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El gran reto tecnológico de Europa: escalar sus startups

El gran reto tecnológico de Europa: escalar sus startups

  • Europa ya no puede explicar su retraso tecnológico solo por falta de talento, ciencia o creación de empresas. El gran desafío aparece después: convertir sus startups deep tech en scaleups capaces de competir globalmente sin tener que crecer fuera del continente.
Comisión Europea - Tecnología - La Ecuación Digital

Europa ya no puede explicar su retraso tecnológico solo por falta de talento, ciencia o creación de empresas. El problema aparece después, cuando las startups más prometedoras necesitan capital, clientes, talento directivo y mercado para convertirse en grandes compañías globales.

Durante años, la conversación europea sobre innovación ha partido de una premisa que se repite: Europa investiga bien, pero comercializa mal. La frase ha servido para describir una debilidad real, aunque también ha simplificado demasiado el diagnóstico. El problema actual es más concreto. Europa no parte de cero en creación de compañías tecnológicas. Tiene universidades de primer nivel, centros científicos competitivos, programas públicos de financiación, una cartera creciente de empresas deep tech y ejemplos cada vez más visibles de compañías capaces de atraer inversión internacional.

El cuello de botella aparece en otra fase. Europa sabe crear startups, pero todavía no ha demostrado la misma capacidad para convertirlas en scaleups globales. Ese fue el diagnóstico que marcó la apertura del EIC Summit 2026 en Bruselas, donde la Comisión Europea presentó el Scaleup Europe Fund, el fondo de 5.000 millones de euros gestionado por EQT para financiar compañías deep tech europeas en etapas avanzadas de crecimiento.

El fondo es importante por su tamaño, por su estructura público-privada y por los sectores a los que se dirige. Sin embargo, su relevancia real está en el problema que intenta corregir. La Unión Europea no quiere solo financiar más innovación. Quiere evitar que el valor tecnológico creado en Europa se escale, se financie, se dirija o se cotice fuera del continente.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, resumió el punto de partida con una frase que marca el giro político: «Europa tiene las ideas y el talento para construir las compañías más innovadoras del mundo. Pero cuando escalan, tenemos que asegurarnos de que tienen los medios para crecer, atraer inversión y prosperar aquí, en casa».

La idea central no es nueva, pero el tono sí ha cambiado. Hasta hace poco, la política europea de innovación se expresaba sobre todo en términos de investigación, digitalización, transición verde, regulación o apoyo a startups. Ahora empieza a hablar con más claridad de capital de crecimiento, rondas de cientos de millones, mercados de salida, compra pública, clientes corporativos, talento de escalado y liderazgo industrial en sectores estratégicos.

La diferencia es relevante. Una startup puede nacer con una buena tecnología, un equipo científico y una primera ronda de financiación. Una scaleup deep tech necesita algo mucho más complejo: capital intensivo, capacidad de fabricación, acceso a grandes clientes, ciclos largos de validación, perfiles directivos experimentados, operaciones internacionales, protección de propiedad intelectual, presencia comercial y, en muchos casos, infraestructuras físicas.

Ese salto sigue siendo el gran punto débil del ecosistema tecnológico europeo.

La paradoja europea

El European Innovation Council llega a este debate con resultados que muestran una evolución positiva. Según el EIC Impact Report 2026, en el último año se han creado tres unicornios deep tech respaldados por el EIC. La cartera incluye nueve compañías valoradas por encima de 500 millones de euros, más de 120 compañías con valoraciones superiores a 100 millones y doce rondas de equity por encima de 100 millones.

El mismo informe recoge que el EIC ha invertido 6.500 millones de euros, ha movilizado 5.000 millones de euros en coinversión privada y cuenta con más de 1.000 inversores coinvirtiendo junto al organismo. También apunta a una señal relevante para el mercado único: el 80% de las operaciones de inversión implican participación transfronteriza.

Estos datos reflejan una mejora evidente. Europa cuenta con una cartera deep tech más madura, más inversión privada alrededor de instrumentos públicos y más capacidad para producir compañías con valoraciones relevantes. El informe también destaca que el 45% de la financiación europea en cuántica involucra a empresas respaldadas por el EIC y que las compañías apoyadas por este organismo representan el 25% de la inversión europea en espacio.

El diagnóstico, por tanto, no puede ser que Europa carezca de base tecnológica. La paradoja es otra. Europa empieza a generar mejores activos tecnológicos, pero todavía no dispone de un ecosistema suficientemente potente para acompañarlos hasta el final.

Ekaterina Zaharieva, comisaria europea de Startups, Investigación e Innovación, lo expresó sin rodeos durante la apertura del summit. «El problema no es la innovación, no es el talento. Creo que en Europa tenemos a los mejores científicos deep tech del mundo. Los tenemos», afirmó. A continuación, identificó el obstáculo principal: «Cuando estas compañías tienen éxito y necesitan escalar, tenemos un problema de liquidez».

Ekaterina Zaharieva, European Commissioner for Startups, Research and Innovation
Ekaterina Zaharieva, European Commissioner for Startups, Research and Innovation

La palabra «liquidez» resume solo una parte de la cuestión, pero una parte decisiva. En Europa sigue siendo mucho más difícil levantar rondas de crecimiento de cientos de millones que en Estados Unidos. Y cuando una compañía deep tech necesita capital para fabricar chips, construir hardware cuántico, desplegar infraestructura espacial, desarrollar tecnología médica o contratar equipos comerciales globales, esa diferencia pesa.

La consecuencia es conocida. Muchas empresas europeas buscan rondas lideradas desde Estados Unidos, trasladan parte de su dirección, preparan una salida a bolsa fuera de Europa o acaban integradas en grupos tecnológicos extranjeros. No ocurre siempre, pero ocurre lo suficiente como para que Bruselas lo interprete ya como un problema de competitividad y soberanía tecnológica.

La fase que Europa no ha resuelto

La primera ola digital permitió crear compañías con menos necesidades de capital físico. Buena parte del software podía escalar con equipos reducidos, infraestructura en la nube y modelos comerciales relativamente ligeros. La nueva ola deep tech opera con otra lógica. La inteligencia artificial necesita computación, datos, talento especializado y despliegue empresarial. La computación cuántica necesita laboratorios, fabricación, hardware, criogenia y clientes capaces de asumir tecnologías todavía emergentes. La robótica, la energía, el espacio, la biotecnología o los semiconductores requieren plantas, ensayos, certificaciones, cadenas de suministro e inversión industrial.

Esta diferencia explica por qué la discusión europea se ha desplazado de la startup a la scaleup. Crear empresas sigue siendo importante, pero el punto crítico está en convertir las mejores en líderes globales antes de que otros mercados capturen el valor.

Christian Sinding, Institutional Partner de EQT, lo formuló desde la perspectiva del inversor. «El reto no es empezar nuevas compañías respaldadas por venture capital o seed capital. Tenemos fundadores de clase mundial. Tenemos investigación de clase mundial. Tenemos universidades de primer nivel, talento técnico profundo y muchas compañías que se están creando. El reto es escalar esas compañías hasta convertirlas en líderes globales, manteniendo sus raíces aquí, en Europa».

Christian Sinding, Institutional Partner de EQT
Christian Sinding, Institutional Partner de EQT

Esta frase resume el cambio de etapa. Europa no se mide ya solo por cuántas startups crea, sino por cuántas compañías de gran escala consigue retener, financiar y convertir en actores globales. El Scaleup Europe Fund nace para intervenir en ese tramo, con tickets medios que la comisaria Zaharieva situó por encima de 100 millones de euros por compañía y con un objetivo inicial de 5.000 millones.

Pero el propio lanzamiento del fondo muestra que el capital, aunque esencial, no basta. La brecha de escala europea tiene varias capas.

  • La primera es financiera. Europa necesita fondos capaces de liderar rondas late-stage, no solo acompañarlas. Si las grandes rondas siguen lideradas desde fuera, las decisiones estratégicas también tenderán a desplazarse.
  • La segunda es de mercado. Una compañía europea que quiere vender en varios países se enfrenta todavía a regulaciones, lenguas, fiscalidad, formas societarias, contratación pública y culturas de compra diferentes. El mercado único existe, pero para muchas startups sigue funcionando como una suma de mercados nacionales.
  • La tercera es de talento. Escalar una compañía deep tech exige perfiles que hayan construido fábricas, abierto mercados internacionales, vendido a grandes clientes, gestionado operaciones globales o preparado una salida a bolsa. Europa tiene mucho talento científico, pero menos densidad de operadores acostumbrados a llevar empresas tecnológicas de cientos a miles de empleados.
  • La cuarta es de demanda. Las compañías deep tech necesitan clientes que compren tecnología, no solo programas piloto, premios o subvenciones. Sin ingresos reales, el capital privado llega más tarde o llega peor.
  • La quinta es de salida. Si Europa no cuenta con mercados bursátiles profundos para tecnológicas de alto crecimiento, muchas empresas seguirán mirando a Nasdaq cuando llegue la fase de liquidez.

La ciencia no es suficiente

Hermann Hauser, fundador de Acorn Computers y una de las figuras históricas del deep tech europeo, introdujo un matiz importante durante la keynote. Europa ha perdido algunas de las grandes plataformas digitales de la etapa anterior, pero no todas las olas tecnológicas están decididas.

«Una de las cosas maravillosas de la tecnología profunda es que siempre hay un nuevo juego», afirmó. «Podemos haber perdido la búsqueda frente a Google y las redes sociales frente a Facebook, pero la computación cuántica todavía no está perdida. La fotónica todavía no está perdida».

El argumento es razonable. Las grandes posiciones tecnológicas no se heredan de forma automática. Cada cambio de paradigma abre nuevos espacios. Europa tiene activos en cuántica, fotónica, espacio, energía, materiales avanzados, robótica, biotecnología e IA aplicada a sectores industriales. Pero esos activos solo se convertirán en poder tecnológico si logran superar la fase de escalado.

Hauser fue especialmente crítico con el balance europeo. «Hemos fallado terriblemente en la fase scaleup», afirmó. También señaló que, de los doce unicornios en los que ha estado involucrado, todos terminaron en Estados Unidos.

Su intervención permite entender por qué la discusión ya no se limita a crear más programas de apoyo temprano. Europa ha financiado investigación, ha creado aceleradoras, ha impulsado consorcios y ha aprobado marcos regulatorios. Lo que ahora necesita es una continuidad entre laboratorio, empresa, mercado y capital.

Esa continuidad es especialmente importante en deep tech porque los tiempos son más largos y los riesgos más difíciles de evaluar. Una compañía de software puede demostrar tracción comercial en meses. Una empresa de computación cuántica, semiconductores, energía o biotecnología puede necesitar años para validar producto, certificar procesos, construir infraestructura y convencer a clientes. Si el ecosistema financiero no entiende esos ciclos, las empresas europeas quedan en desventaja frente a mercados con mayor apetito de riesgo y mayor concentración de capital.

Capital europeo que no llega a la tecnología

Uno de los mensajes más claros de la apertura fue que Europa no carece de dinero. Carece de mecanismos suficientes para dirigir parte de ese capital hacia la tecnología de crecimiento.

Kasim Kutay, CEO de Novo Holdings, lo explicó desde la perspectiva de un gran inversor institucional. «No hay escasez de capital en Europa», afirmó. «Los billones que están en fondos de pensiones y compañías de seguros son casi dinero ocioso. Mucho está simplemente en bonos, generando rentabilidades medias o bajas de un solo dígito. Muy poco está asignado a venture, muy poco está asignado a growth».

El problema, por tanto, no es solo la disponibilidad agregada de ahorro. Es su asignación. Europa tiene grandes masas de capital institucional, pero una parte limitada llega al capital riesgo, al growth equity o a vehículos especializados en tecnología intensiva. Las razones son conocidas: regulación prudencial, aversión al riesgo, fragmentación nacional, menor experiencia histórica, falta de fondos suficientemente grandes y ausencia de un mercado de salidas comparable al estadounidense.

El Scaleup Europe Fund intenta actuar como catalizador. Si un fondo anclado por la Comisión, gestionado por EQT y acompañado por grandes inversores europeos demuestra retornos atractivos, puede animar a más instituciones a entrar en este tipo de activo. Esa es una de las claves del proyecto. El fondo no será transformador solo por los 5.000 millones iniciales, sino por la capacidad de arrastrar más capital hacia rondas de crecimiento europeas.

La cuestión es si esa demostración llegará a tiempo. En tecnologías estratégicas, las ventanas de oportunidad no permanecen abiertas indefinidamente. Si una compañía europea necesita esperar más que una competidora estadounidense o china para financiar una planta, contratar talento o cerrar una adquisición, la diferencia de capital se convierte en diferencia industrial.

El mercado único que todavía no funciona como mercado único

La brecha de escala europea también se explica por el mercado. Una startup estadounidense puede incorporarse en Delaware y acceder a un mercado doméstico de más de 300 millones de personas bajo un marco mucho más homogéneo. Una startup europea puede nacer en Francia, España, Alemania, Finlandia o Polonia y encontrarse con que expandirse dentro de la propia Unión exige adaptarse a múltiples sistemas nacionales.

Von der Leyen utilizó un ejemplo directo. «Ahora mismo, en lugar de un mercado, se enfrentan a 27 sistemas legales y más de 60 formas societarias nacionales. Es demasiado complejo, demasiado caro y demasiado lento», afirmó.

Por eso la Comisión conecta el Scaleup Europe Fund con EU Inc, la propuesta de un marco societario europeo que permitiría crear una empresa en 48 horas, online y por menos de 100 euros. La medida no resolvería todos los problemas del mercado único, pero apunta a una barrera muy concreta: la complejidad administrativa que sufren las compañías que quieren operar desde el primer día con ambición europea.

Eileen O’Mara, Chief Revenue Officer de Stripe, reforzó esta lectura desde la experiencia de una compañía que trabaja con millones de empresas. Su diagnóstico fue doble. Por un lado, defendió que nunca ha sido mejor momento para crear una compañía en Europa gracias a la tecnología, la IA y el acceso a mercados. Por otro, advirtió que escalar sigue siendo extremadamente difícil.

«Crear una compañía y escalar una compañía en Europa hoy sigue siendo increíblemente difícil», afirmó. También defendió que EU Inc debería estar operativo antes del calendario previsto de abril de 2028.

Stripe aportó además un dato especialmente relevante para entender el valor del mercado único. Según O’Mara, las empresas europeas que logran vender de forma transfronteriza durante sus primeros doce meses crecen tres veces más rápido que las que no lo hacen. El problema es que, en la práctica, a un fundador francés puede resultarle más fácil ir a Estados Unidos que expandirse a otro mercado europeo.

Este punto es central. Europa no puede aspirar a crear líderes tecnológicos globales si sus compañías no pueden tratar el mercado europeo como un primer mercado natural. La fragmentación reduce velocidad, eleva costes y empuja a las startups más ambiciosas hacia Estados Unidos antes de que hayan construido una posición europea sólida.

Talento de escalado, el recurso menos visible

La conversación sobre innovación suele centrarse en científicos, ingenieros y fundadores. Son esenciales, pero no suficientes. Escalar una compañía exige otro tipo de talento: perfiles que sepan vender a grandes cuentas, construir equipos internacionales, levantar fábricas, gestionar cadenas de suministro, negociar con administraciones, cerrar alianzas industriales o preparar una compañía para cotizar.

Jan Goetz, CEO y cofundador de IQM, planteó el problema desde su propia experiencia. «Construimos compañías tecnológicas y eso significa que hay dos ingredientes. Está la tecnología y, en el lado de la compañía, están las personas», afirmó.

Goetz explicó que Europa cuenta con universidades fuertes y ciencia competitiva, pero que la fase de escalado requiere experiencia operativa. En el caso de IQM, la compañía ha tenido que construir una fábrica de chips. «No quedan muchas personas en Europa que sepan construir fábricas de chips», señaló.

La frase ilustra una debilidad estructural. Europa puede tener talento científico en cuántica o semiconductores, pero si durante años ha perdido capacidad industrial o ha dejado de escalar cierto tipo de compañías, también ha perdido parte del conocimiento práctico asociado a esa escala. Esa experiencia no se recupera solo con formación universitaria. Se adquiere construyendo empresas, fracasando, repitiendo, contratando, vendiendo y operando.

Goetz añadió otro matiz útil. Parte de ese talento puede desarrollarse dentro de las propias compañías. Los científicos pueden adquirir mentalidad de producto y de mercado cuando entienden que su tecnología resuelve problemas reales y que hay clientes dispuestos a pagar por ella. «Algunos de nuestros mejores científicos se entusiasmaron mucho cuando entendieron que en realidad teníamos que construir productos reales, algo que se puede vender», explicó.

Esto conecta con una de las carencias históricas de la deep tech europea: la distancia entre ciencia y producto. Europa no necesita que sus investigadores abandonen la ciencia, sino que más equipos científicos entiendan antes cómo convertir conocimiento en producto, producto en ingresos e ingresos en capacidad de escala.

Clientes, no solo capital

El capital permite crecer, pero una scaleup no se sostiene solo con rondas. Necesita clientes. En deep tech, esa necesidad es todavía más clara porque muchas tecnologías requieren validación temprana por parte de grandes empresas, centros públicos, hospitales, infraestructuras críticas o administraciones.

Zaharieva fue explícita al dirigirse a las grandes compañías europeas. «Corporates, por favor, mirad a nuestras compañías innovadoras, compradles, conectaos con ellas en una fase temprana, invertid en ellas», afirmó.

La compra pública también aparece como una herramienta clave. En ámbitos como cuántica, espacio, defensa, salud, energía o supercomputación, el primer cliente puede ser una administración, un centro público de investigación o una infraestructura financiada con dinero público. Cuando ese cliente compra, no solo genera ingresos. También reduce riesgo tecnológico, obliga a definir producto y ayuda a atraer inversión privada.

Goetz ofreció un ejemplo concreto desde IQM. La compañía empezó vendiendo ordenadores cuánticos a grandes centros de supercomputación, muchos de ellos financiados públicamente. Según explicó, esa demanda fue decisiva para construir producto y generar ingresos.

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«Esto te obliga a definir un producto y a trabajar de una forma comercial», afirmó. «Con cada ingreso que obtuvimos a través de compra pública, pudimos apalancar al menos diez veces inversión privada».

El dato es importante porque muestra que la política pública no debe limitarse a subvencionar proyectos. También puede comprar tecnología, crear demanda y acelerar la entrada de capital privado. En deep tech, un contrato público bien diseñado puede ser más útil que una ayuda aislada, porque valida la utilidad de la tecnología y ofrece visibilidad sobre ingresos futuros.

Sin embargo, la compra pública europea sigue siendo lenta, fragmentada y con frecuencia adversa al riesgo. Muchas administraciones prefieren proveedores consolidados, procesos largos y soluciones conocidas. Esa lógica reduce el riesgo administrativo, pero también limita la capacidad de Europa para convertir innovación en mercado.

De proveedores de innovación a proveedores tecnológicos

Iraia Ibarzabal, Chief Growth Officer de Multiverse Computing, introdujo una distinción especialmente relevante para las scaleups europeas. Muchas startups son tratadas durante demasiado tiempo como proveedoras de innovación, pilotos o pruebas de concepto. La fase de escala exige otro posicionamiento.

«Me gustaría que las startups o scaleups ya no seamos conocidas como proveedoras de innovación», afirmó. «Necesitamos posicionarnos como proveedoras de tecnología y proveedoras de soluciones finales, y no estar tan centradas en pruebas de concepto».

La frase apunta a un problema habitual en la relación entre corporaciones, administraciones y startups. Muchas grandes organizaciones quieren acercarse a la innovación, pero no siempre convierten ese interés en compras reales. La startup participa en laboratorios, aceleradoras, eventos o pilotos, pero no logra contratos recurrentes ni despliegues a escala.

Para una scaleup, esa diferencia es decisiva. Un piloto puede servir para validar una hipótesis. Un contrato permite contratar, invertir, financiarse y crecer. Si Europa quiere escalar compañías deep tech, debe reducir la distancia entre prueba de concepto y adopción real.

Multiverse Computing ofrece además un ángulo español relevante. La compañía nació en San Sebastián, comenzó centrada en software cuántico y ha evolucionado hacia soluciones de IA eficiente. Según explicó Ibarzabal, el apoyo del País Vasco, del Gobierno español y del EIC ha permitido combinar cercanía local, respaldo nacional y legitimidad europea.

Su caso muestra que la fragmentación europea puede gestionarse si los niveles local, nacional y europeo se coordinan. Los ecosistemas regionales pueden aportar proximidad y primeros contactos. Los Estados pueden apoyar capacidades estratégicas. La escala europea puede ofrecer visibilidad, financiación y conexión con grandes corporaciones.

Pero esa coordinación sigue siendo la excepción más que la norma. Europa necesita convertir esos casos en procesos más sistemáticos.

El fondo no es la solución completa

El Scaleup Europe Fund puede cubrir una parte importante de la brecha europea, pero no la elimina. El propio debate del EIC Summit lo dejó claro. El capital de crecimiento es una condición necesaria, no una solución total.

Europa necesita más fondos capaces de liderar grandes rondas, pero también necesita simplificar la creación y expansión de empresas, completar la unión de mercados de capitales, movilizar ahorro institucional, generar mercados públicos y privados para tecnología europea, desarrollar talento de escalado y construir mercados de salida más competitivos.

La Comisión parece consciente de esa interdependencia. Zaharieva vinculó el fondo con EU Inc, la Unión de Ahorro e Inversión, la simplificación regulatoria, el papel de las grandes compañías y la necesidad de completar la unión de mercados de capitales. Su mensaje fue claro: el fondo es un paso relevante, pero otros actores deben actuar con la misma velocidad.

«Simplificación no es un eslogan. Tiene que verse en los actos», afirmó.

Ese será uno de los puntos críticos. Europa suele diagnosticar bien sus problemas, pero ejecuta con lentitud. La diferencia con Estados Unidos no es solo de capital. También es de velocidad, densidad de mercado, tolerancia al riesgo y capacidad de concentrar recursos alrededor de ganadores potenciales.

O’Mara lo resumió en una frase durante el cierre de la mesa sobre escalado: «El diagnóstico está hecho». Lo que falta ahora es velocidad.

Una cuestión de soberanía económica

La brecha de escala ya no es solo un asunto de startups. Se ha convertido en una cuestión de soberanía económica. Si las tecnologías críticas se investigan en Europa pero se escalan fuera, Europa conserva parte del conocimiento, pero pierde parte del poder.

Pierde sedes, empleo cualificado, capacidad industrial, impuestos, decisiones estratégicas, cadenas de suministro, influencia sobre estándares y opciones de reinversión. También pierde referentes. Una compañía que escala en Europa crea directivos, inversores, fundadores en serie y talento que después alimenta nuevas generaciones de empresas.

Ese efecto acumulativo explica la ventaja de Silicon Valley y de otros ecosistemas tecnológicos. Las grandes compañías no solo generan valor financiero. Producen experiencia, capital, proveedores, clientes, cultura de riesgo y redes de confianza. Europa necesita ese ciclo en deep tech si quiere competir en las próximas olas tecnológicas.

El EIC Impact Report 2026 sugiere que el continente empieza a construir una base más sólida. Hay más compañías valoradas por encima de 100 millones, más rondas grandes, más coinversión privada y más participación transfronteriza. Pero la distancia con los grandes polos tecnológicos globales sigue siendo considerable.

La pregunta no es si Europa puede crear startups. Ya lo hace. La pregunta es si puede crear las condiciones para que sus mejores startups no tengan que irse para convertirse en grandes compañías.

El Scaleup Europe Fund es una respuesta importante, pero también una prueba. Si consigue movilizar capital privado, actuar con rapidez, seleccionar compañías ambiciosas y acompañarlas en sectores estratégicos, puede alterar la percepción del mercado. Si se queda en un instrumento aislado, no bastará para cambiar la trayectoria.

Europa se juega más que unas cuantas rondas de inversión. Se juega la capacidad de convertir ciencia en industria, startups en empresas globales y conocimiento en poder económico. La brecha de escala es hoy una de las fronteras principales de la competitividad europea.

La buena noticia es que el diagnóstico ya no se esconde. La mala es que reconocer el problema no equivale a resolverlo. A partir de ahora, Europa tendrá que demostrar que puede moverse a la velocidad de las tecnologías que quiere liderar.

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