El código abierto vuelve a ocupar una posición central en el debate sobre el futuro de Internet, aunque ya no se trate solo de licencias de software o repositorios compartidos. Code for the People , el documental dirigido por Bao Nguyen, sitúa esa conversación en un momento especialmente delicado para la web abierta: la inteligencia artificial acelera la creación de contenidos y servicios, las plataformas concentran más capacidad de intermediación y los modelos propietarios definen cada vez más cómo se accede, se publica y se monetiza en la red.
El documental reúne voces del ecosistema tecnológico y de la comunidad open source para examinar una cuestión que afecta tanto a desarrolladores como a empresas, medios, creadores y administraciones públicas. Durante años, buena parte de la infraestructura digital ha funcionado sobre componentes abiertos, mantenidos por comunidades distribuidas y adoptados después por organizaciones de todos los tamaños. Esa capa invisible ha permitido escalar servicios, reducir barreras de entrada y construir productos sin depender siempre de proveedores cerrados.
El dato de WordPress ilustra bien esa dimensión. Según W3Techs, WordPress es utilizado por el 41,5% de todos los sitios web y concentra cerca del 59% de los sitios cuyo gestor de contenidos es conocido. No es una cifra menor: muestra hasta qué punto una tecnología nacida alrededor de un modelo abierto puede convertirse en infraestructura cotidiana para empresas, publicaciones, comercios y proyectos personales.
El código abierto ante una web más concentrada
La web abierta se desarrolló sobre una combinación de estándares, protocolos, software reutilizable y comunidades técnicas. Esa arquitectura favoreció que cualquier organización pudiera publicar, experimentar o crear servicios sin pedir permiso a una plataforma dominante. La realidad actual es más compleja. El acceso a audiencias, datos y herramientas de distribución pasa con frecuencia por sistemas cerrados, algoritmos opacos y reglas cambiantes impuestas por intermediarios privados.
«Code for the People« analiza esta evolución desde una perspectiva cultural y tecnológica. El documental no presenta el código abierto como una nostalgia de los primeros años de Internet, sino como una infraestructura que todavía condiciona la capacidad de innovar. Para una empresa, esa diferencia puede traducirse en dependencia de proveedor, costes de integración, control sobre los datos o margen para adaptar una herramienta a sus necesidades.
Aunque el código abierto ha ganado espacio en el discurso corporativo, su sostenibilidad no está garantizada. La Linux Foundation señalaba en su informe global de 2025 que las organizaciones dependen del software open source para sistemas críticos, pero muchas carecen de marcos de gobernanza y seguridad adecuados para gestionar esa dependencia. El uso intensivo no siempre se acompaña de financiación, mantenimiento o participación activa en las comunidades que sostienen esos proyectos.
Esa brecha es relevante para el mercado español. Bancos, operadores, administraciones, startups y grandes compañías tecnológicas utilizan componentes abiertos en sus arquitecturas, a menudo como base de servicios estratégicos. La pregunta ya no se limita a si una organización usa código abierto, sino a cómo lo gobierna, qué riesgos asume y qué capacidad conserva para auditar, modificar o migrar sus sistemas cuando cambian las condiciones comerciales o regulatorias.
La inteligencia artificial cambia el alcance del código abierto
La irrupción de la inteligencia artificial introduce una dificultad adicional. En el software tradicional, la apertura se ha asociado a la posibilidad de estudiar, modificar y redistribuir el código. En los sistemas de IA, esa lógica se complica por la presencia de datos de entrenamiento, pesos del modelo, métodos de ajuste, infraestructura de cómputo y restricciones de uso. Un modelo puede estar disponible para descarga y, al mismo tiempo, ofrecer una transparencia limitada sobre cómo fue entrenado o qué condiciones impone a determinados usos.
La Open Source Initiative publicó la versión 1.0 de su definición de «Open Source AI» para fijar criterios sobre las libertades de uso, estudio, modificación y compartición de estos sistemas. La definición insiste en que la apertura debe aplicarse al sistema en su conjunto, no solo a una parte aislada como el código o los pesos del modelo.
Ese debate no es académico. Las empresas que incorporan IA generativa en procesos de desarrollo, atención al cliente, marketing o análisis de datos necesitan saber qué pueden auditar y qué queda fuera de su control. También deben evaluar si un proveedor permite desplegar modelos en entornos propios, si conserva datos derivados del uso, si modifica condiciones de acceso o si limita ciertos escenarios comerciales. La apertura, en esta nueva fase, tiene consecuencias sobre cumplimiento normativo, seguridad, continuidad operativa y soberanía tecnológica.
El documental sitúa precisamente ahí una parte de su interés. La conversación sobre código abierto se ha desplazado desde la publicación de software hacia la gobernanza de infraestructuras digitales cada vez más automatizadas. Cuando los modelos de IA intervienen en la creación de código, la moderación de contenidos, la recomendación de información o la generación de interfaces, la capacidad de inspección deja de ser un asunto técnico reservado a desarrolladores.
GitHub apuntaba en su informe Octoverse 2025 que la IA, los agentes y los lenguajes tipados están impulsando algunos de los mayores cambios en el desarrollo de software en más de una década. La plataforma vinculaba esa transformación al crecimiento de nuevos flujos de trabajo y a una comunidad de desarrolladores en expansión.
El reverso aparece en la carga de mantenimiento. Investigaciones recientes sobre repositorios abiertos muestran que la actividad de agentes de IA empieza a dejar rastros significativos en proyectos públicos, pero también que su medición es incompleta cuando solo se observan señales visibles como bots o pull requests. Otro estudio experimental con desarrolladores experimentados encontró que, en tareas reales sobre proyectos maduros, el uso de herramientas de IA no siempre redujo el tiempo de trabajo y llegó a incrementarlo en determinadas condiciones.
De la colaboración técnica a la gobernanza digital
Code for the People amplía el foco más allá del software. El documental presenta el código abierto como una forma de organización que combina colaboración, revisión pública, reutilización y mejora incremental. Esa cultura ha permitido que proyectos mantenidos por comunidades pequeñas terminen formando parte de la infraestructura de grandes compañías. También ha generado un desequilibrio recurrente: mucho valor económico se construye sobre trabajo comunitario que no siempre recibe apoyo proporcional.
Para directivos y responsables tecnológicos, ese punto conecta con decisiones de inversión. Participar en proyectos abiertos, financiar mantenedores, liberar componentes internos o contribuir a estándares no responde únicamente a una política reputacional. Puede reducir dependencia tecnológica, atraer talento, mejorar la seguridad mediante revisión externa y facilitar interoperabilidad con clientes o socios. Sin embargo, exige disciplina: gobierno interno, inventario de dependencias, análisis de licencias y procesos claros para contribuir sin exponer propiedad intelectual sensible.
La película llega además en un momento en el que la palabra «abierto» se usa con significados muy distintos. En IA, algunos modelos se presentan como abiertos aunque no publiquen datos de entrenamiento o mantengan restricciones comerciales relevantes. En plataformas digitales, determinadas interfaces permiten integración con terceros, pero conservan el control sobre distribución, visibilidad y monetización. Esa ambigüedad afecta a compradores tecnológicos, desarrolladores y reguladores.
España y Europa observan este debate con una preocupación añadida: la autonomía digital. La regulación europea sobre datos, competencia e inteligencia artificial tiende a exigir más trazabilidad y responsabilidad a quienes despliegan sistemas tecnológicos. El código abierto no resuelve por sí solo esas obligaciones, pero puede facilitar auditorías, portabilidad y transparencia cuando se combina con una gobernanza sólida.
El cierre de «Code for the People» apunta a una consecuencia práctica. La próxima generación de Internet no dependerá únicamente de avances técnicos, sino de quién controla las capas que permiten crear, publicar y conectar servicios. Para las empresas, la elección entre soluciones abiertas, cerradas o híbridas marcará costes, velocidad de innovación y capacidad de adaptación. Para las comunidades tecnológicas, el reto será sostener infraestructuras que muchos utilizan, pero que pocos mantienen de forma estable.
