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El consejero delegado de Telefónica, Emilio Gayo, ha reclamado una adaptación más rápida de la regulación europea para facilitar la inversión tecnológica y permitir que las compañías de la región alcancen una mayor escala. Durante el XXIX Congreso Nacional de la Empresa Familiar, celebrado este lunes, el directivo ha vinculado esta evolución normativa con dos prioridades que están ganando peso en Europa: reforzar la soberanía tecnológica y aprovechar el potencial de la inteligencia artificial en los procesos empresariales.
El planteamiento de Gayo parte de una cuestión que trasciende al sector de las telecomunicaciones. Europa afronta una etapa de fuertes necesidades de inversión en redes, centros de datos, inteligencia artificial, servicios digitales e infraestructuras críticas, al tiempo que intenta reducir dependencias tecnológicas en ámbitos considerados estratégicos.
Para el consejero delegado de Telefónica, la regulación debe acompañar ese proceso y adoptar una perspectiva más prolongada en el tiempo. «Evolucione rápido la regulación y que la evolucione hacia promover mayor inversión. Pediría a Bruselas que piense como las empresas familiares: en el largo plazo», afirmó durante un diálogo con José Luis Blanco, director general ejecutivo del Instituto de la Empresa Familiar.
El mensaje sitúa la capacidad de inversión y el tamaño empresarial como elementos conectados. La fragmentación del mercado europeo, las diferencias regulatorias entre países y las dificultades para consolidar negocios con presencia continental forman parte desde hace años del debate sobre la competitividad de la UE frente a Estados Unidos y Asia. En sectores intensivos en capital, como las telecomunicaciones o la infraestructura digital, esa discusión afecta directamente a la capacidad de financiar nuevos despliegues tecnológicos.
Escala empresarial para sostener la soberanía tecnológica
Gayo enmarcó esa necesidad de inversión dentro del concepto de soberanía tecnológica europea. Su interpretación se centra en preservar capacidad de decisión sobre activos digitales estratégicos sin plantear un modelo económico cerrado ni pretender que Europa desarrolle de manera independiente cada tecnología que utiliza.
«Soberanía tecnológica no es autarquía, no se trata de que tengamos que hacerlo todo nosotros al 100% para todas las actividades, procesos o desarrollos», explicó.
La distinción resulta relevante en un mercado tecnológico construido sobre cadenas globales de suministro y dependencias cruzadas. Semiconductores, servicios de nube, modelos de inteligencia artificial, equipamiento de telecomunicaciones y plataformas digitales dependen de ecosistemas internacionales difíciles de reproducir íntegramente dentro de una única región.
Desde esta perspectiva, la autonomía tecnológica pasa por determinar dónde necesita Europa mantener capacidad propia, qué infraestructuras o datos requieren un mayor control y en qué ámbitos puede apoyarse en proveedores externos sin comprometer activos estratégicos.
Telefónica sitúa la regulación como uno de los instrumentos necesarios para alcanzar ese objetivo. Gayo identificó tres elementos relacionados: unas normas que incentiven el desarrollo tecnológico, unas condiciones que permitan a las empresas europeas adquirir mayor escala y una ejecución empresarial basada en inversiones con horizontes prolongados.
«La regulación es la base sobre la que podemos desarrollar una mayor soberanía tecnológica. Si no fomenta esa soberanía ni ayuda a que las empresas inviertan en los desarrollos necesarios, no funcionará. Esa regulación nos tiene que permitir en Europa tener escala», señaló.
Para una operadora como Telefónica, el debate tiene una dimensión especialmente concreta. Las redes de telecomunicaciones constituyen la infraestructura sobre la que funcionan buena parte de los servicios digitales y requieren inversiones recurrentes para ampliar capacidad, desplegar fibra, extender nuevas generaciones móviles y adaptar las redes al crecimiento del tráfico y de los servicios basados en datos.
La capacidad de las compañías europeas para financiar esas inversiones dependerá, entre otros factores, de la evolución de sus ingresos, del coste del capital y de las condiciones de competencia y consolidación que establezca la regulación.
La inteligencia artificial entra en los procesos de negocio
Junto al marco regulatorio, Gayo situó la inteligencia artificial como una de las tecnologías con mayor capacidad para modificar el funcionamiento interno de las compañías. Los primeros efectos, explicó, ya pueden apreciarse en productividad y reducción de costes, aunque considera que su mayor potencial está en la relación con los clientes.
«La IA ofrece una oportunidad enorme para hacer mejor las cosas para el cliente y capacidades extraordinarias para reducir errores. Además, permite alcanzar niveles de hiperpersonalización que hasta ahora no eran posibles», aseguró.
Esa aplicación desplaza progresivamente la inteligencia artificial desde proyectos experimentales hacia procesos operativos. Automatización de tareas, apoyo a empleados, análisis de información, atención al cliente o generación de recomendaciones son algunos de los ámbitos en los que las empresas están incorporando estas herramientas.
La evolución implica también cambios organizativos. Para Gayo, el conocimiento de la tecnología por sí solo no determinará su aplicación efectiva. Una parte esencial del despliegue dependerá de los profesionales que conocen los procesos y son capaces de identificar dónde puede introducirse automatización o asistencia mediante IA.
«Las personas que conocen los procesos de las compañías serán quienes realmente apliquen la inteligencia artificial. Por eso, necesitamos que comprendan sus capacidades y reciban la formación adecuada», afirmó.
El enfoque sitúa la capacitación de las plantillas como una condición para obtener retornos de las inversiones en IA. Las compañías pueden incorporar modelos y plataformas tecnológicas, pero trasladarlos a operaciones comerciales, atención al cliente o procesos internos requiere combinar capacidades técnicas con conocimiento del negocio.
También obliga a revisar cómo se organizan determinadas funciones. A medida que los sistemas automatizan tareas repetitivas o facilitan el análisis de grandes volúmenes de información, parte del valor se desplaza hacia la definición de procesos, la supervisión de resultados y la gestión de excepciones. En sectores regulados o con millones de clientes, la reducción de errores mencionada por Gayo adquiere además una dimensión operativa y reputacional.
Del ahorro de costes a la personalización
La productividad constituye uno de los argumentos iniciales utilizados por muchas empresas para justificar inversiones en inteligencia artificial. Automatizar tareas o acelerar procesos permite medir con relativa facilidad ahorros de tiempo y costes.
Telefónica apunta, sin embargo, hacia una segunda etapa en la que la tecnología pueda influir directamente en la propuesta al cliente. La hiperpersonalización mencionada por Gayo implica utilizar información disponible sobre cada usuario para adaptar comunicaciones, servicios u ofertas con un nivel de detalle superior al de la segmentación comercial tradicional.
Ese modelo puede abrir nuevas vías de eficiencia comercial y de atención, aunque su despliegue está condicionado por la calidad de los datos, la integración con los sistemas empresariales y el marco europeo de protección de datos y de inteligencia artificial.
La combinación entre regulación e IA conecta así las dos partes principales de la intervención del consejero delegado de Telefónica. Las empresas necesitan capacidad para invertir en nuevas tecnologías, pero también condiciones que les permitan integrarlas en su actividad y obtener escala suficiente para repartir los costes de esas inversiones.
Para las compañías europeas, esa discusión se trasladará cada vez más desde la disponibilidad de herramientas de inteligencia artificial hacia su implantación efectiva: qué procesos deben modificarse, qué profesionales necesitan nuevas capacidades, qué datos pueden utilizarse y qué retorno empresarial generan los proyectos. La respuesta a esas cuestiones determinará cuánto del gasto actual en IA termina convirtiéndose en mejoras operativas y en una relación diferente con el cliente.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
