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La tecnología no se fue de vacaciones: así cambió el sector este verano

La tecnología no se fue de vacaciones: así cambió el sector este verano

  • La tecnología mantuvo el ritmo durante julio y agosto: IA, regulación, inversión e infraestructuras anticipan un nuevo curso que comienza en Santander.
La tecnología no se fue de vacaciones: así cambió el sector este verano

El verano tecnológico empezó unos días antes de que terminara junio. Los días 24 y 25, el DigitalES Summit 2026 dejó en Madrid una fotografía bastante precisa de los asuntos con los que el sector cerraba el curso: inteligencia artificial, redes, soberanía tecnológica, talento, regulación y capacidad industrial. La segunda jornada añadió computación cuántica, tecnologías duales y espacio a una conversación que ya había dejado atrás buena parte del entusiasmo inicial por la digitalización para concentrarse en cómo convertir las nuevas capacidades en resultados económicos y operativos.

Entre esas conversaciones estuvo la mesa Ritmo cuántico: liderando el futuro, moderada por el editor de La Ecuación Digital, que reunió a representantes de Red.es, Fujitsu, Moeve, NTT DATA y Telefónica para abordar casos de uso, inversión y capacidad industrial. Era una buena muestra del momento: hablar de cuántica empezaba a exigir menos explicaciones sobre su potencial y más discusión sobre casos de uso, integración con la supercomputación, inversión y capacidad europea para desarrollar una industria propia. Apenas unas semanas después, el CEO de IQM, Jan Goetz, recordaba en otra conversación recogida por LED que Europa cuenta con más startups cuánticas que Estados Unidos, aunque necesita avanzar con mucha mayor rapidez para convertir esa base científica en escala empresarial.

El calendario español hizo después lo que suele hacer cada año. Julio fue reduciendo reuniones y agosto terminó de vaciar agendas, despachos y centros de decisión. La pausa tiene una lógica social y empresarial asentada, pero resulta cada vez más llamativa cuando se superpone a una industria en la que inversiones multimillonarias, obligaciones regulatorias, ciberseguridad, competencia geopolítica y ciclos de producto continúan avanzando sin atender demasiado al calendario vacacional.

Durante estos dos meses, la tecnología no se fue de vacaciones. Y lo ocurrido permite ver con bastante claridad qué ha cambiado en el sector antes de que el lunes 31 de agosto Santander vuelva a reunir formalmente a buena parte de la industria digital española.

La IA dejó de ser una herramienta aislada

Una de las primeras señales llegó el 9 de julio. OpenAI presentó ChatGPT Work, llevando los agentes hacia un entorno empresarial capaz de trabajar con aplicaciones, documentos, herramientas y procesos más complejos. El movimiento formaba parte de una tendencia que durante el verano se hizo más visible: la inteligencia artificial empezó a desplazarse desde la conversación con un modelo hacia sistemas capaces de intervenir sobre el trabajo.

Ese cambio aparece también en los datos de adopción. Salesforce ha observado que las empresas que mantienen agentes en producción casi han triplicado el número medio de sistemas activados durante el último ejercicio, al tiempo que el plazo necesario para ponerlos en funcionamiento cayó un 53%. Las cifras proceden de organizaciones que ya utilizan Agentforce de forma continuada, por lo que no representan al conjunto del mercado, pero ayudan a medir la dirección del movimiento.

España ofrece una imagen más desigual. El 89% de las empresas espera obtener mejoras de eficiencia mediante IA, aunque la medición del retorno, la preparación de los datos y la gobernanza siguen retrasadas frente al interés de los equipos directivos. Entre los trabajadores ocurre algo parecido: seis de cada diez profesionales españoles que utilizan estas herramientas consideran que hoy pueden abordar tareas que hace un año estaban fuera de su alcance, mientras solo el 22% percibe una estrategia clara y sostenida en su organización.

La distancia entre ambas cifras explica mejor el momento que muchas declaraciones corporativas. El acceso a la IA se ha democratizado con rapidez, pero convertir ese uso individual en productividad empresarial exige cambiar procesos, permisos, responsabilidades y formas de medir el trabajo. Para muchas compañías, el nuevo curso comienza precisamente ahí.

La carrera por la IA se convirtió en una carrera por la infraestructura

Mientras las empresas intentaban descubrir qué hacer con los agentes, otra parte del mercado se ocupaba de una cuestión mucho más material: cómo pagar la infraestructura necesaria para ejecutarlos.

España abrió julio entrando en la carrera europea por una gigafactoría de inteligencia artificial. La candidatura contempla una inversión pública de 719 millones de euros a través de la SETT y plantea sedes en Móra la Nova, en Tarragona, y San Fernando de Henares, en Madrid. El proyecto se suma a las fábricas de IA vinculadas al Barcelona Supercomputing Center y al CESGA gallego, y coloca al país dentro de la estrategia europea para disponer de mayor capacidad propia de entrenamiento e inferencia.

A escala global, la carrera se mueve ya en otra dimensión financiera. Nvidia ha articulado acuerdos con Apollo, BlackRock, Blackstone, Brookfield, Goldman Sachs y KKR para movilizar más de 500.000 millones de dólares hacia centros de datos, GPU y otras infraestructuras vinculadas a su ecosistema. El movimiento amplía el papel de la compañía más allá del suministro de aceleradores: Nvidia empieza también a participar en la arquitectura financiera necesaria para que sus clientes puedan desplegar la capacidad de cómputo que demanda la nueva generación de modelos.

Esa expansión coincide con un fuerte crecimiento comercial entre los principales desarrolladores de IA. Durante agosto, OpenAI superó los 40.000 millones de dólares de ingresos anualizados, mientras Anthropic elevó su ritmo hasta 65.000 millones. El avance del negocio ayuda a sostener el volumen de inversión, pero también aumenta la presión para demostrar que el gasto en infraestructura puede traducirse en retornos sostenibles.

El problema es que esa infraestructura también se encarece. El aumento del precio de la memoria podría elevar alrededor de un 15% o más el coste de determinados sistemas Blackwell y Vera Rubin de Nvidia. Trasladado a instalaciones de gran escala, un incremento de esa magnitud puede añadir miles de millones de dólares al despliegue de un gigavatio de capacidad. La IA empieza así a parecerse menos a una industria puramente de software y más a un negocio condicionado por servidores, memoria, energía, refrigeración, redes, financiación y disponibilidad de suelo.

La pregunta sobre quién construye los mejores modelos sigue siendo relevante. La de quién puede permitirse ejecutarlos a gran escala empieza a serlo tanto.

Europa empezó a exigir aquello que llevaba años regulando

Agosto introdujo además un cambio que afecta directamente a las organizaciones europeas. Desde el día 2 se aplican nuevas obligaciones de transparencia del AI Act, mientras la Comisión Europea y las autoridades nacionales avanzan hacia una fase efectiva de supervisión.

Para las empresas, eso significa algo más concreto que conocer el reglamento. Los sistemas deben inventariarse, asignarse a responsables y documentarse; las personas tienen que saber en determinadas situaciones que interactúan con una IA; y los contenidos sintéticos y deepfakes entran en un régimen de transparencia más definido. El cumplimiento empieza a trasladarse a compras, contratos, registros, protocolos internos y capacidad para demostrar qué tecnología utiliza realmente cada organización.

Resulta una transición especialmente relevante porque coincide con la aceleración de los agentes. Cuanto más autónomo sea un sistema y mayor sea su capacidad para consultar datos, modificar registros o activar procesos, más importantes se vuelven la trazabilidad y los límites de actuación.

La seguridad ya ofrece ejemplos de por qué. En julio, OpenAI reveló una intrusión en infraestructura vinculada a Hugging Face en la que intervinieron agentes de IA, un caso que volvió a poner sobre la mesa el control de herramientas autónomas, los entornos aislados de ejecución y la responsabilidad cuando un modelo puede encadenar acciones. En agosto, la compañía amplió su iniciativa Daybreak con GPT-5.6-Cyber, orientado a investigación defensiva avanzada.

La misma tecnología que permite automatizar procesos empresariales amplía las capacidades disponibles para atacar y defender sistemas. Ese doble uso hace difícil separar ya la estrategia de IA de la estrategia de ciberseguridad.

La soberanía tecnológica empezó a necesitar máquinas

Otro término recurrente antes del verano fue soberanía. Julio y agosto ayudaron a bajarlo a tierra.

La candidatura española a la gigafactoría europea es un ejemplo. Otro llegó desde la Comunidad de Madrid, que comenzó en Alcalá de Henares el despliegue de una nube soberana destinada a procesar datos públicos y soportar proyectos de inteligencia artificial con mayor control sobre la infraestructura. La Administración regional tiene identificados cerca de 200 casos de uso de IA, 102 de ellos ya operativos, según los datos recogidos por LED.

El proyecto muestra también los límites del concepto. Alojar datos localmente puede aumentar el control, pero una infraestructura sigue dependiendo de procesadores, software, servicios de soporte y proveedores que forman parte de cadenas globales. La soberanía tecnológica rara vez equivale a independencia absoluta. Se parece más a decidir qué dependencias son aceptables, cuáles deben poder sustituirse y sobre qué capas conviene conservar capacidad propia.

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Esa discusión estaba ya en DigitalES a finales de junio y volverá a aparecer en Santander. Entre medias, el verano ha proporcionado proyectos concretos con los que medirla.

También hubo espacio para los robots, los drones y los artistas sintéticos

No todo fueron regulación, centros de datos y hojas de cálculo.

Amazon anunció que pretende ampliar Prime Air hasta casi 500 ciudades y localidades estadounidenses durante 2026. El reto ya no consiste en demostrar que un dron puede transportar una caja. Después de más de una década de pruebas, la compañía necesita comprobar si puede hacerlo con suficiente volumen, fiabilidad y coste como para competir con una red terrestre que también se ha vuelto mucho más rápida.

En Shanghái, Unitree llegó a subir un 629% durante su debut bursátil y terminó la jornada con una capitalización cercana a los 50.000 millones de dólares. El entusiasmo financiero alrededor de los robots humanoides contrasta todavía con su despliegue comercial. El mercado está valorando una industria futura antes de que exista una respuesta definitiva sobre qué tareas pueden realizar estas máquinas de forma repetible y rentable.

Spotify aportó una curiosidad con implicaciones menos anecdóticas de lo que parece. La plataforma anunció una etiqueta «AI Persona» para identificar perfiles de artistas construidos alrededor de identidades generadas mediante inteligencia artificial y limitar parte de su recomendación automática. La frontera entre creación humana, contenido sintético e identidad comercial ha dejado de ser una discusión teórica para entrar en los sistemas de distribución cultural.

Son historias distintas, pero comparten algo: tecnologías que durante años vivieron principalmente en demostraciones empiezan a encontrarse con las restricciones del mundo físico, el mercado, las normas y los usuarios.

Santander abre un curso que apenas pudo permitirse una pausa

El lunes 31 de agosto, el calendario español volverá oficialmente a acelerar. La 40ª edición del Encuentro de la Economía Digital y las Telecomunicaciones de AMETIC reunirá en Santander a más de 175 ponentes y desplegará 35 sesiones hasta el 2 de septiembre. Inteligencia artificial, competitividad, financiación, cuántica, soberanía del dato, defensa y tecnologías estratégicas figuran en una agenda considerablemente más amplia que la transformación digital tradicional.

La cita llega después de un agosto en el que España ha reducido, como cada año, buena parte de su actividad institucional y empresarial justo cuando algunos de los asuntos tecnológicos más importantes han seguido avanzando. No es una singularidad absoluta ni implica que las organizaciones hayan permanecido inactivas, pero el contraste resulta cada vez más evidente: la competencia por capacidad de cómputo, capital, talento o influencia regulatoria funciona en ciclos globales que rara vez reservan un mes completo para volver sobre ellos en septiembre.

DigitalES cerró junio con una agenda que exigía ejecución. Santander abre el nuevo curso con los mismos grandes asuntos, aunque ya dispone de dos meses adicionales de evidencias. La IA está entrando en procesos reales, la infraestructura necesaria para sostenerla cuesta cada vez más, Europa empieza a fiscalizar sus reglas y la soberanía digital se mide progresivamente en centros de datos, redes, hardware, energía y capacidad industrial.

El verano ha servido, precisamente, para comprobar que esos procesos continúan aunque las agendas españolas bajen el ritmo. Cuando el sector vuelva a encontrarse en Santander, buena parte del trabajo pendiente no consistirá en decidir cuáles son los temas del nuevo curso. Esos temas llevan todo el verano avanzando.

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