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España quiere acelerar el paso que va del conocimiento científico a la industria y hacerlo en ámbitos donde todavía pueda construir posiciones de liderazgo tecnológico. La nueva estrategia de deep tech para 2026-2030 parte de una idea sencilla de formular, pero mucho más difícil de ejecutar: identificar tecnologías con potencial, acompañarlas durante años y conseguir que las empresas nacidas alrededor de ellas crezcan sin tener que salir de Europa para encontrar capital o mercado.
Ese fue uno de los ejes de la intervención de Teresa Riesgo, secretaria general de Innovación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, durante el 40 Encuentro de la Economía Digital y las Telecomunicaciones de AMETIC, celebrado en Santander.
Su objetivo para los próximos cuatro años es concreto.
«Me gustaría que dijéramos: hay esta, esta y esta tecnología en la que España está liderando, no solo la tecnología, sino también el mercado e incluso la adopción», señaló.

La estrategia intenta cubrir precisamente ese recorrido completo. No basta con producir conocimiento científico ni con conseguir avances tecnológicos puntuales. El objetivo es que algunas de esas capacidades terminen convertidas en empresas, productos, mercados y actividad industrial.
Para lograrlo, el Gobierno quiere apoyarse en un observatorio de deep tech capaz de seguir la evolución tecnológica de forma dinámica. La disponibilidad de grandes cantidades de información y el uso de inteligencia artificial permitirían identificar con mayor rapidez qué tecnologías están avanzando, dónde se encuentran los grupos científicos con mayor potencial y qué oportunidades pueden transformarse en proyectos empresariales.
El desafío aparece justo en ese último paso.
«No hace falta que te vayas de la universidad o del centro de investigación», explicó Riesgo al describir la lógica que quiere impulsar la estrategia. «Tú sigue con tus cosas, lo que vamos a hacer es que esto que tú estás haciendo vamos a convertirlo en un negocio».
La aspiración es que dentro de cuatro años puedan señalarse casos concretos: una compañía española relevante en sensórica cuántica, una empresa capaz de competir en propulsión espacial o cualquier otra tecnología profunda donde el país haya conseguido trasladar conocimiento científico hacia el mercado.
El problema empieza cuando hay que asumir riesgo
España dispone de investigadores y centros científicos competitivos, pero el talento no resuelve por sí solo el problema de la industrialización tecnológica.
Riesgo situó uno de los principales cuellos de botella en la financiación de proyectos con niveles elevados de riesgo y horizontes de retorno largos.
«Tenemos que ser capaces de invertir en proyectos arriesgados que, si luego triunfan, van a tener un beneficio enorme», afirmó.
Ese beneficio puede ser económico, pero también social. La secretaria general de Innovación utilizó el desarrollo farmacéutico como ejemplo de inversiones que requieren cantidades muy elevadas de capital durante periodos largos antes de generar retornos, aunque cuando funcionan pueden cambiar tanto una industria como la vida de millones de personas.
La dificultad europea es encontrar inversores capaces de asumir ese ciclo.
«Necesitamos inversores arriesgados y pacientes», resumió.
La cuestión resulta especialmente relevante para las empresas deep tech. A diferencia de otros modelos digitales, estas compañías suelen necesitar años de investigación, infraestructuras complejas, propiedad intelectual especializada y grandes inversiones antes de llegar al mercado.
El problema tampoco termina cuando una startup supera sus primeras fases. Riesgo explicó que algunas empresas españolas que ya han dejado atrás esa etapa siguen encontrando dificultades para completar rondas de financiación de mayor tamaño.
Uno de los obstáculos más frecuentes es localizar un «lead investor», un inversor dispuesto a liderar la operación y permitir posteriormente la entrada de capital público o de otros participantes privados.
«A veces eso es una dificultad. Bueno, no a veces, es una dificultad», reconoció.
La consecuencia es conocida en buena parte del ecosistema europeo: empresas capaces de desarrollar tecnología avanzada pueden encontrarse con más dificultades para escalar que para demostrar inicialmente que su tecnología funciona.
8.000 millones con una lógica diferente a las subvenciones
La estrategia deep tech intenta responder a ese problema modificando también la forma en que participa el sector público.
Riesgo insistió en que los aproximadamente 8.000 millones de euros contemplados alrededor de la estrategia no se traducirán simplemente en nuevas convocatorias tradicionales de ayudas.
«Algunos a lo mejor se le han puesto la cara de decir: ‘anda, y qué pedazo de convocatorias vais a sacar’. No, no vamos a sacar convocatorias», explicó.
Una parte relevante de esos recursos se canalizará mediante instrumentos destinados a compartir riesgo con inversores privados. La secretaria general citó mecanismos como SET, Innvierte o España Crece, dentro de una tendencia hacia formas de financiación donde el Estado participa junto al capital privado en lugar de limitarse a conceder subvenciones.
La intención es actuar precisamente donde el mercado europeo muestra mayores dificultades: proyectos con mucha incertidumbre tecnológica, necesidades elevadas de capital y horizontes de maduración incompatibles con una financiación excesivamente cortoplacista.
Uno de los instrumentos centrales será Deep Start, inicialmente denominado Deep Tech Tech Transfer, creado junto al Fondo Europeo de Inversiones.
El vehículo suma, según las cifras ofrecidas por Riesgo, unos 358 millones de euros entre la aportación europea y la española a través de Innvierte. Su objetivo es financiar transferencia tecnológica desde etapas tempranas.
El Gobierno estudia ya ampliar este mecanismo después de la acogida obtenida hasta ahora.
Talento, infraestructuras y capital
La estrategia se estructura alrededor de tres grandes pilares.
- El primero combina talento e infraestructuras. No se trata únicamente de disponer de investigadores, sino también de ofrecerles las instalaciones necesarias para trabajar en tecnologías que exigen equipamiento científico avanzado.
Riesgo puso como ejemplo el sincrotrón ALBA, una infraestructura que permite estudiar y probar materiales y que refleja una de las particularidades del deep tech: buena parte de estos proyectos dependen de instalaciones científicas que una empresa difícilmente podría desarrollar por sí sola. - El segundo pilar es económico y concentra una parte sustancial de los recursos previstos. Su función es acompañar los proyectos desde las primeras fases de transferencia hasta etapas donde las necesidades de financiación aumentan considerablemente.
- El tercero es la gobernanza, entendida menos como una estructura administrativa y más como una herramienta para detectar cambios tecnológicos y reaccionar con rapidez.
«Necesitamos ir cada vez más deprisa», señaló Riesgo.
La velocidad importa porque los ciclos de adopción tecnológica se están acortando. Una estrategia diseñada sobre una fotografía fija de las capacidades españolas puede quedarse desactualizada antes incluso de completar su ejecución.
De ahí que el observatorio previsto tenga que identificar de manera continua tecnologías emergentes, grupos de investigación, empresas y oportunidades de inversión.
Trece ministerios para una estrategia tecnológica
La ejecución también plantea un problema de coordinación institucional.
La estrategia está impulsada conjuntamente por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y el Ministerio para la Transformación Digital y de la Función Pública, pero implica a un total de trece ministerios.
La amplitud responde al carácter transversal de las tecnologías profundas. Junto a Ciencia y Transformación Digital intervienen áreas relacionadas con Industria, Economía, Sanidad y otros sectores donde estas tecnologías pueden terminar encontrando sus primeras aplicaciones.
Riesgo recordó que, al presentar el planteamiento español ante un comité de la OCDE, una de las cuestiones que más sorprendió a otros participantes fue precisamente esa coordinación entre trece departamentos.
El reto ahora será conseguir que esa estructura permita acelerar decisiones en lugar de añadir nuevas capas administrativas.
La gobernanza tendrá además otra función: generar confianza suficiente para atraer inversión extranjera y conseguir que compañías internacionales instalen en España centros de I+D capaces de actuar como tractores de nuevos ecosistemas tecnológicos.
Las grandes empresas también tienen que entrar antes
La falta de financiación no es el único problema que identifica la estrategia.
Europa necesita también que sus grandes empresas participen antes en el desarrollo de tecnologías disruptivas.
«Que no esperen a que todo esté hecho para adoptar, sino que de repente digan: venga, voy contigo», explicó Riesgo.
Ese cambio permitiría que startups y proyectos científicos dispusieran antes de clientes, socios industriales y entornos reales donde validar tecnologías todavía inmaduras.
La participación temprana de grandes compañías puede resultar especialmente importante en sectores como energía, espacio, semiconductores, tecnologías cuánticas, nuevos materiales o biotecnología, donde pasar de un prototipo a una producción industrial requiere infraestructuras y capital que una empresa joven difícilmente puede asumir en solitario.
La estrategia española plantea así la industrialización del conocimiento como una cadena donde ciencia, financiación, infraestructuras, empresas y demanda deben avanzar de forma coordinada.
Europa necesita asumir más riesgo
La intervención de Manuel Heitor, presidente del Grupo de Expertos Independientes de la Comisión Europea, amplió esa discusión al conjunto europeo.
Su mensaje central fue que Europa necesita mantener una inversión pública continuada en investigación e innovación y, al mismo tiempo, aprender a asumir mayores niveles de riesgo.
«Tenemos que comprender cómo asumir mucho más riesgos aceptando los fracasos como pasos hacia el éxito», afirmó.
Heitor vinculó esa necesidad con desafíos que van desde la salud y la prevención de enfermedades hasta los incendios, el cambio climático o la seguridad colectiva. Resolverlos exigirá ciencia de frontera e innovación disruptiva, pero también una mayor participación social y nuevas formas de evaluar y financiar la investigación.
Otro de sus mensajes se centró en las carreras científicas. Europa necesita crear mejores condiciones para jóvenes investigadores y profesionales de la innovación en un momento en que la competencia internacional por el talento se ha intensificado.
También defendió una coordinación más estrecha entre los niveles europeo, nacional y regional y una revisión pragmática de la cooperación científica internacional ante el crecimiento de las capacidades de China.
La estrategia deep tech española se inserta precisamente en ese debate europeo: cómo convertir una base científica relevante en empresas capaces de crecer, competir y fabricar tecnología avanzada.
España intenta responder con capital público que comparta riesgos, nuevos instrumentos de transferencia, infraestructuras científicas y una gobernanza capaz de detectar oportunidades antes de que desaparezcan.
El éxito dentro de cuatro años dependerá menos de cuántas tecnologías aparezcan en los documentos estratégicos que de cuántas hayan conseguido completar el recorrido que planteaba Riesgo en Santander: salir del laboratorio, encontrar inversión, llegar al mercado y convertirse en industria.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
