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La carrera por desplegar centros de datos de IA empieza a encontrarse con un obstáculo que no depende de la disponibilidad de chips ni de la capacidad de inversión de las grandes tecnológicas. La oposición de comunidades locales, las exigencias ambientales y los litigios están entrando en las decisiones sobre dónde y cómo construir estas infraestructuras, hasta el punto de retrasar proyectos multimillonarios y modificar sus condiciones técnicas.
El último episodio se desarrolla alrededor de las instalaciones que alimentan los centros de datos Colossus de xAI en el área de Memphis. Un tribunal federal de Mississippi ha rechazado la petición de la compañía, integrada ahora en SpaceX, para desestimar una demanda de la NAACP por el uso de turbinas de gas destinadas a suministrar electricidad a sus instalaciones.
La organización sostiene que xAI y su filial MZX Tech instalaron y operaron 27 turbinas entre agosto y diciembre de 2025 sin los permisos de emisiones requeridos. La empresa argumentó que se trataba de equipos «móviles» exentos de determinadas obligaciones. La jueza Debra M. Brown rechazó esa interpretación y determinó que las turbinas no pueden considerarse fuentes móviles bajo la normativa aplicable, por lo que el litigio continuará bajo la Clean Air Act.
La decisión no establece todavía que SpaceXAI haya infringido la legislación ambiental, pero convierte el sistema de alimentación eléctrica de un centro de datos en el núcleo de un procedimiento federal. Dos semanas antes, el mismo tribunal había rechazado también el intento del Departamento de Justicia de poner fin al caso.
La electricidad convierte los centros de datos en infraestructura industrial
El conflicto de Memphis ilustra una transformación más amplia. Los centros de datos habían funcionado durante años como una infraestructura relativamente discreta para las comunidades que los acogían. La IA generativa está aumentando su escala, densidad energética y necesidad de conexión eléctrica hasta aproximarlos a grandes proyectos industriales.
La Agencia Internacional de la Energía calcula que el consumo eléctrico mundial de los centros de datos pasará de unos 485 TWh en 2025 a cerca de 950 TWh en 2030, alrededor del 3% de la demanda global. Dentro de ese conjunto, el consumo asociado específicamente a centros orientados a inteligencia artificial se triplicaría durante el mismo periodo.
Esa demanda empieza a trasladar parte del riesgo de los proyectos desde la tecnología hacia la infraestructura física que los rodea. Conseguir capacidad de red, nueva generación eléctrica, agua para refrigeración, terrenos y autorizaciones ambientales se convierte en una condición previa para transformar una inversión anunciada en capacidad de computación disponible.
La oposición local ya tiene efectos económicos medibles. Data Center Watch calcula que al menos 75 proyectos valorados en unos 130.000 millones de dólares fueron bloqueados o retrasados durante el primer trimestre de 2026. En el segundo trimestre registró otros 45 proyectos, por cerca de 68.000 millones. La organización advierte de que las causas son diversas y no pueden atribuirse exclusivamente al activismo, pero identifica los permisos, el acceso a infraestructuras, la regulación y la oposición comunitaria como factores recurrentes.
El fenómeno ha llegado además a la política nacional estadounidense. La expansión de los centros de datos se ha convertido en un asunto de campaña ante las elecciones legislativas del 3 de noviembre, mientras estados como Virginia, Texas, Georgia, Pennsylvania o Nueva York discuten mayores requisitos de transparencia, costes de infraestructura y protección de los consumidores.
El agua abre otro frente para los centros de datos de IA
La naturaleza de las objeciones cambia según el territorio. En Arizona, donde la disponibilidad de agua condiciona desde hace décadas el desarrollo económico, la llegada de instalaciones hiperescalables ha convertido el consumo hídrico en el principal foco de resistencia.
Project Blue, un centro de datos de 600 MW promovido por Beale Infrastructure en las proximidades de Tucson, provocó protestas, procedimientos judiciales y cambios regulatorios. El proyecto planteó inicialmente utilizar refrigeración por agua y construir una conducción de agua regenerada. Tras la oposición local, el diseño pasó a refrigeración por aire de circuito cerrado. Las autoridades estatales autorizaron además dos pozos que permiten extraer hasta 31 millones de galones de agua subterránea al año durante la construcción.
El proyecto ha seguido adelante, pero el proceso muestra hasta qué punto la aceptación local puede alterar las condiciones de una inversión. Tucson ha endurecido sus reglas para grandes consumidores de agua y el condado de Pima llegó a establecer una moratoria temporal sobre nuevos centros de datos.
La comparación con otras actividades también introduce un matiz relevante. La agricultura utiliza alrededor del 70% del agua de Arizona y determinados proyectos industriales consumen mucho más que algunos centros de datos. El rechazo, por tanto, no depende únicamente del volumen absoluto utilizado. También intervienen la escasez local, el valor económico que los residentes perciben a cambio y la confianza en las administraciones que autorizan las instalaciones.
Ese último factor ayuda a explicar por qué las promesas de ingresos fiscales y empleo no siempre neutralizan las protestas. Los centros de datos generan una actividad considerable durante su construcción, pero necesitan plantillas comparativamente reducidas una vez operativos. Cuando su llegada coincide con mayores necesidades de generación, nuevas líneas eléctricas, consumo de agua o incentivos fiscales, las comunidades empiezan a exigir una explicación más detallada del reparto entre costes y beneficios.
España empieza a ordenar el crecimiento antes del despliegue
El conflicto estadounidense ofrece una referencia para Europa, donde el crecimiento de la infraestructura digital también está aumentando la presión regulatoria. La Comisión Europea obliga ya a los centros con al menos 500 kW de potencia informática instalada a comunicar indicadores de energía, agua y sostenibilidad y ha abierto el proceso para estudiar estándares mínimos de rendimiento ambiental.
España está avanzando un paso adicional. El Gobierno ha sometido a tramitación un real decreto específico para instalaciones de al menos 1 MW que contempla requisitos de eficiencia energética, uso de agua, consumo de nueva generación renovable y contribución a la resiliencia y soberanía digital.
La magnitud de las solicitudes explica parte de esa intervención. El Ministerio para la Transición Ecológica señala que ya se han concedido más de 12 GW de derechos de acceso y conexión para centros de datos, cuando la Estrategia de Inteligencia Artificial estima que los 2,5 GW de capacidad de computación previstos para 2030 requerirían entre 3,5 y 4 GW de demanda eléctrica.
Para promotores, operadores cloud, utilities y administraciones, esa diferencia cambia la evaluación de los proyectos. La disponibilidad de suelo y fibra seguirá siendo necesaria, pero el acceso a electricidad, agua y permisos ambientales tendrá que justificarse frente a otros usos de la red y del territorio. Los casos estadounidenses muestran además que cumplir formalmente la regulación puede dejar de ser suficiente si la planificación no incorpora desde el principio transparencia, costes de infraestructura y aceptación local.
La infraestructura física sobre la que se está construyendo la IA entra así en una fase más parecida a la de la energía o la gran industria. La capacidad de ejecutar nuevos centros de datos dependerá cada vez más de variables que quedan fuera del propio centro: redes eléctricas, recursos hídricos, normativa ambiental, procedimientos judiciales y decisiones políticas locales. Para una industria que compite por aumentar capacidad de cómputo a gran velocidad, esos factores pueden acabar determinando qué proyectos llegan a conectarse y cuáles permanecen durante años sobre el papel.
Editor en La Ecuación Digital. Analista y divulgador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el estudio del impacto de la tecnología en la empresa y la economía.
