Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
El DigitalES Summit 2026 abrió su primera jornada con una escena poco habitual en un congreso tecnológico: Atapuerca antes que los chips, Sócrates antes que el cloud, la evolución humana antes que la regulación europea. Este fue el marco de lectura para todo lo que vendría después. La jornada avanzó desde una pregunta básica, qué hace humana a la tecnología, hasta una derivada operativa para empresas y administraciones: qué capacidades necesita España para que la inteligencia artificial, las redes, los datos y el talento no dependan de decisiones tomadas fuera de su propio perímetro estratégico.
Federico Linares, presidente de DigitalES, colocó ese primer eje al describir la tecnología como parte de un proceso largo, anterior a la industria digital y a la actual carrera por la inteligencia artificial. «La tecnología no es un fin en sí mismo», dijo, antes de vincularla con «ese latido civilizatorio» que acompaña a la especie «desde hace miles de años». En una jornada dominada por la soberanía, la conectividad y la competitividad, la primera intervención recordó que el debate tecnológico no empieza en una pantalla.
Ignacio Martínez Mendizábal, catedrático de Antropología Física y codirector del proyecto de Atapuerca, fue más lejos. Para el antropólogo, la tecnología no acompaña a los humanos como una herramienta exterior, sino que forma parte de su definición. «Para los humanos la tecnología es como para las moscas las alas», afirmó. Su lectura de la inteligencia artificial escapó del enfrentamiento habitual entre máquina y persona. «La inteligencia artificial es tan humana como la nuestra», señaló, porque ha sido creada por personas y emula mecanismos de la propia inteligencia humana.
La frase que quedó flotando sobre el arranque de la jornada fue otra: «La tecnología es un acto de rebeldía cósmico». En boca de un investigador de Atapuerca, esa idea enlazaba cuchillos de piedra, vuelos imposibles e inteligencia artificial como respuestas sucesivas a límites físicos, sociales o cognitivos. Aunque pueda parecer un gesto poético, contenía una tensión que reapareció después: si la tecnología expresa voluntad humana, también incorpora sus valores, sus prioridades y sus déficits. La historia de Benjamina y Tina, asociada a cuidados prolongados en el linaje humano y neandertal, introdujo el altruismo como una ventaja evolutiva. Al final de esa conversación, cuando Linares preguntó si un algoritmo habría decidido cuidar a Benjamina, Martínez Mendizábal respondió: «Claro que sí, si lo hubiera diseñado un ser humano. Un ser humano que tuviera empatía».

DigitalES Summit 2026: la IA entra en la agenda de ciudadanía
María González Veracruz recogió esa línea humana para llevarla al terreno de las políticas públicas. La secretaria de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial no planteó la IA como una aplicación sectorial ni como una promesa de productividad aislada, sino como una infraestructura de acceso general. «La inteligencia artificial es una nueva infraestructura de ciudadanía», defendió. La comparación no era menor: agua, electricidad, educación, sanidad, internet. En ese inventario situó ahora la capacidad de aprovechar la IA por parte de ciudadanos, empresas y administración.
El argumento descansaba en dos planos. El primero era de derechos y confianza. González Veracruz insistió en que los modelos más avanzados o las infraestructuras más potentes no bastan si las personas no confían en la tecnología. «Solo entendemos la tecnología al servicio de la ciudadanía», sostuvo, al recordar la Carta de Derechos Digitales, el Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial y la Agencia Española de Supervisión de Inteligencia Artificial. El segundo plano era de soberanía. Los países que dispongan de capacidades propias en IA o cuántica, afirmó, tendrán más capacidad para decidir su futuro «económico, cultural y estratégico».

Esa idea de capacidades propias recorrió su intervención con ejemplos concretos: supercomputación, el modelo de lenguaje ALEA, las dos factorías europeas de inteligencia artificial y la contribución voluntaria de 300 millones de euros aprobada por el Consejo de Ministros para garantizar la presencia de España en la convocatoria de gigafactorías de IA. No se trataba solo de desplegar recursos públicos. La secretaria de Estado subrayó la necesidad de que el capital privado acompañe ese impulso y de que la tecnología española pueda crecer desde fases tempranas hasta escalas más ambiciosas.
González Veracruz defendió que España parte de una base sólida por la inversión de las telecos y por el despliegue acelerado desde los fondos del Plan de Recuperación. A partir de ahí, afirmó que la digitalización ya no es una promesa, sino «marca España», con posiciones destacadas en conectividad, supercomputación e inteligencia artificial. Al final, volvió a enlazar la tesis inicial con un ejemplo cotidiano, el de Jonathan, una persona ciega que utiliza la IA para saber si su hijo tiene los ojos abiertos o cerrados. «Detrás de cada innovación hay una oportunidad para ampliar capacidades, reducir barreras y mejorar la vida de alguien», dijo.
Soberanía tecnológica: redes, escala e inversión
La conversación posterior entre Susana Guasch y Borja Ochoa Gil trasladó la soberanía al terreno empresarial. Guasch abrió con una pregunta directa que condensaba parte del malestar europeo: «Europa habla mucho de ser soberanos, ¿no? De soberanía. Pero, ¿qué significa realmente ser soberanos en tecnología?». El presidente de Telefónica España evitó presentar el problema como una culpa simple de Europa, aunque reconoció un dato difícil de sortear: «La mayoría de las tecnologías disruptivas que están teniendo más impacto en la sociedad, en la sociedad, no solamente la economía, la sociedad me atrevería a decir, en los últimos años se han generado fuera, fuera de Europa».

Ochoa vinculó el despertar europeo a la guerra de Ucrania y al traslado de la autonomía estratégica desde la defensa hacia todas las tecnologías críticas. Su definición fue deliberadamente directa: soberanía es la capacidad de una región para controlar los activos que sostienen la economía y la vida social. A partir de ahí, introdujo dos cifras que marcaron el tono de su intervención. «Solamente el 2% de los datos que se gestionan en Europa los gestionan proveedores de cloud europeos», dijo. Añadió después que la brecha anual de inversión tecnológica entre Estados Unidos y Europa se sitúa en 700.000 millones de euros.
Para Telefónica, la respuesta europea pasa por inversión sostenida en tecnologías críticas, alianzas entre grandes operadores y una regulación «enfocada en el crecimiento y en generar valor para el medio plazo». Ochoa valoró el paquete europeo de soberanía presentado en junio, con iniciativas en chips, nube, inteligencia artificial, código abierto y consumo energético de los centros de datos. Sin embargo, llevó el debate al terreno donde las telecos sienten que la regulación avanza más despacio: el acceso a infraestructuras. Su comparación con Francia, donde citó incrementos de precios superiores al 140% y precios mayoristas cuatro veces superiores a los de España, buscaba subrayar la distancia entre un mercado competitivo y unas reglas que, a juicio del operador, arrastran lógicas de hace tres décadas.
Guasch verbalizó una objeción que podía estar en la sala: «Cuando se habla de soberanía digital pues se piensa en la inteligencia artificial, el cloud, chips, ciberseguridad, pero vosotros insistís en las redes». La respuesta de Ochoa fue convertir la red en la puerta de entrada de todo lo demás. «Nosotros vemos las redes al final como la puerta de acceso al mundo digital», afirmó. Citó una relación de impacto económico, un incremento de diez puntos en penetración de comunicaciones asociado a dos puntos de PIB, que trasladado a España equivaldría a 30.000 millones de euros.
A partir de ahí, la conversación bajó a tecnología concreta: 5G y 5G+, evolución de la red fija con XGS-PON y WiFi 7 para multiplicar por diez la velocidad de los clientes, refuerzo de autonomía en estaciones y centrales, resiliencia y capacidades de red para inteligencia artificial. Telefónica presentó su plataforma modular de servicios digitales soberanos como una combinación de comunicaciones, cloud con distintos niveles de soberanía, ciberseguridad, operación de infraestructuras críticas y ecosistema de compañías españolas y europeas. La soberanía dejaba de sonar a concepto institucional y pasaba a una matriz de producto, operación y cumplimiento.
Infraestructuras invisibles: el poder operativo del sistema digital
La apertura de Matías González, secretario general de Telecomunicaciones, Infraestructuras Digitales y Seguridad Digital, conectó de forma natural con esa misma idea. Si la primera parte de la mañana había humanizado la tecnología, esta intervención la materializó. «Gran parte de lo que llamamos transformación digital empieza en las infraestructuras», afirmó. Y remató la idea con una enumeración que funcionó como antídoto contra la abstracción: «No empieza en una pantalla, no empieza en una app, no empieza en un algoritmo ni siquiera. Empieza antes, en las redes, en los cables, en las torres de televisión, en la capacidad de cómputo, en el espectro radioeléctrico».

Su diagnóstico fue que la regulación ha sido diseñada para una realidad menos integrada, menos intensiva en datos y con fronteras más claras entre redes terrestres, satélites, cloud o centros de datos. Esa separación se está difuminando. Los cables submarinos, los CPD, las redes satelitales y las redes fijas y móviles forman ya una misma base material de la economía digital. De ella dependen competitividad, resiliencia, seguridad, soberanía tecnológica y la capacidad europea para construir un futuro digital que no sea puramente dependiente.
González se detuvo en tres familias de infraestructuras con peso creciente. La primera, las redes no terrestres. Las constelaciones de órbita baja, la integración con estándares móviles, los servicios direct-to-device y la transición hacia 6G están cambiando el papel del satélite, que deja de operar como complemento remoto o militar para entrar en el sistema global de conectividad. Esa oportunidad abre cobertura rural, continuidad de servicio y resiliencia ante emergencias. Aunque también exige prudencia: interferencias, bandas de frecuencia, seguridad, defensa, coordinación internacional y respeto a los servicios existentes.
La segunda familia fueron los cables submarinos. En una economía que se percibe inalámbrica, González recordó que los datos siguen viajando por troncales de fibra y cables que cruzan océanos. España tiene ahí una posición singular como conexión entre Europa, América, África y el Mediterráneo. Esa ventaja geográfica abre inversión en cables y centros de datos, pero también obliga a asumir riesgos de seguridad física, ciberseguridad y exposición geopolítica. La tercera familia fueron los centros de datos, el cloud y el edge. El cloud, recordó, «está en algún lugar»; la IA se entrena en centros físicos, consume energía, procesa y almacena datos. De ahí su insistencia en que los CPD no pueden reducirse a su condición electrointensiva.
El cierre de su intervención sintetizó una de las claves de la jornada: «Lo invisible no puede ser secundario». Las infraestructuras no ocupan siempre el primer plano del debate público, aunque sostienen la economía, la seguridad, la vida digital y la capacidad de competir. La palabra «invisible», en ese punto, dejó de describir solo aquello que el ciudadano no ve. También describía aquello que las empresas no pueden permitirse ignorar.
Europa busca ritmo propio entre dependencia y mercado único
Juan Olivera Urquijo, presidente de Ericsson España, introdujo después un cambio de tono. «Quiero hablar de Europa y quiero hablar de Europa en positivo», anunció, consciente de que la conversación tecnológica europea suele inclinarse hacia el retraso frente a Estados Unidos o China. Su punto de partida admitía esa pérdida en una métrica concreta, la capitalización bursátil de las grandes tecnológicas. Sin embargo, propuso otra lectura: si la métrica es cohesión social, libertades, derechos individuales y democracias funcionales, Europa aparece como un caso de éxito. «No hemos optimizado para crear más multimillonarios, quizás hemos optimizado para tener mejores sociedades», dijo.

Su tesis encajó con el resto de la mañana porque no negó el déficit europeo, pero desplazó el problema hacia la ejecución. «Europa no parte de cero», defendió, al recordar que existen empresas europeas relevantes en varias capas del stack tecnológico. En conectividad, añadió, Europa sí lidera. Esa capa es transversal a la inteligencia artificial y al cloud, y ya no soporta únicamente comunicaciones públicas, sino comunicaciones críticas, seguridad ciudadana y servicios esenciales. «El reto no es estrictamente tecnológico», resumió. «Hablamos de un reto de ejecución». Faltan integración, inversión y capacidad para ensamblar piezas que ya existen.
La evolución de las redes fue presentada como un paso desde la conectividad hacia una plataforma inteligente. Olivera utilizó el concepto de «Intelligent Fabric» para describir un tejido digital en el que 5G, más adelante 6G, cloud e inteligencia artificial trabajan juntos en tiempo real y de forma segura. El salto técnico implica pasar de redes en modo best effort a redes capaces de garantizar calidad de servicio y acuerdos de nivel de servicio. También cambia la seguridad. A producto y operación se suma una tercera dimensión, la gobernanza: quién controla los activos, bajo qué reglas y con qué implicaciones para la seguridad nacional.
Su intervención desembocó en una crítica a la fragmentación regulatoria. No tiene sentido, vino a decir, invocar escala, consolidación y mercado único mientras se aceptan 27 regulaciones de seguridad diferentes. Pese a la dureza del diagnóstico, el cierre fue europeo antes que defensivo: «No necesitamos convertirnos en China. No necesitamos convertirnos en Estados Unidos, solo tenemos que tener la mejor versión de nosotros mismos, de Europa». En una mañana marcada por soberanía y competitividad, esa frase acotó el debate. La autonomía europea no se planteaba como repliegue, sino como capacidad de elegir un modelo propio.
Daniel Calleja y Crespo, director de la Representación de la Comisión Europea en España, llevó esa discusión al terreno de los datos comunitarios. Abrió con el «Himno a la alegría» y el recuerdo de los 40 años de la adhesión española a la Unión Europea, pero el centro de su intervención fue la pregunta que recorría la jornada: si Europa puede marcar su propio ritmo digital. Para responder, puso cifras sobre la mesa. El 96,8% de los hogares europeos tiene cobertura 5G básica, frente al 99% de España. El 46,7% de las empresas de la UE utiliza cloud, frente al 51% español. En análisis de datos, situó a España en el 63% frente al 39,9% europeo. En IA, habló de un 20% de adopción europea y un 27% en España.
La foto favorable convivía con debilidades estructurales. En semiconductores, la UE representa el 9% y está lejos del objetivo del 20% para 2030. Calleja añadió las brechas en capacidad de procesamiento y computación, y enmarcó el nuevo paquete de soberanía tecnológica aprobado el 3 de junio como respuesta a una triple dependencia: chips avanzados, infraestructura cloud y plataformas o modelos de inteligencia artificial. «La cuestión no es elegir entre apertura o soberanía», señaló, «la cuestión es garantizar que la apertura no se convierta en vulnerabilidad y que la interdependencia no derive en dependencia».
La Comisión, explicó, trabaja sobre chips, IA y nube, ecosistemas digitales abiertos basados en código abierto y digitalización del sector energético. Aunque el mensaje más incómodo llegó con la escala. «Innovamos, pero no escalamos. Inventamos, pero no industrializamos», dijo. Europa genera conocimiento, universidades, centros de investigación, talento y empresas, pero convierte peor ese conocimiento en crecimiento empresarial. El coste de fragmentación en servicios fue descrito como equivalente a un arancel del 110% entre Estados miembros. Frente a ello, Calleja citó el Régimen 28 para startups, la European Innovation Act, un fondo de competitividad de más de 400.000 millones de euros para 2028-2034 y la Unión de Ahorro e Inversiones para canalizar ahorro europeo hacia empresas europeas. Su diagnóstico fue claro: Europa necesita más scale-ups, compañías capaces de pasar de 100 a 1.000 empleados y de operar en un país a operar en todo el continente.
Talento, seguridad y reglas para el próximo ciclo
La jornada fue desplazándose después hacia la protección del latido digital y el talento, dos dimensiones que no funcionan como anexos del debate técnico. La ciberseguridad, la privacidad y la identidad segura ya habían aparecido en los discursos sobre redes, cloud, satélites y centros de datos. En la práctica, la confianza atraviesa toda la cadena de valor: una red resiliente sin gobernanza de seguridad queda incompleta; una IA sin derechos difícilmente escala socialmente; un mercado digital sin perfiles suficientes convierte la infraestructura en capacidad ociosa.
Javier Rodríguez Torres, director general de Planificación y Gestión Educativa, formuló el eje educativo desde una premisa sencilla. «El verdadero protagonista sigue siendo el mismo de siempre: el talento de las personas», afirmó. A partir de ahí, evitó reducir el desafío a competencias técnicas. «La verdadera transformación digital no depende únicamente de la tecnología, depende sobre todo de las personas capaces de desarrollarla, comprenderla, utilizarla con responsabilidad y orientarla hacia el bien común», dijo. La competitividad, la innovación y el crecimiento sostenible dependen de que haya ciudadanos preparados para convertir tecnología en oportunidades.
Su intervención conectó capacidades digitales con pensamiento crítico, creatividad, resolución de problemas, colaboración, comunicación y empatía. Citó a Daniel Kahneman para distinguir entre pensamiento rápido y pensamiento lento, y situó este último, deliberativo y analítico, como competencia que la educación debe seguir promoviendo en tiempos de sobreabundancia informativa. La alfabetización en IA, defendió, debe incorporarse a las competencias digitales de la ciudadanía, aunque no basta con aprender a usar herramientas. Hay que comprender cómo funcionan, qué implicaciones éticas tienen y con qué criterio deben aplicarse.
El punto más sensible fue el papel del docente y la relación entre sistema educativo y economía productiva. «Ninguna tecnología podrá sustituir plenamente la capacidad de un docente para inspirar, acompañar, orientar y ayudar a descubrir el potencial de una persona», afirmó. La formación profesional, las universidades y las empresas aparecen en ese esquema como vasos comunicantes, no como sistemas separados. La frase final de Rodríguez Torres resumió el giro: «La transformación digital no es solo un reto tecnológico, es sobre todo un reto de talento y de educación».

Antonio Hernando, secretario de Estado de Telecomunicaciones e Infraestructuras Digitales, cerró la jornada devolviendo el debate a la escala temporal. «Estas jornadas son una isla» frente al cortoplacismo, dijo. Para Hernando, las megatendencias, demografía, clima y digitalización, solo pueden afrontarse «con mucho tiempo y con mucha antelación». El balance español en conectividad fue calificado como excelente en comparación con el entorno europeo. «Ahora resulta que dices, bueno, que se miren en nosotros», afirmó sobre Alemania y Francia, antes de atribuir ese resultado a una colaboración público-privada sostenida.
El cierre, sin embargo, no fue complaciente. Hernando señaló retos en cables submarinos, conectividad satelital, satélites de baja órbita, ciberseguridad e impacto de la inteligencia artificial y la computación cuántica. También identificó el flanco laboral: España no está tan bien en empleos TIC como en conectividad. «Hay que despertar las vocaciones STEM en los chavales de 13, 14 y 15 años», dijo, al vincular la escasez de perfiles con decisiones educativas tempranas. La tecnología puede desplegarse con rapidez, pero el talento se forma con plazos largos.
Su última derivada fue regulatoria. Hernando citó la desregulación absoluta como riesgo y defendió reglas para que el sector sea competitivo en el mundo, rentable, tecnológicamente avanzado y humanista. «Necesitamos reglas, necesitamos regulación», afirmó. En esa secuencia, la jornada terminaba casi donde había empezado: con la tecnología como obra humana. La diferencia estaba en el plano. Por la mañana, Atapuerca permitía leer la IA desde la imaginación, el altruismo y la empatía. Al cierre, el mismo hilo obligaba a aterrizar en inversión, espectro, centros de datos, redes seguras, talento STEM y reglas de mercado.
La primera jornada del DigitalES Summit 2026 dejó así una cartografía menos dispersa de lo que podía sugerir la agenda. La IA apareció como infraestructura de ciudadanía; las redes, como condición de soberanía; las infraestructuras invisibles, como poder operativo; Europa, como mercado con escala insuficientemente ejecutada; y el talento, como cuello de botella que no admite soluciones rápidas. España llega a ese debate con una ventaja real en conectividad y con un sector empresarial acostumbrado a desplegar infraestructuras críticas. Aunque esa posición no resuelve la dependencia en chips, cloud, modelos de IA, capital de crecimiento o perfiles tecnológicos. Ahí queda la tensión de negocio para los próximos meses: convertir la ventaja de red en capacidad industrial, confianza y empleo tecnológico antes de que el ritmo vuelva a marcarse desde fuera.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
