Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con…
Mark Zuckerberg ha vuelto a presentar la superinteligencia como una tecnología de emancipación individual. En The Future is for Everyone, un ensayo de unas 6.500 palabras publicado este 10 de agosto, el fundador y consejero delegado de Meta sostiene que la superinteligencia de Meta debería llegar a miles de millones de personas, darles más capacidad para crear empresas, aprender, investigar y gestionar su vida, y evitar que el poder de la inteligencia artificial quede concentrado en unas pocas instituciones.
La propuesta expone una visión política además de un catálogo de productos. Zuckerberg sitúa en el centro la distribución del poder, cuestiona la idea de una única superinteligencia «benevolente» y defiende que varios modelos, empresas y agentes personales compitan y se controlen entre sí. El problema aparece cuando esa filosofía se confronta con las condiciones materiales necesarias para hacerla posible.
La superinteligencia de Meta depende de infraestructura concentrada
La imagen que propone Zuckerberg es la de un agente personal disponible las 24 horas, capaz de gestionar salud, finanzas, relaciones, aprendizaje, trabajo y ocio. Ese agente tendría modos privados, podría funcionar desde unas gafas inteligentes y, según su visión, permitiría a cada usuario ampliar su capacidad de decisión.
Pero la inteligencia abundante tiene un coste físico. Requiere chips, centros de datos, energía, agua, redes y capital en una escala que muy pocas compañías pueden financiar. Meta, como sus rivales, compite por asegurar capacidad eléctrica y computacional. La promesa de una superinteligencia ampliamente distribuida descansa así sobre una base industrial extraordinariamente concentrada.
Zuckerberg intenta resolver esa contradicción mediante acceso gratuito o asequible y una futura subasta dinámica de capacidad de cómputo para quienes quieran consumir más. La formulación reconoce algo importante: la inteligencia no será realmente ilimitada. Habrá prioridades, escasez y precios. También habrá un operador que decidirá cómo se ofrece esa capacidad y bajo qué condiciones.
Si las próximas herramientas empresariales, educativas y científicas dependen de capacidad computacional asignada por plataformas privadas, quién controla la infraestructura seguirá siendo tan relevante como quién accede a la aplicación.
Abrir modelos reparte solo una parte del poder
Otro eje del manifiesto es el código abierto. Zuckerberg asegura que Meta retomará la publicación de modelos abiertos y presenta ese ecosistema como contrapeso frente a la centralización.
La apertura puede ampliar la competencia, facilitar la investigación y reducir la dependencia de un único proveedor. Aun así, un modelo descargable o con pesos disponibles no implica que cualquier actor pueda reproducir su entrenamiento, acceder a los mismos datos o disponer de la misma infraestructura.
Meta puede distribuir modelos y conservar una ventaja decisiva en centros de datos, producto, distribución y capacidad financiera. Esa combinación puede beneficiar a desarrolladores y empresas, pero describe un ecosistema asimétrico. La apertura del software alivia una parte del problema mientras el coste del entrenamiento de frontera aumenta.
La defensa que Zuckerberg hace de la «destilación», el proceso por el que un modelo aprende de otro, encaja en esa estrategia. El argumento protege la circulación del conocimiento entre modelos, aunque amplía el debate sobre propiedad intelectual en una industria construida sobre enormes volúmenes de información.
Empleo y la hipótesis más optimista de Zuckerberg
El apartado económico parte de una premisa ambiciosa: la superinteligencia impulsará la invención con más fuerza que la automatización y acabará generando más empleo. Zuckerberg imagina pequeñas empresas capaces de operar a gran escala con pocos trabajadores, nuevos oficios y agentes que ayuden a cada persona a adquirir habilidades.
Ese escenario es posible, pero está lejos de ser automático. Una empresa puede usar IA para crear nuevas líneas de negocio y reducir al mismo tiempo el número de empleados necesarios para operar las existentes. El efecto agregado dependerá de la velocidad de adopción, de la distribución de las ganancias de productividad y de la aparición de nueva demanda.
Para empresarios y directivos, esta parte merece atención porque desplaza el foco desde el ahorro de costes hacia la creación de capacidad. Si los modelos mejoran de forma sustancial, la ventaja competitiva podría aparecer en productos que hoy no existen, ciclos de innovación más cortos y empresas pequeñas capaces de entrar en mercados antes reservados a organizaciones con equipos numerosos.
La historia tecnológica ofrece ejemplos de creación de empleo, pero también periodos largos de ajuste y desigualdad entre sectores y territorios. Un agente que enseña nuevas habilidades puede ayudar. No elimina el coste económico de una transición desigual.
Los centros de datos entran en la disputa por la legitimidad
Zuckerberg dedica una parte extensa a la construcción de infraestructura. Propone que las comunidades reciban empleo, inversión pública, energía adicional y compensaciones ambientales, y anuncia un fondo para apoyar las zonas donde Meta instala centros de datos.
La inclusión de este asunto revela la fase industrial de la IA. El cuello de botella ya no está únicamente en los modelos. Está también en la electricidad, el suelo, el agua, las redes y la aceptación social de instalaciones de enorme escala.
Para Europa y España, donde los permisos, la disponibilidad eléctrica y el impacto territorial condicionan nuevos proyectos, esta dimensión puede resultar más inmediata que la discusión sobre una futura inteligencia superior a la humana. Las tecnológicas necesitan demostrar que la capacidad computacional produce beneficios locales medibles cuando compite por recursos con hogares y otras industrias.
Meta plantea un «pacto comunitario» en el que la infraestructura deja activos duraderos. La idea tiene lógica empresarial: sin aceptación social, los proyectos se retrasan, encarecen o bloquean. También obliga a trasladar las promesas a métricas y compromisos verificables.
Privacidad y regulación de la superinteligencia de Meta
El punto más delicado aparece en la combinación de privacidad, seguridad y cooperación con el Gobierno de Estados Unidos. Zuckerberg promete un modo privado para agentes personales en el que ni Meta podría acceder a la información del usuario. A la vez, propone que los laboratorios compartan con el Gobierno versiones intermedias de sus modelos avanzados y personal técnico para reforzar infraestructuras críticas.
La convivencia de ambas ideas exige una arquitectura de gobernanza mucho más precisa de la que ofrece el manifiesto. Los usuarios tendrían que saber qué datos quedan cifrados, qué información se usa para entrenar modelos y qué excepciones legales podrían aplicarse. Para empresas europeas entran, además, requisitos regulatorios y de protección de datos.
Zuckerberg sitúa el control de la IA avanzada como una cuestión de poder institucional. Su respuesta, repartir superinteligencia entre individuos y empresas, tiene atractivo como principio. Sin embargo, acceder a una herramienta tampoco significa controlar la infraestructura que la sostiene, las reglas comerciales, la evolución del modelo o la jurisdicción desde la que se presta el servicio.
Ahí aparece la derivada empresarial más concreta. Si la IA se convierte en una capa básica para trabajar, aprender, investigar y operar compañías, la dependencia tecnológica dejará de medirse solo en licencias de software. Pasará por cómputo, energía, modelos, datos y condiciones de acceso. La promesa de «superinteligencia para todos» será creíble en la medida en que ese ecosistema permita cambiar de proveedor, auditar decisiones, proteger información y competir sin quedar atrapado en una sola plataforma.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
