autonomía estratégica no dependerá solo de disponer de alternativas a las tecnologías actuales, sino también de estar preparada cuando aparezca una nueva oportunidad para competir.
Decidir antes de depender
Al final de la conversación, Polo vuelve sobre la diferencia que ha marcado todo su razonamiento: Europa no alcanzará una soberanía tecnológica entendida como independencia completa, pero sí puede construir una mayor autonomía sobre las decisiones que condicionan su infraestructura.
«No visualizo una soberanía total en la que Europa esté aislada y controle todos los componentes. Siempre vamos a depender de tecnologías, fabricantes y cadenas de suministro de distintos países», reconoce. «Lo importante es que esa dependencia no nos impida elegir».
Esa capacidad de elección exige conocer qué proveedor interviene en cada capa, qué cargas pueden trasladarse y qué alternativas existen cuando cambian los precios, las condiciones contractuales o el contexto geopolítico. Para Polo, una arquitectura es autónoma cuando permite modificar esas decisiones sin poner en riesgo la continuidad de los procesos esenciales.
«Debemos poder decidir con qué tecnología completamos el stack, dónde ejecutamos cada carga y qué opción utilizamos en cada momento. Si una puerta se cierra, la infraestructura tiene que permitirnos seguir funcionando a través de otra».
T-Systems intenta trasladar ese planteamiento a su oferta. T Cloud Public proporciona una infraestructura europea para las cargas que requieren mayor control; Industrial AI Cloud aporta capacidad de cálculo para entrenar y ejecutar modelos; y la plataforma de IA agéntica permite combinar tecnologías, gobernar los agentes y evitar que toda la operación quede vinculada a un único proveedor.
Polo insiste, sin embargo, en que la procedencia europea no basta para convertir una solución en una alternativa competitiva. Las empresas seguirán evaluando el coste, el rendimiento, la facilidad de uso, el catálogo y la capacidad de acompañarlas en distintos mercados.
«No podemos pretender que un cliente elija una tecnología simplemente porque sea europea. Tiene que responder a sus necesidades, ofrecer capacidad suficiente y permitirle competir. La soberanía no puede utilizarse para justificar una solución inferior».
Su propuesta tampoco excluye a los grandes proveedores globales. Las organizaciones continuarán utilizando modelos estadounidenses, hardware fabricado en Asia y servicios desarrollados en distintas regiones. La diferencia estará en si pueden combinar esas tecnologías desde una posición de control o si quedan atrapadas en decisiones que ya no pueden revisar.
«Para mí, la autonomía estratégica tiene más valor que intentar tenerlo todo aislado. Se trata de conservar la libertad de elegir la tecnología que necesitamos y de poder cambiarla cuando deje de ser la adecuada».
La soberanía que describe Polo no promete eliminar las dependencias de Europa. Plantea algo más inmediato: identificarlas, distribuirlas y construir alternativas antes de que una decisión técnica termine limitando la capacidad de actuar.
Europa no controlará todos los componentes de la próxima economía digital. Su margen de autonomía dependerá de que siga pudiendo decidir cuáles utiliza, bajo qué condiciones y durante cuánto tiempo.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
