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Ericsson plantea redes programables para responder a las exigencias de la IA

Ericsson plantea redes programables para responder a las exigencias de la IA

  • El fabricante prevé que las redes móviles incorporen autonomía, computación especializada y capacidades accesibles mediante interfaces, pero vincula su despliegue a una arquitectura común entre industrias.
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Ericsson prevé que las redes móviles evolucionen durante la próxima década desde el transporte de datos hacia infraestructuras capaces de interpretar el entorno, anticipar necesidades y actuar en tiempo real. El cambio responde al avance de agentes, dispositivos y sistemas de inteligencia artificial, que elevarán las exigencias de rendimiento, seguridad y computación distribuida y podrían abrir nuevas fuentes de ingresos para los operadores.

La compañía agrupa esta visión bajo el concepto de tejido inteligente: una arquitectura programable, autónoma y nativa de IA que conectaría dispositivos, sensores, servicios en la nube, recursos en el borde y sistemas inteligentes. Su desarrollo permitiría ofrecer capacidades de red diferenciadas, en lugar de limitar el servicio a transportar tráfico sin garantías específicas para cada aplicación.

El planteamiento aparece en  Technology and Telecoms Trends 2026 , donde Ericsson sostiene que las decisiones adoptadas durante los próximos tres años condicionarán el ritmo de la transición y la posición competitiva de sus participantes. La propuesta llega, además, cuando buena parte de la arquitectura de las futuras redes continúa en definición: el calendario de 3GPP sitúa en Release 21 el inicio del trabajo normativo de 6G vinculado a IMT-2030.

De transportar datos a exponer capacidades

El principal cambio para los operadores estaría en la posibilidad de convertir determinadas prestaciones de la red en servicios consumibles por empresas y desarrolladores. Las interfaces programables permitirían solicitar recursos, establecer condiciones de rendimiento o utilizar información captada por la infraestructura para operar sobre el mundo físico. Esa evolución exigiría combinar conectividad, sensores, automatización y operaciones autónomas bajo reglas técnicas compartidas.

Para las empresas, este modelo podría facilitar que una aplicación acceda a funciones de conectividad adaptadas a su carga de trabajo. Para los operadores, supondría avanzar hacia una oferta con niveles de servicio y capacidades diferenciadas. Ericsson presenta así la red como una plataforma tecnológica para la economía de la IA, aunque el alcance comercial dependerá de los estándares, los modelos de acceso y los acuerdos que adopte el sector.

Erik Ekudden, CTO de Ericsson, resume el valor estratégico que la empresa atribuye a esta infraestructura: «El tejido inteligente representa para la economía de la IA lo que el servicio de banda ancha móvil de máximo esfuerzo representó en su día a la economía de internet: la capa de conexión que hace posible todo lo demás, y el factor diferencial que determina quién lidera y quién sigue».

La demanda que justificaría esa transformación todavía está emergiendo. Ericsson precisa en su análisis sobre tendencias tecnológicas y de telecomunicaciones que el tráfico de la IA agéntica representa aún una fracción del tráfico móvil, aunque crece con rapidez y su impacto futuro es difícil de predecir. El tejido inteligente es, por tanto, una preparación arquitectónica ante nuevas cargas y actores, no un despliegue ya generalizado.

Cuatro fuerzas para una red autónoma

Ericsson articula la evolución alrededor de cuatro fuerzas interdependientes. La primera es la IA física, que incorporaría a agentes autónomos, robots y otros sistemas capaces de generar tráfico, consumir recursos y tomar decisiones a velocidades propias de las máquinas. Estos nuevos usuarios podrían requerir menor latencia, más capacidad de subida y respuestas de red más predecibles que las aplicaciones convencionales.

La segunda fuerza es la seguridad integrada desde el diseño, tanto para proteger sistemas de IA como para preparar la transición hacia una criptografía resistente a la computación cuántica. Esta migración ya cuenta con referencias técnicas aplicables: el NIST publicó en 2024 tres estándares definitivos de criptografía poscuántica y recomendó a las organizaciones que comenzaran su implantación.

El tercer elemento es el denominado mundo programable, en el que la infraestructura expondría capacidades mediante interfaces y actuaría sobre información procedente del entorno. Esto obligaría a determinar qué funciones se abren, bajo qué condiciones pueden utilizarlas terceros y cómo se distribuyen las responsabilidades cuando una decisión automatizada atraviesa las redes de varias organizaciones.

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La cuarta fuerza es la computación heterogénea. La combinación de procesadores y aceleradores especializados tendría que aportar el rendimiento, la eficiencia energética y la viabilidad económica necesarias para ejecutar cargas de IA a gran escala. En términos operativos, esta arquitectura distribuiría el procesamiento entre dispositivos, borde, red y nube según las necesidades de cada servicio.

Una arquitectura que requiere acuerdos entre sectores

La complejidad técnica explica que Ericsson vincule el despliegue a la coordinación entre operadores, fabricantes, empresas usuarias, desarrolladores, administraciones y centros académicos. Ningún participante controla por sí solo las redes, las aplicaciones, los dispositivos, la regulación y los estándares que deben interoperar para que las capacidades programables puedan utilizarse de forma consistente.

Ekudden define así el modelo de coordinación propuesto: «El tejido inteligente se desarrollará a través de una estrecha colaboración entre proveedores de servicios de comunicación, empresas, desarrolladores, gobiernos y académicos, todos alineados bajo una arquitectura común y una dirección compartida».

Ese alineamiento deberá resolver cuestiones técnicas y de gobernanza: interfaces compatibles, mecanismos de seguridad, reparto de responsabilidades, acceso a recursos de computación y garantías de rendimiento. También condicionará la posibilidad de que las prestaciones desarrolladas para una red funcionen en otras sin integraciones específicas, un requisito relevante para servicios empresariales que operan entre mercados y proveedores.

Para los operadores, la consecuencia inmediata es que las inversiones en autonomía, programación, seguridad poscuántica y procesamiento especializado deberán coordinarse con la evolución de los estándares. Las empresas y los desarrolladores, mientras tanto, tendrán que identificar qué procesos necesitan garantías de conectividad y qué funciones podrían consumir como servicio. De esos acuerdos dependerá que la red inteligente llegue a convertirse en una plataforma comercial interoperable y no quede limitada a capacidades aisladas de cada proveedor.

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